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El "Da Pacem, Domine" de Heinrich Schütz

(Por Titia)

Sobre la intención simbólico-política de la música y su interpretación: El "Da Pacem, Domine" (SWV 465) de Heinrich SchützHeinrich Schütz

Alemania (o Sacro Romano Imperio de la Nación Alemana, para respetar la titulación oficial), 1627. Lo que en principio parecía un enfrentamiento limitado y localizado entre el emperador Fernando II Habsburgo y su reino de Bohemia (la Dieta le había desposeído de la corona, aunque electiva, desde un siglo atrás en poder de la familia Habsburgo, que la consideraba propia, entregándosela al príncipe elector Federico V del Palatinado, que la había aceptado) estaba mostrando ya su verdadera cara: una conflagración internacional de gran calado que tenía en el territorio del Imperio su principal teatro de operaciones.

Exiliado en La Haya, Federico, en torno al cual se habían agrupado muchos de los príncipes protestantes del imperio, trató de organizar una coalición internacional contra el emperador y sus aliados católicos (algún protestante le apoyaba también). Encontró más apoyos diplomático-financieros que militares. Pero, al menos, el osado Christian IV de Dinamarca, mediante una pirueta jurídica, encabezó el bando militar protestante. El emperador respondió encomendando a Wallenstein la formación de un gran ejército a su directo servicio. La guerra se extendió y con ella, su terrible carga de muerte, destrucción y miseria.

Las armas fueron, en principio, favorables al emperador, que, por otra parte, estaba actuando como soberano absoluto. Y se preveía la inminente derrota militar de Christian IV. Los rumores, la indignación, el temor invadían en confusa mezcla las principescas cortes germanas.

Fue entonces cuando el emperador decidió convocar el colegio electoral (los príncipes de mayor rango, a quienes competía la elección imperial). La conferencia se celebró en Mülhausen, del 4 de octubre al 5 de noviembre de 1627, y a ella sólo asistieron personalmente dos electores (el obispo de Maguncia y Juan Jorge I de Sajonia), enviando delegados los restantes.

Juan Jorge de Sajonia apoyó la reunión con entusiasmo. Tenía mucho interés en que sirviera para acabar con la guerra. Por su talante pacifista (o por su cobardía, según los más drásticos), para proteger su territorio, demasiado próximo a Bohemia (donde había habido recientemente episodios bélicos) y para acabar con su contradicción personal: aun coincidiendo en muchos aspectos de principio con el bando protestante, su carácter conservador y escrupulosamente respetuoso con la autoridad establecida, le había llevado a apoyar al emperador, cuya actitud filo-absolutista, por otra parte y como muchos príncipes protestantes y católicos, rechazaba.

A Mülhausen fue con media corte. Sin faltar lo más granado de su propia capilla musical, encabezada por el kapellmeister, Heinrich Schütz, que había compuesto música expresamente para ser interpretada en la reunión y se había hecho acompañar de los mejores cantantes e instrumentistas de Dresde (entre ellos, Carlo Farina) que le acompañaron.

Sonó mucha música (de Schütz y de otros compositores) en el mes que duró la conferencia. Pero me voy a fijar sólo en una obra: la primera que se escuchó oficialmente, en la ceremonia de la salutación, prólogo religioso a la conferencia política, en la que todos los participantes pidieron al Altísimo ayuda en la búsqueda del camino de la paz.

Schütz había preparado para la ocasión esa obra maestra que es Da pacem, Domine, “concerto sacro” para doble coro con dos partes perfectamente diferenciadas: una laudatorio-salutativa y otra, basada en una popular jaculatoria medieval, alusiva a lo que se esperaba de la conferencia. Y para su interpretación supo jugar sabiamente con los efectos espaciales (en algo se tenía que notar que había estado en Venecia...).

Situó un coro a la puerta de la iglesia y otro en su interior. Cuando llegaba la principesca procesión, encabezada por los tres electores (o sus representantes) eclesiásticos (obispos de Maguncia, Tréveris y Colonia), a los que seguían el representante del emperador (elector a título de rey de Bohemia) y los tres electores laicos (duque de Sajonia, príncipe elector de Brandenburgo y duque de Baviera, a quien se había transferido el electorado del desterrado Federico, conde palatino del Rin), el coro del interior, próximo al presbiterio, comenzó su salmodia sobre notas largas:

Da pacem, Domine

in diebus nostris,

quia non est alius

qui pugnet pro nobis,

nisi tu, Deus noster

Desde fuera se percibía apenas como un eco. Aquí lo que se escuchaba perfectamente, era la parte laudatorio-salutativa:

Vivat Moguntinus,

Vivat Trevirensis,

Vivat Coloniensis:

Vivant tria fundamina pacis.

Vivat Ferdinandus, Caesar invictissimus.

Vivat Saxo,

Vivat Bavarus,

Vivat Branderburgicus:

Vivant tria tutamina pacis.

Pero al avanzar la comitiva por el templo se perdían los festivos vivats, mientras se escuchaba con intensidad paulatinamente creciente la jaculatoria, que incrementaba progresivamente su vehemencia y tono suplicante hasta que ambos coros se unieron en la frase final, simple y tremenda invocación a la Divinidad, que resonó de forma envolvente: Da pacem, Domine!, ¡Danos la paz, Señor!

El efecto impresionó vivamente a los oyentes y especialmente a los protagonistas de la conferencia. Lástima que, al implorar al Altísimo para que llevara los trabajos a buen puerto, cada cual pensara en su particular e inflexible muelle y al final -nada nuevo, después de todo- la inflexibilidad de quien más fuerza tenía -el emperador, en ese momento- impidió llegar a ningún acuerdo. Dos decenios faltaban todavía para que terminara aquella Guerra de los Treinta Años. O tres, si nos atenemos a la Guerra entre los Reyes Católico y Cristianísimo que se encendió en las llamas de aquélla...