Ópera en Buenos Aires
¡Qué capricho ese Capriccio!
(Por Carmen Beatriz Paz)
Capriccio, de Richard Strauss, Pieza de conversación para música en un acto. Teatro Colón de Buenos Aires. Dirección musical: Stefan Lano. Régie: Wolfgang Weber (reposición: Florencia Sanguinetti). Principales intérpretes: Virginia Correa Dupuy, Luciano Garay, Gabriel Renaud, Hernán Iturralde, Sergio Gómez, Alejandra Malvino, Ricardo Cassinelli y elenco. Orquesta Estable del Teatro Colón
La célebre discusión de cuáles son los elementos que forman parte de las ARTES MAYORES tiene una estela que surcan siglos de historia. Desde el momento que en la Grecia clásica se encierra en esta aura a las Matemáticas, las letras, la música y la arquitectura condujo a la intelectualidad de toda época a un debate que lleva al dúo Strauss-Krauss a reiniciar la eterna problemática de quién es mejor a quién.
Parecería que ya eso es remanido y que el mundo ubica a la Belleza en la trilogía platónica de Verdad, Bien y Amor, desde que a fines del siglo XV y comienzos del siglo XVI Castiglione solicita nuevamente poner a la mesa de los debates la vieja discusión de quienes conforman las artes Mayores y quienes no. El hecho, basado en la necesidad de incluir a la escultura y la pintura dentro de ese marco, pone como colofón el inicio de la Academia de Florencia donde la temática de quién es más que quién estaría ya contestado.
¿Cómo es que Strauss-Krauss elevan al punto de la vieja discusión este tema en pleno siglo XX? Sorprende que hayan puesto en un escenario y por el término de dos horas y media algo que se torna tedioso por lo ya asimilado en la sociedad contemporánea. No podemos comprender que alguien vuelva a confrontar algo que ya es normal aceptarlo desde que durante cuatro siglos existe la maravilla de la Ópera para el deleite de miles de espectadores. Podríamos poner en juego una nueva discusión en el mundo del arte: ¿el cine, la fotografía pueden ser considerado ARTE?. Pues hasta esto ya tiene su respuesta al entrar la fotografía en salas de exposiciones, por lo tanto escuchar dos horas y media de un juicio a cuál es la más perfectas de las artes provoca en el público un deseo de no permanecer en la Sala del Teatro Colón, donde se puso en acción este poema cantado y eso es lo que sucedió.
A pesar de ello, podemos rescatar momentos lúcidos. Si bien parecería que a partir que Mozart pone la lengua alemana en sus óperas, no podemos ignorar la genialidad de este compositor en las que hizo con la lengua italiana. Aunque Strauss se propone ridiculizar la ópera italiana, no lo logra y es el instante más interesante. Como el genial autor de Salzburgo o el italiano Rossini, los sextetos, los octetos en la ópera bufa muestran que las palabras puestas en una excelente música hacen que la obra posea un valor más allá de las propias palabras y de la música misma. Este momento del poema de Strauss acerca a la gracia de la ópera italiana que tanto desea su desmerecimiento el autor austriaco y es el clímax de todo el poema. Luego el intento de mostrar a la ópera alemana como la más imponente, acercando al monólogo de La Roche, un director de teatro, a la manera de los monólogos wagnerianos transforma al poema en algo lánguido e interminable, de la misma forma que el monólogo de la Condesa Madeleine al final del mismo, lo torna insoportable. Creo que el problema de Strauss fue no comprender que el lenguaje de la ópera es universal no importando el origen de la misma. Al poner a Gluck como el máximo exponente habla de una visión muy autoritaria de la visión clásica sobre la universalidad de la idea.
La escenografía habla del amor que Strauss experimentó por el período que Gluck realizara sus composiciones, la vuelta al rococó que se inicia con El caballero de las rosas continúa en otras óperas y esta es un exponente más de sus deseos. El ambiente rococó está logrado en esta escenografía de Marcelo Salvioli quien a su vez propuso los diseños del vestuario de época. Un solo escenario, el salón principal de la Condesa que tiene una amplia vidriería la cual permite una aproximación hacia los jardines de la casa. Los cuales gracias a la iluminación de Rubén Conde ambientan las luces y sombras de la noche, del amanecer, del atardecer provocando una variación pictórica sumamente sugerente.
Pieza de conversación para música en un acto compuesta en 1942 por Richard Strauss con un objetivo remanido que convierte a la misma en tediosa, es la que se vio en el reinicio de la temporada lírica de diciembre en el Teatro Colón de Buenos Aires
Los espejos del salón ubicados al comienzo del proscenio son la necesaria manifestación del espejo barroco y rococó que traslucen el esplendor y la visión interior de la manifestación del arte, justificando así la necesidad de expresión de la Condesa como jueza principal del debate. Virginia Correa Dupuy como la Condesa tuvo un excelente desempeño aunque algunas veces las voces se perdieron en la tumultuosidad de la dirección orquestal.
Buena la voz de Luciano Garay como el hermano de la condesa e Hernán Iturralde como Olivier, el poeta. Sergio Gómez como La Roche, no estuvo al alcance vocal necesario para la composición y Alejandra Malvino, como Clairon, tuvo algunos instantes notables.
La dirección orquestal estuvo a cargo del norteamericano Stefan Lano, el cual impuso la música por encima de las voces en muchos instantes haciendo que los parlamentos se perdieran para el público.
Los espectadores comenzaron a abandonar la sala a la mitad de la versión, produciendo un vacío notable. Evidentemente la propuesta de Strauss desilusionó al público argentino melómano y gran conocedor de otras puestas en escena del genial compositor austriaco.

