Ópera en Bilbao

El Holandés Errabundo

(Por Otis B. Driftwood)

"El Holandés Errante" en Bilbao
54 Temporada de Ópera de OLBE-ABAO. Palacio Euskalduna. Bilbao, 23 de Enero de 2006.
Der Fliegende Holländer, ópera romántica en tres actos. Música y Libreto: Richard Wagner. Estrenada en Dresde, Teatro de la Corte, el 2 de enero de 1843. Hollánder: Albert Dohmen. Senta: Eva Johansson. Daland: Hans Peter König. Erik: Jorma Silvasti. Der Steuermann: Angel Pazos. Mary: Francisca Beaumont. Producción: Teatro San Carlo de Nápoles. Director Musical: Juanjo Mena. Director de Escena: Tobias Richter (Director de escena en Bilbao: Ivo Guerra). Escenógrafo: Mauro Carosi. Figurinista: Daniela Verdinelli. Iluminador: Mario de Vico. Bilbao Orkestra Sinfonikoa. Coro de Ópera de Bilbao. Coro Easo Directores Coros: Boris Dujin, Xalbador Rollo.

Es “Der Fliegende Holländer”, la obra en la que Wagner se vuelve por primera vez hacia el mito y la leyenda que sólo abandonará en Maestros Cantores. También es la obra en la que empieza a mostrar su predilección (o más bien casi obsesión) por narrar amores no consumados y personajes femeninos que perecen por la redención de sus amados. Las heroínas de Wagner, con excepción de Eva, parecen sólo soñar el amor, no vivirlo. Todas ellas tienen como destino inexorable morir en un sacrificio voluntario y redentor, como si su única misión en la vida fuera buscar el hombre amado por el que inmolarse. La felicidad, incluso la efímera, parece un sueño inalcanzable. O mejor dicho, la felicidad parece estar precisamente en esa inmolación. Decididamente, Wagner creó los libretos para sus óperas alrededor de cataratas de aliteraciones e historias de amor complicadas y algo patológicas.

Afirma Martin Gregor-Dellin en su minuciosa biografía de Wagner, que "en las malas representaciones se ponen de manifiesto los convencionalismos". Y en esta función del Euskalduna se percibieron. O al menos se dejaron entrever. Y eso a pesar de aquello que alguien dijo de que la esencia de las óperas de Wagner emana más del foso que de la escena. Y no hay duda de que Juanjo Mena consiguió de la Orquesta Sinfónica de Bilbao, de la que es titular, unas más que notables prestaciones, sobre todo en los pasajes más "grandiosos" y espectaculares y en las escenas corales, en las que el Coro de Ópera de Bilbao, reforzado en esta ocasión por el Coro Easo, tuvo una magnífica actuación, en la que destacó, sobre todo, la rotundidad y fuerza de los coros masculinos.

Der Fliegende Holländer: primer acto

Pero el altísimo nivel que evidenciaron la orquesta, fruto sin duda de un minucioso y riguroso trabajo que Mena viene desarrollando al frente de ella, y el coro no se vio acompañado por los cantantes protagonistas, ni en lo vocal, ni en lo teatral. El reparto está dominado por el Holandés, un personaje que puede afrontarse desde un punto de vista más trágico o más siniestro. Pero lo que no puede ser nunca es soso. Y Albert Dohmen cantó el papel de forma completamente inexpresiva, falto de matices, monótono y sin garra. Por su parte, Hans Peter König, fue un Daland tosco y tampoco demasiado expresivo. Y la soprano danesa Eva Johansson, que en algunos momentos parecía confundir a Senta con Brünhilde, sólo mostró algunos destellos de una voz de bellos filados y expresiones matizadas en el tercer acto. No niego que tuve que hacer ciertos esfuerzos para contener, o al menos disimular, algún bostezo. Mucho más acertada, pese a alguna limitación vocal, fue la actuación de Jorma Silvasti como Erik. Al menos, transmitía pasión y entrega. Y dignas las actuaciones del tenor Angel Pazos, como Timonel y de Francisca Beaumont como Mary.

La producción, clásica, sugerente y muy expresiva, es del Teatro San Carlo de Nápoles, con dirección escénica de Tobias Richter y decorados diseñados por Mauro Carosi que ha tomado como fuente de inspiración la obra del pintor romántico Caspar David Friedrich. El decorado que se utiliza para los actos primero y tercero está basado en el cuadro "El mar de hielo", que toma impresionante forma tridimensional en la escena, mientras que en el segundo acto el retrato del Holandés al que Senta canta su balada es el célebre "Caminante ante un mar de niebla”.

Caspar David Friedrich: Caminante

El montaje me pareció magnífico salvo por dos detalles, ambos en el segundo acto, y que me convencen todavía más de que muchos escenógrafos tienen un cierto desprecio por la obra que montan y se limitan a encajar, aunque sea a martillazos, la idea preconcebida que se han hecho del montaje, sin molestarse en una lectura atenta del libreto para detectar posibles incoherencias o situaciones absurdas.

Cuando Senta y el Holandés comienzan su dúo, cae un telón, ocupado completamente por una ampliación, gigantesca si se tiene en cuenta que el cuadro original mide apenas 127 centímetros de ancho, de "El mar de hielo", reduciendo drásticamente el fondo del escenario. Si lo que se pretendía era obtener un espacio más íntimo, la iluminación hubiera sido una solución mucho más eficaz que colocar semejante decorado, absolutamente irrelevante en ese contexto y que no deja de evocar de alguna manera el baile de telones durante la delirante representación de “Il Trovatore” en “Una noche en la öpera” de los hermanos Marx. Y si lo que se pretendía era dejar clara la inspiración del montaje en la obra de Friedrich, el método es cualquier cosa menos sutil.

En cuanto al segundo detalle chusco, está provocado por el cuadro que se ha elegido como retrato del Holandés. Senta, en su dúo con Erik, y refiriéndose al retrato dice:

¿Sientes el dolor,

la profunda pena

que me expresa su mirada?

Creo que será mejor que no les comente cual sería en ese cuadro el único ojo en el que Senta podría ver la profunda pena que expresa el Holandés. Es un asunto de proctólogos en el que no parece que sea conveniente abundar.

Fotografías: E. Moreno Esquibel
Escribir a Otis B.Driftwood