Zarzuela en Madrid
No era la Verbena
(Por José Prieto Marugán)
La Verbena de la Paloma, o El Boticario y las Chulapas y Celos Mal Reprimidos. Zarzuela en un acto con música de Tomás Bretón y libro de Ricardo de la Vega, con un prólogo original para esta producción de Bernardo Sánchez. Nueva producción del Teatro de la Zarzuela. Madrid, diciembre 2005-enero 2006.
Al salir, hace unos días, del Teatro de la Zarzuela, había un grupo de japoneses, doce o catorce, comentando, supongo, la representación a la que acababan de asistir. Al verlos, pensé: estos muchachos, cuando vuelvan a su país y cuenten lo que han visto, estarán engañando a sus paisanos, porque lo que vieron no es La verbena de la Paloma.
La producción, dirigida por el argentino Sergio Renán, traslada la acción a los años 30 del pasado siglo, cuando según el libreto la historia transcurre en Madrid el “14 de agosto, víspera de la Virgen de la Paloma, finales del siglo XIX”; se introduce texto nuevo y se elimina texto original; se añade un nuevo personaje; se acoplan elementos audiovisuales ajenos a la zarzuela y se la precede de un prólogo nuevo, redactado por Bernardo Sánchez. Con todos estos elementos y algún otro que olvido, porque escribo, de memoria, se construyó el espectáculo que con el título de La verbena de la Paloma, vieron los japoneses.
Husmeando por internet, se pueden encontrar algunas informaciones sobre la producción y los cambios que introduce, alguno de los cuales comentamos a continuación.
...la vigencia de La verbena, 112 años en este mes de febrero, se debe a su propio “eje estético” y no parece que necesite de añadidos.
Con el prólogo y unos diálogos adicionales “se alarga la obra de Bretón y De la Vega”. ¿Para qué? La verbena es teatro por horas, dura lo que dura y como está es, para muchos, la obra más grande del género chico. ¿Hace falta alargarla?. El Parsifal de Wagner, dura varias horas: habría que cortarle? ¿Debería alargarse una sinfonía de Mozart para que dure lo que una de Mahler?.
Con este prólogo, dicen los responsables: “Hemos intentado reproducir la entrada al teatro, mezclando no sólo las épocas sino creando también un código entre los personajes de la historia, que aparecen entrelazados con otros reales que se están preparando para la representación. Así, el propio Don Hilarión viene a anunciar unas grageas de su propia invención en un “telón cinemático”, los utileros y las sastras preparan todo lo necesario para la función mientras cantan, etc. No hay intermedio y, en total, la función dura unos ochenta minutos.” (El cultural.es). Al “pegar” el prólogo a la obra principal, muchos espectadores creerán que todo es la misma obra y los japoneses, si algún día ven La verbena como es, pensarán que les han escamoteado el comienzo.
El “telón cinemático”, el que se veía al comienzo con distintos anuncios, es un detalle para conocedores porque la mayoría no sabe que en 1908 se colocó en Apolo un telón como éste, al que le va mejor el nombre de “publicitario” que “cinemático”, si nos dejamos aconsejar por el Diccionario de la Lengua.
El prólogo pretende recordar el ambiente de Apolo y enlazar con la verdadera representación que se ambienta en los años 30, como ya hemos citado. Sólo como curiosidad, el Teatro Apolo, para vergüenza nuestra y beneficio de un banco, se cerró, definitivamente, el 30 de junio de 1929. La ambientación, en la que se citan de pasada otras obras importantes de la zarzuela, se refiere a épocas anteriores a las que veremos en la representación.
El responsable de la puesta en escena declaró (Ya.com) que el “eje estético” de su idea no era otro que “agregar el imaginario del personaje de Don Hilarión al cine como componente de la realidad que se vive, en su caso, las estrellas de cine”, y añadió que “trasladar la acción a los años 30 no restaba nada al original y, sin embargo, permitía agregar este aspecto nuevo a la función”.
Es su punto de vista, nada mas, porque la vigencia de La verbena, 112 años en este mes de febrero, se debe a su propio “eje estético” y no parece que necesite de añadidos.
Juan Manuel Cifuentes, actor–cantante que interpretó el papel del boticario, declaró (Ya.com): “Se pensó que Don Hilarión no tenía que representar un anciano sino un hombre cincuentón cuya vinculación al cine le hace amar a las mujeres. Esto ha sido un acierto porque representar el Don Hilarión clásico hubiese sido para mí una farsa no creíble.” En otro sentido, tampoco es muy afortunada la frase; don Hilarión gusta de las mujeres porque así lo definió Ricardo de la Vega y no por su vinculación al cine, espectáculo que los madrileños no conocieron hasta el 11 de mayo de 1896, dos años y algo, después del estreno de La verbena, que fue, como se sabe, el 17 de febrero de 1894. En cuanto a lo de “una farsa no creíble”, ¿no quedamos en que un actor debe “meterse” en el personaje, precisamente para hacerlo creíble?
El texto original ha sido alterado. Que recuerde, a modo de ejemplo, la Señá Rita dice a Julián que si no le hubiera quitado la pistola sería fraile, pero omitió “en el Convento del Abanico”, palabras que dan la clave de la frase, al aludir a la manera como los madrileños llamaban a la cárcel modelo, por su forma radial. Tampoco escuchamos la referencia a “los veinte céntimos”, con los que la Señá Antonia alude a los perros que ha azuzado contra el joven enamorado.
En El País, artículo de Javier Vallejo se pueden leer estas palabras de Sergio Renán: “Hemos trasladado la acción a los años treinta, para enriquecerla con proyecciones cinematográficas” ¿Hace falta enriquecer la mejor obra de nuestro género chico? ¿No es mejor dejarla como está?.
La adición de un nuevo personaje, “de enlace”, entre el prólogo y la obra original, es innecesaria porque La verbena no necesita ni uno ni otro. Es como es, incluso tiene personajes que muy poco representan, la Casta, por ejemplo, porque así lo quiso su creador.
Hay que reconocer que algunas de las innovaciones, sorpresivas e incluso interesantes, ayudan al espectáculo y a que los espectadores aplaudan al final del mismo, pero lo que vieron los japoneses no fue La verbena de la Paloma. Una cosa es que guste el espectáculo y otra distinta que ese espectáculo sea la obra que se anuncia. Quizá a los japoneses les pasó eso, puede que lo que vieron les entusiasmara –los nipones son muy dados al entusiasmo– pero no era La verbena.
Cuando escribo estas líneas, me arrepiento de no haber aclarado a los muchachos japoneses algunas cosas, porque no es lo mismo ver las vidrieras de una catedral con niebla, que brillantemente iluminadas por un sol radiante.

