Ópera en Bilbao
¿Madama Butterfly?. Madama Cedolins, prego
(Por Otis B. Driftwood)
54 Temporada de Ópera de OLBE-ABAO. Palacio Euskalduna. Bilbao, 23 de Enero de 2006.
Madama Butterfly, ópera en tres actos. Música: Giacomo Puccini. Libreto: Luigi Illica y Giuseppe Giacosa. Estrenada en Milán, Teatro alla Scala el 17 de febrero de 1904. Cio-Cio-San: Fiorenza Cedolins. Pinkerton: Marío Malagnini. Suzuki: Elena Cassian. Sharpless: Juan Jesús Rodríguez. Goro: José Ruiz. Tio Bonzo: Alfonso Echeverría. Producción The Israeli Opera. Director Musical: Antonello Allemandi. Director de Escena: Christopher Alden. Escenógrafo: Paul Steinberg. Figurinista: Buki Shiff. Iluminador: Aaron Black. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Coro de Ópera de Bilbao. Director del Coro: Boris Dujin
Una amiga mía (y no fue Mrs. Claypool, como algún malpensado haya podido imaginar) me dijo, hace ya tiempo, que para ella el personaje de Cio-Cio-San estaba espléndidamente construido porque es una mujer de verdad, siente como una mujer y eso no es algo que ocurra a menudo cuando el que inventa un personaje es un hombre. Debo admitir que hasta que me lo comentó, no había caído en ello, (ya se sabe que todos los hombres somos iguales, aunque algunos más iguales que otros) pero pensé entonces y sigo pensando ahora, que tenía toda la razón. Además, yo añadiría que en Madama Butterfly todos los papeles protagonistas son consistentes y tienen una sólida estructura interna que convierte en injustas las críticas sobre la sensiblería de esta ópera y que sólo se justifican por el desconocimiento de los convencionalismos del género.
Sencillamente memorable. No creo exagerar al calificar así la actuación de Fiorenza Cedolins en esta representación. Cantó una inmensa Butterfly y además interpretó el papel desde el punto de vista teatral de forma impecable. Lo tiene estudiado hasta los más mínimos detalles, con gestos medidos, sin sobreactuar en ningún momento (la tendencia a la sobreactuación se ve, lamentablemente, con demasiado frecuencia entre los cantantes de ópera que, descuidan sistemáticamente la parte teatral de su actuación y no saben pasar de gestos excesivos y grandilocuentes propios del mal cine mudo). Cedolins posee una voz maravillosa, dulce pero densa y carnosa, con entidad, poderosa y al tiempo acariciadora. Y sabe utilizar esa voz con absoluta maestría para expresar todos los matices del personaje. (ira, esperanza, dulzura, desesperación, resignación), apoyándose en el gesto escénico justo. Inmensa. Definitivamente, inmensa y emocionante. Importa poco que, como ocurre con cualquier otra soprano, actual, pasada o venidera, resulte imposible imaginar, cerrando los ojos, que se está escuchando a una adolescente de 15 años. La Cedolins ha renunciado, inteligentemente, siquiera a intentarlo, salvo algún medido gesto de coqueteria casi infantil en el primer acto. Y el resultado es magnífico.
¿Lo demás? Pues no importaría demasiado dado el absoluto protagonismo que en esta ópera tiene la soprano. Pero es que también tuvo un nivel bastante más que aceptable. A destacar en primer lugar la mezzosoprano moldava Elena Cassian, que interpretó una Suzuki espléndida. Y meritoria y destacable actuación también de Juan Jesús Rodríguez, haciendo un Sharpless sólido y lleno de humanidad.
Es una lástima que el tenor Mario Malagnini, que en los agudos se mostró generoso y con un bello color vocal, no mantuviera una línea de canto demasiado interesante no sabría decir si por falta de la potencia necesaria en su instrumento o simplemente por cantar muy reservado, como si estuviera agarrotado o abrumado por la responsabilidad. Hay una frase en el dúo del primer acto en la que Puccini hace que el frívolo y prepotente Pinkerton se muestre desarmado y casi enamorado ante la ternura de Cio-Cio-San. Y canta con una bellísima melodía "Bimba dagli occhi pieni di malìa….", una frase con la que, no tengo ningún reparo en confesarlo, me emociono. Pues bien, como mi memoria ya no es lo que era, o quizá nunca lo fue, llevo una temporada tomando notas durante las funciones para poder luego escribirles estas reseñas. Y ayer, en ese momento, tan especial para mi, escribí (o eso creo: porque a oscuras y tratando de no meter ruido, es dificil luego leer la "taquigrafia" que resulta) "obscenamente vulgar". Y no me refería al personaje sino a la forma de cantar. Claro que aquello fue en caliente. Ahora, me conformo con calificarlo de "completamente inexpresivo".
Dignas y solventes las intervenciones de José Ruiz (quizá demasiado payaso, pero supongo que era inevitable producir esa sensación dados los disfraces que le encajaron) y Alfonso Echeverría. El Coro de Ópera de Bilbao se mostró en el buen nivel habitual al que nos tiene acostumbrados, mientras que la Orquesta Sinfónica de Bilbao evidenció algunos desajustes. Finalmente, el director Antonello Allemandi tuvo una discreta (en el mejor sentido de la palabra) actuación, sin erigirse en protagonista y dejando hacer a la soprano. Sospecho que en muchos momentos era el palco escénico el que dirigía al foso y no al revés.
El montaje de la ópera de Israel, con un solo decorado para los tres actos, representando una habitación muy sugerente aunque quizá demasiado grandiosa para el drama íntimo que se representa, tiene algunas ideas que considero magníficas. Por ejemplo, una especie de prólogo, antes de comenzar a sonar la música y antes siquiera de que el director ocupe el podio (lo hace casi furtivamente mientras se desarrolla este prólogo), en el que se reproduce la escena inmediatamente anterior al suicidio de Butterfly de tal forma que la historia se presenta, a partir de ahí, como un flashback. Resulta asimismo muy apropiada e inteligente la idea de occidentalizar ropa y actitudes de Butterfly en el segundo y tercer acto. Y tiene sentido e intención dramática el que la mujer de Pinkerton haga varias apariciones a lo largo de función, como anuncio de la tragedia que inevitablemente se va a desencadenar. También es de destacar la magnífica iluminación diseñada por Aaron Black, que adquiere protagonismo propio en la delicada aparición de Butterfly, en las sombras amenazadoras que consigue durante la irrupción del bonzo o en el segundo y tercer acto, donde subraya eficazmente los sucesivos estados de ánimo de la protagonista. Pero junto a estos hallazgos, la producción tiene algunas de esas "genialidades" de director de escena "inspirado" y protagonista, capaces de arruinar una función con un reparto menos sólido. La escena está presidida por una inmensa mesa. Y el director de escena, por razones que él conocerá pero que, desde luego, no ha conseguido transmitir, confunde a Madame Butterfly con Carmen y le obliga a cantar subida a la mesa durante la práctica totalidad del primer acto. (sospecho que habrá intentado también que cantara en tan peculiar catafalco el resto de los actos. Si es así, aplaudo con entusiasmo la insubordinación de la Cedolins). El resultado es sencillamente ridículo, incomprensible y sobre todo de una absoluta vacuidad en valor teatral.
Pasaré por alto la idea de disfrazar sucesivamente a Goro de jefe de pista de circo de tres pistas o macarra parisino (el modelo me sonaba de alguna escena de "Irma, la Dulce"). Y aunque también sea anecdótico frente a la aberrante mesa, no se entiende muy bien la peculiar y deconstructiva visión del ikebana que tiene Christopher Alden, haciendo que Cio Cio San esparza flores por todo el suelo del escenario. Por no hablar de la sorpresa ante la enorme maqueta de la cañonera Lincoln que preside la habitación en la que se desarrolla la acción. Quizá los autores de la producción hayan descubierto en algún texto encontrado en el transcurso de la supongo que minuciosa y documentada preparación del montaje que el proceso de occidentalización de Butterfly hizo que olvidara el origami y se dedicara con entusiasmo al modelismo naval.

