Crítica de discos
Música Callada
(Por Joaquim Zueras Navarro)
Un profesor de metafísica, excelente melómano, me contaba hace años que después de un determinado número de audiciones, se lavaba las orejas con música de Mozart. Con el tiempo y sin darme cuenta, he adquirido también un sistema de higiene, pero tal vez inverso: Teniendo gustos más bien conservadores, me entrego a lo que ahora llaman una “deconstrucción” a través de uno de los cuatro cuadernos de la Música Callada de Federic Mompou (1893-1987), obra compuesta entre 1959 y 1967, y que contiene 28 piezas sobrias y concisas. Lo curioso del caso es que la obra está tan alejada de mi comprensión de la estética músical, que nunca sabré si me agrada; simplemente la admiro y en ella me gusta abandonarme de tarde en tarde. Me gira la cabeza como un calcetín, tras lo cual regreso a mis compositores habituales.
El título está extraído de unos versos de san Juan de la Cruz:
“La noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.”
El sello Naxos recoge Música Callada en una finísima interpretación de Jordi Masó.
No se trata de una noche oscura, sino la que pasa de la tiniebla a la luz matinal del conocimiento sobrenatural, con inteligente sosiego y discreción. En su discurso de recepción en la Academia de Bellas Artes de san Jorge, Mompou explica: “Esta música es callada porque su audición es interna. Contención y reserva. Su emoción es secreta y solamente toma forma sonora en sus resonancias bajo la bóveda fría de nuestra soledad, penetrando en las grandes profundidades de nuestra alma”. Y en una conversación con Xavier Montsalvatge comenta: “Esta música, más que una expresión da un ambiente expresivo, aunque en el fondo está la marca del estado de ánimo de manera un tanto abstracta”. El filósofo Vladimir Jankélévitch considera que “sigue un itinerario de despojamiento y desnudez. Aquí se oyen las campanas seráficas, allá las quintas y cuartas místicas resuenan como una oración, en otros números la nota obstinada repica monótona, insistente, lejana, con sonoridades metálicas, graves y vehementes. Mediante una progresión suave y persuasiva de la armonía, y sin dejar nunca que se pierda el hilo dorado del trazado melódico, Mompou habitúa poco a poco al oído a disonancias lastimeras, a ritmos vacilantes, a cadencias de nostalgia penetrante”.
Resumiendo, podríamos decir que los rasgos principales de la obra de Mompou son aquellos que Émile Vuillermoz apuntara en un artículo: sencillez, pureza, ingenuidad y esencialidad; el misterio y el poder de evocación, la prolongación de la obra en el interior del espíritu receptivo una vez finalizada, la falta de pretensión compositiva; el valor de la justa medida porque cuando lo ha dicho todo, en lugar de enredarse en una bella peroración, se calla pudorosamente.
El sello Naxos recoge Música Callada en una finísima interpretación de Jordi Masó.

