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Algunas consideraciones sobre la obra
pianística de Albéniz

(Por Joaquim Zueras Navarro)

Isaac Albéniz hacia 1890

He vuelto a leer “Albeniz” de Gabriel Laplane, que en 1972 publicó la Editorial Noguer. En el libro se expone una apreciación muy extendida, pero a mi modesto entender discutible: Cierto que la Suite Iberia es la obra cumbre de nuestro compositor, a lo que por extensión podríamos añadir La Vega y Azulejos por su tratamiento amplio y complejo. Pero, a partir de aquí, Laplane frunce el ceño con otras composiciones, particularmente aquellas que siendo románticas no poseen características españolas, calificándolas de escasa o nula importancia. Para colmo, el brillante pianista Miguel Baselga, que escogió voluntariamente grabar una primera integral, no tiene empacho en ir diciendo que está de Albéniz “hasta las narices”.

En cambio, como bien señala el profesor Jacinto Torres, en esa producción copiosa de unos doscientos títulos hay una gran calidad en su conjunto, donde podemos encontrar algunas obras mejores que otras, pero ninguna mala. La recuperación de esas obras nos muestra a un compositor mucho más rico, hondo y polifacético de lo que nos dice la historiografía convencional. Digo yo que al melómano seguidor de la obra de Albéniz, no le apetecerá entregarse a diario a la densidad un tanto impenetrable del tercer cuaderno de Iberia; son esos otros días en los que uno se abandona con agrado a composiciones livianas, amables y sensuales, que Laplane encuadraría en un anticuado salón, en donde una jovencita las interpretaría a trancas y barrancas. La posible caricatura se desmorona cuando uno ve que incluso muchas de esas agradables piezas son de cierta dificultad. Citemos algunas como homenaje al maestro:

  1. Los siete estudios en los tonos naturales mayores, compuestos en 1986, fruto de su relación con el Conservatorio de Madrid, están encaminados a superar dificultades técnicas: acordes, síncopas, fraseo rítmico, ataque súbito de una nota en la región aguda... pero al mismo tiempo son de una expresividad afortunada, con cierta influencia de Liszt, Chopin y Schuman.
  2. Las dos mazurcas: Amalia y Ricordatti, de 1987, expresan gracia en el amaneramiento, elegancia rococó y, en la segunda , leve melancolía.
  3. De las siete Sonatas que Albéniz compuso durante su juventud, sólo la 3ª, la 4ª y la 5ª nos han llegado completas. Aunque todas ellas destacan por su belleza melódica, la 5ª es la que más satisfizo a Albéniz, cuyo Minuetto del Gallo gozó de popularidad.
  4. En cualquier vals de Albéniz siempre queda de manifiesto su exuberancia irresistible y su delicado tratamiento del detalle. Sirva como ejemplo el vals L´automne, del que Torres explica “Consta de una introducción de lánguido cromatismo, seguida de tres secciones de diferente carácter y tonalidad, finalizando con una extensa coda en la que reaparece el material temático anterior. Supone este vals, en cierto modo, una despedida de ese mundo en que las viejas y severas formas enlazaban con las galanterías de salón”.
  5. Recuerdos de viaje, estrenada en 1887, como describe acertadamente Luis Suñén “son una sucesión de postales sonoras, de impresiones del paisaje”. Aunque sólo han alcanzado notoriedad los números Puerta de Tierra, Rumores de la Caleta, y En la Alhambra, cada pieza es interesante por algún motivo: Los agitados y amenazantes arpegios que se entrecruzan a través de una serena melodía en En el mar, la chopiniana barcarola de Leyenda, el despertar de la naturaleza en Alborada y la encantadora y envolvente En la playa.
  6. Las doce piezas características, pese a que Albéniz las tuvo siempre en gran estima, Laplane afirma sin rubor que “sin ningún inconveniente, se pueden dejar dormir en un olvido las once primeras”. Cierto que no son obras maestras, pero tampoco merecedoras de tanto desprecio. El título de esta colección se explica por la imposibilidad de hallar un calificativo común mejor a una serie de piezas, compuestas antes de 1988, que posiblemente el editor deseaba agrupar: una graciosa Gavota, el galante Minuetto a Sylvia, la Barcarola de cuyo enunciado se encarga la mano izquierda, la recogida e inspirada Plegaria, la animosa polca Conchita, el delicado vals Pilar, la Zambra con su ritmo vital basado en su curioso cojear deambulante, una arcaizante Pavana, una brillante Polonesa, una Mazurca de quejumbrosa cantinela y un Staccato que se exige un alto grado de virtuosismo. La colección concluye con la sorprendente Torre Bermeja, una de las principales estrellas del recinto de la Alhambra, baluarte macizo que recorta su cuadrilátero de ladrillos en el cielo de la acrópolis granadina. Escribe Torres “Albéniz la evoca con un gran vigor y una paralela austeridad. Hay un vertiginoso tornasol de notas con una sólida base acórdica, jirones de cantos, evocaciones del staccato de la guitarra y una forma que prefigura el embrión de las de Iberia. La parte central es más blanda y de creación de una atmósfera, pero los rasgos duros vuelven en la tercera parte” con la misma fuerza, movilidad y alegría.

-Finalmente, no estará de más recordar algunas piezas cuyo título menciona algún lugar y merecen una escucha atenta: Granada (Serenata), Sevilla (Sevillanas), Cádiz (Canción), Castilla (Seguidillas), Oriental, Bajo la palmera (Cuba), Córdoba, y Mallorca (Barcarola).

Discografía recomendada:

1 y 2- Complete Piano Music- Volume 2. Miguel Baselga. BIS

3 y 4- Sonatas Nº 3,4 y 5. L´automne. Albert Guinovart. Harmonia Mundi

5- Recuerdos de viaje. Esteban Sanchez. Ensayo.

6- Complete Piano Music- Volume 1. Miguel Baselga. BIS