L´elisir d´amore en Madrid

Érase una vez…

(Por Raúl Martínez López)

Madrid, 28 de Febrero de 2005. Teatro Real. L´elisir d´amore: Melodramma Giocoso en dos actos de Gaetano Donizetti con libreto de Felice Romani, basado en el libreto de Eugène Scribe para la ópera de Auber Le Philtre. Director de escena: Mario Gas. Elenco: Mariola Cantarero (Adina), Antonino Siracusa (Nemorino), Marco Vinco (Belcore), Ruggero Raimondi (Dulcamara), María Rey- Joly (Giannetta). Director Musical: Manuel Valdivieso. Coro y Orquesta Titular del Teatro Real (Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid). Aforo: 100%
 Elisir d'amore

Érase una vez el problema con un contrato, un escenario que se disfrazó con otra idea no pensada, las prisas del último momento… Un título clave a mitad de temporada y unos aplausos entusiastas merecidos. Lo que comenzó casi siendo una novela de folletín para el Teatro Real, se ha saldado sin embargo con una nota que supera el aprobado, y visto lo que se le avecinaba es más que suficiente para respirar tranquilos.

Y es que la historia comienza, como ya sabrá el lector, con la renuncia a la regia de Hugo de Ana debido a un no-acuerdo en el contrato que brindó el propio Teatro. Por unas o por otras, el problema contratístico derivó en dos días en una verdadera gymkhana para sustituir el espectáculo que ya se había prefijado para iniciar sus ensayos en unas semanas, trayendo de cabeza al recién estrenado Equipo Moral y con la consiguiente tensión general desde las butacas, lo cual no se sabía por donde iba a reventar.

Una no muy acertada solución tapó el sonado agujero, visto lo visto con el Don Giovanni de Lluis Pascual al que nos enfrentamos al comienzo de temporada y que provocó el berrinche general de la auditoría; ella fue traer a Madrid la producción del Liceu que se pudo disfrutar en el 2004-2005, con gran éxito por cierto. Ahora, que después de programar un Britten como título anterior en el Real tras haberlo hecho el Liceu, y con mucho mejor reparto, abuchear al Lluis Pasqual y luego volverle a pedir cuentas al Rey, en este caso a la Ciudad Condal… es una soberana macarrada. Confieso que cuando me enteré de la jugada, las canillas me temblaron.

Sin embargo, tras observar que a lo largo del mes todo iba viento en popa, me invadió la curiosidad sobre cual podría ser el regustillo que traía este Donizzetti visto que esa mirada a la Italia de Mussolini que Mario Gas vendía en Madrid tenía ciertos roces con la propuesta del Don Giovanni; ¿Fue desmesurado el escándalo o es que ya el público madrileño se va está acostumbrando a las nuevas olas escénicas? La verdad es que comparando las dos propuestas tenían muchos puntos en común; ahora, en el elenco nada de nada.

Érase una vez un tenor griposo que por deferencia al público sale a escena ni corto ni perezoso con un klinex en la mano y, sin cuerpo ni vibrato en la voz, defiende su papel como nunca. Antonio Siracusa, con el afán de repartir el gripazo por todo el decorado y con algunas dificultades vocales, salió lo suficientemente bien parado como para arrancar algunos aplausos, afinado pero apoyando demasiado las notas agudas y con unas dinámicas un tanto planas. Todo lo contrario a su compañera de reparto, Mariola Cantarero, que se comió la escena con un absoluto dominio de la dinámica en planísimo cada vez que emitía un endiablado agudo, muy elegante y sobre todo con un cuerpo excepcional.

Cada uno de ellos se llevó el público al bolsillo en los momentos estelares de la obra, Siracusa- Nemorino con “una furtiva lágrima”, muy bien acompañada por la orquesta con un tempi bien agarrado hacía el lento, y Cantarero- Adina en el “Prendi per me sei libero” con un piano espectacular y seguro. Aún así, le sensación fue que la fémina sigue siendo la Diva para el público madrileño y por tanto las flores en voz de Bravos se lanzaron todas hacia ella.

Érase una vez un bajo cómico excepcional que parece accionista del Real, cosa de la cual me alegro para poder verlo en directo cada dos por tres, pero que poco a poco está perdiendo sus facultades vocales, que no escénicas; y es que Ruggero Raimondi se sigue comiendo la escena con ganas, el público lo observamos y nos arrodillamos ante él, pero según pasa los años va desgastando la potencia vocal a la cual nos tenía acostumbrados. No creo que fuera este el mejor momento para estrenar el rol de Dulcamara, pero bienvenido sea aunque la Stretta del “Tutto il sesso femminino” fuera un sin fin de ahogos y cortes de frases varias.

Érase que se era un barítono que pasó sin pena ni gloria por esta producción, un Marco Vincó con unas capacidades escénico teatrales que a más de un barítono le gustaría tener, voz potente muy acorde con el papel y bastante bien empastada en los diferentes números con sus compañeros

También érase la Giannetta de María Rey –Joly, resumiendo: Chillona.

Y Érase los músicos del foso a las órdenes de Manuel Valdivieso, domada durante las trece sesiones anteriores por Mauricio Benini, y que sonó a las mil maravillas, centrada como cabía esperar para la ocasión en su papel de guitarrón acompañante y sin sobresalir para nada por encima de las voces. No así las voces del coro, esos casi elefantes en esta producción que se empeñaron en ir a destiempo provocando algún que otro contratiempo stravinskiano; ahora, una mención especial y un Bravo hacia el coro femenino “Saria posible”, muy grácil y bien ejecutado.

Por último, y con esto la historia de un fracaso que nunca fue, érase los aplausos del público que abarrotaba el teatro, gente que se comía al Raimondi que cantaba desde el patio “Ei corregge ogni difetto” y con ello ponía el broche final a las sesiones de l´elisir, un caluroso afecto que abrazó al elenco pero que olía demasiado dulce de nuevo.

Es el cuento de nunca acabar dentro de este Teatro.

Fotografía: Javier del Real - Teatro Real
Escribir a Raúl Martínez López