Zarzuela en Madrid
Tampoco era El Barberillo
(Por José Prieto Marugán)
El Barberillo de Lavapiés, Zarzuela en tres actos. Música de Francisco Asenjo Barbieri y Libro de Luis Mariano de Larra. Estrenada en el Teatro de La Zarzuela de Madrid, el 18 de diciembre de 1874. Edición crítica a cargo de María Encina Cortizo y Ramón Sobrino, (Sociedad General de Autores y Editores / Instituto Complutense de Ciencias Musicales, 1994). Producción del Teatro de La Zarzuela (1998). Dirección Musical: Miquel Ortega. Dirección de Escena: Calixto Bieito. Escenografía: Mónica Quintana. Figurines: Mercé Paloma. Coreografía: Ramón Oller. Iluminación: Xavier Clot. Reparto: Carmen González, Beatriz Lanza, Marco Moncloa y Julio Morales, entre otros. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Titular del Teatro de La Zarzuela. Coro del Teatro de La Zarzuela
Hace un mes, aproximadamente, escribíamos en estas mismas páginas nuestra impresión de que el espectáculo que el Teatro de la Zarzuela de Madrid, nos ofrecía titulado La verbena de la Paloma, no era la obra de Ricardo de la Vega y Tomás Bretón. Hoy tenemos que decir que el espectáculo que se nos ofrece como El barberillo de Lavapiés no es la obra de Larra y Barbieri. Lo visto en el Teatro de la Zarzuela puede ser un espectáculo atractivo, interesante, original, transgresor, vergonzoso, indecente, aburrido, vulgar… según el criterio de cada cual, pero no es El barberillo de Lavapiés, porque se alteran el fondo y la forma de una obra tan redonda como esta.
La producción del Teatro de la calle de Jovellanos es, más o menos, la ya conocida de Calixto Bieito, que en 1998 consiguió lo que en sus trabajos suele ser habitual: el escándalo, la polémica, la indignación de una parte del público, el aplauso de otra, y la general sorpresa de la mayoría.
Como es habitual, la prensa publicó unas declaraciones previas del director de escena de las que difícilmente puede deducirse lo que se verá en el teatro: “Esta obra es un divertimento político–amoroso y quizás ahora he incidido un poco más en eso, intentando aclarar al público ese mensaje utópico y republicano de cambio, que el pueblo puede cambiar las cosas”, “la esencia para entender este montaje es que de lo particular se expresa lo universal y en este sentido puedo decir que Lavapiés es una nación”, “esta producción que salta de una época a otra surgió mientras soñaba con un Madrid de ayer, de hoy y de siempre, con un Madrid republicano y un barberillo situado en un individualismo español llevado al límite”. El director confesó que anduvo por el barrio madrileño de Lavapiés hace ocho años para “encontrar una fórmula estética que evocara estos colores. Recuerdo la idea de hacer un salto en el tiempo, donde Madrid tiene ese grado de honestidad y de tolerancia, de capacidad para cambiar las cosas, como ha quedado patente en hechos recientes”. No acabamos de entender muy bien estas ideas “filosóficas” aplicadas a la zarzuela de Larra y Barbieri, antes de ver el espectáculo y no lo encajamos después de haberlo visto. Puede ser culpa nuestra.
El señor Bieito presenta a los personajes y los hace evolucionar con lo que en él ya son lugares comunes y tópicos: un don Pedro de Monforte ridículamente afeminado y armado con una fusta; un “revolcón” entre don Luis y la Marquesita, fuera de lugar; una Paloma calentona que tanto levanta las piernas al aire como se desprende de unas bragas en el número del camisón; la presencia de una cama en esta misma escena en la que cantan las costureras; un Lamparilla sentado en su sillón de barbero con los pantalones bajados y en evidente actitud de estar evacuando el vientre, periódico incluido. Todo esto son elementos de escándalo para unos y de innovación para otros, pero no son elementos de El barberillo de Lavapiés, y, desde luego, no añaden nada a una obra magnífica que goza de muy buena salud desde que en este mismo teatro nació el 18 de diciembre de 1874. Este planteamiento es lo que llama la atención, lo que indigna a un grupo de espectadores, que en tales casos suelen ser tachados de “reaccionaros” por quienes se autodefinen como “progresistas”.
La puesta en escena, en relación con lo escrito por Larra es discutible, pues el espectador que no conozca previamente el argumento no es capaz de darse cuenta de que el primer acto se desarrolla en los “alrededores del Real Sitio de El Pardo, en la romería de San Eugenio”, el segundo en “la plazuela de Lavapiés”, y el tercero en “la habitación de Paloma en la calle de Toledo”. No pedimos “retratos” ni “fotografías”, pero sí que se advierta el cambio de lugar y ambiente. Por otra parte, el hecho de dar la representación sin descansos, de un tirón, tampoco ayuda a entender los cambios de tiempo y lugar que están escritos –y prescritos– en el libreto original. ¿Por qué razón no hubo descansos? ¿Quizá para impedir que en los entreactos el público comente, se calienten los ánimos y se produzcan alborotos? Si esta fuera la razón, los responsables de la producción deberían dar las pertinentes explicaciones.
El vestuario resultó chocante porque no se correspondía el de unos personajes con el de otros, chirrían entre sí, como ocurre con el del muchacho que hace el papel de Lope, vestido como un "rapero”, con la vestimenta “normal” del barbero; el traje de la Marquesita y la especie de bata de Paloma; las serias capas de la rondalla y los carnavalescos gorros de esa misma rondalla; los guardias “armados” con globos de colores y con uniformes de “época”, y para cerrar el círculo el dinámico cuadro final en el que aparecen multitud de personas vestidas con toda clase de trajes modernos. Este abigarrado vestuario parece el catálogo de Cornejo, pero en nada recuerda el Madrid de Carlos III en el que se desarrolla la zarzuela.
Con los elementos y planteamientos utilizados por Bieito, lo que se consigue es que el espectador no se entere de lo que ocurre en la escena, porque no queda claro cuál es el argumento
Tampoco nos parece adecuado el supuesto aire de “musical” que se pretende dar a algunas escenas, especialmente la última. Parece que hay que volver a insistir en que el musical “americano” es una cosa y la zarzuela otra. Es más, zarzuela, género chico, revista de actualidad, revista de espectáculo, opereta y comedia musical, son géneros diferentes en sus planteamientos y en sus requerimientos vocales y escénicos. A estas alturas deberíamos tener claro estas diferencias y entenderlas con sus requerimientos específicos.
Con los elementos y planteamientos utilizados por Bieito, lo que se consigue es que el espectador no se entere de lo que ocurre en la escena, porque no queda claro cuál es el argumento; tenemos varios testimonios de personas que no han entendido “de qué va” la obra. Tampoco han entendido y disfrutado de la parte musical, porque los detalles de la escena tiran tanto de la atención del espectador, que la música queda en un segundo plano. También tenemos testimonios de asistentes en este sentido. Que los espectadores de una zarzuela no entiendan el argumento y no disfruten de la música debería hacernos reflexionar a todos. Algo se está haciendo mal, y no cabe pensar que la culpa sea del público.
Hay que reconocerle a Bieito un talento y una habilidad extraordinarios para el teatro; sabe mover las masas con eficacia y originalidad, es capaz de sacar de los protagonistas registros interpretativos que ni ellos mismos sospechan, dar a la escena un ritmo vibrante y ágil. Con estas cualidades, ¿qué necesidad tiene de añadir detalles fuera de lugar, inadecuados o irreverentes?
¿Y los resultados? ¿Va a mejorar la zarzuela, ésta u otra, después de planteamientos como éste? ¿Se recordará el Barberillo de Barbieri, o el de Bieto?. ¿Perderán su trabajo los directores de escena “antiguos”, que no “ven” las connotaciones sexuales de los personajes que manejan? ¿Se prestarán todas las sopranos a mostrar sus piernas o los tenores a salir a escena en calzoncillos? La discusión puede alargarse lo que queramos y seguramente no seamos capaces de llegar a un acuerdo, porque lo primero que hay que entender es que, una cosa es el espectáculo visto y otra que éste sea El barberillo de Lavapiés. Y hay gentes que todavía confunden una cosa con otra.
Para cerrar estas líneas recordamos que el señor Bieito se declara apasionado por la zarzuela, “que ente todos hay que recuperar” y explicó que todos sus personajes son “muy positivos y maravillosos en los que se encuentra el alma del pueblo, no como las operetas cuyos personajes son unos burgueses repugnantes.” (Habría que preguntar a los vieneses y a los franceses si están de acuerdo con esto). En esas declaraciones previas a que nos referimos, el director confiesa que “se muere de ganas” por hacer más zarzuelas y citó títulos como La Revoltosa o La Gran Vía. ¿Ambientará esta última en la polémica de la M–30 o en el desastre del Carmel?. Cualquiera sabe.

