Tenor, vivo... y al rojo

Transformismo de Salón

(Por José Luis Millán)

Madrid, Café de Palacio. 29 y 30 de diciembre de 2005. Teatro Real de Madrid.“Tenor, vivo… y al rojo”, Monólogo lírico-alternativo en dos actos (y varios homenajes). Músicas de Catalani, Donizetti, Wagner, Gounod, Halévy, Martínez Abades, Lehár, Bizet, Puccini, Bellini, Verdi, Rachmaninov …Vestuario Viafer. Enrique Viana, tenor. Manuel Burgueras, piano.
Enrique Viana

“Al fin y al cabo, artistas”. Así finaliza el libreto del último espectáculo que el artista Enrique Viana, síntesis de cantante, profesor y guionista, ha propuesto en el acogedor estrado del Salón llamado “Café de Palacio”, sito en el mismo edificio del Teatro Real. Acudíamos conociendo la faceta irónica y mordaz de Viana, para quien en sus propias palabras, “crear un montaje como éste ha sido una válvula de escape; necesito escribir y diseñar trajes, es cuestión de egoísmo”. Hace justo un año, el cantante componía, cinco plantas más abajo, una parodia muy ingeniosa sobre el personaje de la tía de Carlos, de la zarzuela “La Viejecita” (Echegaray/Fdez. Caballero). Ante esta expectativa, las aproximadamente 250 localidades, estaban ocupadas por un público ya predispuesto al “ángel” de Viana, quien tuvo que adaptar, suponiendo el susodicho esfuerzo, que los dos actos se produjeran sin solución de continuidad (dada la incómoda disposición de los asientos para permitir un descanso entre el público).

Entre paraguas colgantes, cojines e intencionados “floripondios” rojos contrastando con el negro habitual del piano, elementos escenográficos “ad hoc” para ser trasladados a distintos recintos, la trama argumental se presenta con el histrionismo habitual del que teatralizadamente hace gala Viana (junto a Burgueras), tanto en el uso de la declamación engolada, como en el parlamento de sus textos, y que viene a representar, en opinión del que les comenta, un remedo a aquel libro del XVIII de Benedetto Marcello, El Teatro a la Moda (Alianza Música), que satirizaba los usos descompensados en lo melodramático.

Enrique Viana

El nexo argumental de esta obra, los homenajes, que a veces “se hacen sentidos a personas que ya no sienten nada”: a la música en vivo, a la sonrisa, a las golondrinas, a la paz, a las madres, a la ópera alemana y al Teatro. Para todos y cada uno de ellos, en el espacio escénico contemplábamos divertidos la caracterización en la que no faltaba la explosiva y cómica exageración en el traje oriental, el uniforme guerrero con espada y casco, el vestido largo con tocado –de la madre de la artista-, todos eso sí, salpicados con flores de grandes y más grandes tamaños.

Es un buen conocedor de la técnica teatral Viana, quien en este montaje presta una atención especial al público, haciéndole cómplice a través de recursos retóricos (juegos de palabras, anticipaciones, apartes, etc.), y de la invitación expresa en la participación de un coro general -“ya pueden presumir, diciendo que han cantado en el Real”-. Sin dejar de utilizar las picantes alusiones a la torpeza de las administraciones públicas (incluyendo las obras), en toda la función incorpora símbolos de vuelta a lo natural, lo verdadero (y no “piercing” que sujetan la ceja y el ombligo), y a la paz (hace aparecer al soldado furioso acunando un osito panda, como a Lohengrin en su racconto, portando un escudo de motivos florales).

Burgueras pone música, acompasada, eficaz y siempre atendiendo a las necesidades de expresión teatral y vocal, utilizando en segundo plano melodías de Bellini -Casta Diva-, Rachmaninov –Vocalise- , siendo intérprete a sólo (vals en Fa mayor, de Verdi), y participa en algún diálogo en pequeñas acotaciones (incluyendo “pies” al texto de Viana) y si bien compone correctamente su rol, no estaría de más elevara el volumen de voz, en aras del equilibrio articulado en estas intervenciones habladas.

Es un buen conocedor de la técnica teatral Viana, quien en este montaje presta una atención especial al público 

¿Qué señalar del sonido vocal de Enrique Viana? Experto estilista y con una sinceridad sin tacha, tras el tránsito entre palabra y canto (ya peliagudo por sí sólo), en el ataque vocal muestra un arrojo, afinación y dicción (su francés, alemán e italiano) magistrales. Haciendo de tesituras altas su estandarte, continúa resolviendo notas sobreagudas y calderones satisfactoriamente, lo cual compensa suficientemente de desposeer una belleza tímbrica de natura.

Entre las músicas que fueron sucediéndose (Bizet: Ouvre ton coeur; F.Lehar: Dein ist mein ganzes Herz, etc., queremos destacar la interpretación y el “rescate” de la llamada “canción groenlandesa” (1846), de A. Catalani, con texto en francés, pieza de salón con la que se sirvió este compositor para ultimar la estructura principal del aria Ebben ne andró lontana (“La Wally”). Con una comicidad resueltísima –representando a la madre de la diva-, el tenor trajo nuestra atención hacia composiciones, que siendo pensadas para personajes masculinos, expresaban sobre intenciones femeninas; este fue el caso de la cavatina de Mamma Agata, Mascalzoni! Sfaccendati!, de la ópera buffa “Le Convenienze e inconvenienze teatrali”, de G. Donizetti (op.cit. ”A las madres de las virtuosas”). A la vez, rescata de la banda sonora de “La Violetera” (1958), protagonizada por Sara Montiel, el título Flor de Té (Martínez Abades), que utiliza, desgranando con acotaciones burlescas la letra, y haciéndola pasar por la “versión española” del aria In Fernem Land -“Lohengrin”-. A modo de “coda”, Viana junto al público cantan el estribillo de la canción, y en este estado de gracia, propone un epílogo sentido, en el que con una expresiva versión melódica de Burgueras del Vissi d’arte, -“Tosca”-, resume poética y parsimoniosamente su dedicación al Teatro. Transformación, purificación y/o liberación: Catarsis. Del público y de Viana (que lloraba).

Fotografías: Javier del Real - Teatro Real