Ópera

Die tote Stadt de Erich Wolfgang Korngold

(Por Patxi Madariaga)

Fotografía de Erich Wolfgang Korngold

Cuando, el 29 de noviembre de 1957, un viernes, Erich Wolfgang Korngold murió en su casa de North Hollywood, no parecía que hubiera demasiadas posibilidades de que su música le sobreviviera y perdurara en las salas de conciertos y los estudios de grabación. El propio Korngold vivió los últimos años de su vida profundamente deprimido por la absoluta indiferencia que percibía hacia su música y murió con la sensación de que había sido olvidado.

Aunque la familia recibió telegramas de pésame de Igor Stravinsky, Bruno Walter, Lotte Lehmann o Maria Jeritza y la Ópera de Viena colocó un crespón negro en señal de duelo ("un poco tarde", murmuró Luzi, la viuda, al saberlo), la muerte de Korngold sólo mereció pequeñas menciones en la prensa y en la mayor parte de ellas se hacía hincapié en su fama como compositor de bandas sonoras de películas. Sus lieder, sus conciertos y sus óperas parecían destinados a caer en un olvido definitivo.

En aquella época, había pocas oportunidades para un resurgimiento de la obra de Korngold. Las tendencias de la moda evitaban completamente todo lo que sonara remotamente tonal o, peor todavía, romántico. Además, cierto sector de la crítica le había colocado a su música la etiqueta de "hollywodiense". "Suena a cine", decían, en un intento de descalificar y denigrar su música, arriconándola como algo de baja categoría. Es posible que esa crítica tuviera cierta razón en que la música de Korngold suena a cine. Pero sería mucho más justo decir que es la música de cine la que suena a Korngold. Cualquiera que haya escuchado su ópera "Das Wunder der Heliane", estrenada el mismo año que "El Cantor de Jazz", la primera película sonora, lo habrá podido comprobar y no es difiícil percibir que las fanfarrias de las bandas sonoras compuestas por John Williams, que tan familiares nos resultan, son herederas directas de las que Korngold compuso para "Robin de los Bosques" o "El Halcón del Mar".

Pero como este mes se estrenará en el Liceu "Die tote Stadt", lo que, si no estoy equivocado, constituirá la primera representación en España de una ópera de Korngold, parece oportuno centrarnos en este título y dejar aparcadas, al menos de momento, su apasionante vida, sus bandas sonoras o la agitada historia del estreno de "Das Wunder der Heliane" , para mi su mejor ópera y pienso que una de las mejores obras compuestas en el siglo XX.

El libreto

La idea de "Die tote Stadt" surgió en 1916. Erich tenía entonces 19 años pero contaba con una gran reputación de niño prodigio y ya había estrenado en marzo de aquel año sus dos primeras óperas en un acto: "Violanta" y "Der Ring des Polykrates".

Julius Korngold, padre de Erich y todopoderoso, temible y temido crítico musical del Neue Freie Presse de Viena, se encontró casualmente con el dramaturgo Siegfried Trebitsch. Trebitsch trabajaba en la traducción alemana de una obra del escritor simbolista belga Georges Rodenbach, llamada Le Mirage que a su vez estaba basada en su novela Bruges-la-Morte. Trebitsch estaba convencido de que la historia podía convertirse en una buena ópera.

Portada de Die tote Stadt

La historia, en la que hay constantes paralelismos entre la ciudad muerta de Brujas y la mujer muerta del protagonista, trata de un hombre, Hughes, que dedica su vida al recuerdo de su mujer. Pero aparece una bailarina llamada Jane, de sorprendente parecido con la muerta. Hughes la invita a su casa, la seduce y finalmente, al darse cuenta de su carácter licencioso y poco respetuoso con la memoria de su mujer, la mata, estrangulándola con la trenza del cabello de la mujer muerta, que Jane ha sacado del cofre en el que Hughes la conserva.

Erich leyó el relato, percibió inmediatamente sus posibilidades dramáticas, escribió un borrador para una obra en un acto y decidió que éste sería el tema de su siguiente ópera, que tituló Die tote Stadt (La ciudad muerta). Korngold encargó a Hans Müller, autor del texto de su anterior ópera, Violanta, el libreto. Pero Müller renunció pronto a la tarea, lo que no molestó demasiado a Erich que no estaba demasiado contento con los resultados que estaba consiguiendo. No obstante, antes de abandonar el proyecto, Müller le aconsejó que compusiera una ópera larga y abandonara la idea de una obra en un acto.

Julius y Erich decidieron escribir ellos mismos el libreto. Y lo hicieron utilizando un seudónimo, ya que el padre, por su labor como crítico, tenía numerosos enemigos entre sus propios colegas, y éstos no hubieran dudado en aprovechar la oportunidad para destrozar la obra. Así pues acreditaron la obra a un tal Paul Schott, una mezcla del apellido de su editor, a cuyo socio principal, Ludwig Strecker, está dedicada la ópera, y el nombre del protagonista (Hughes y Jane se habían convertido en Paul y Marietta por razones musicales: son nombres más fáciles de cantar). Hay que decir que fueron verdaderamente muy cuidadosos porque tuvieron un notable éxito en mantener oculta la verdadera identidad del autor del texto: hasta 1975, cuando la ópera fue reestrenada en Nueva York, no se supo que eran ellos los que lo habían escrito.

La novela sufrió una considerable transformación. Además de cambiar los nombres de los protagonistas y dar un nombre a la mujer muerta -Marie, una forma noble de Marietta, para marcar la diferencia entre ambas-, Julius decidió que era mejor convertir la mayor parte del drama, incluido, por supuesto, el asesinato de Marietta, en un prolongado sueño de Paul. Esto daba oportunidad para crear un ambiente fantasmagórico y al mismo tiempo suavizaba considerablemente la trama original, al descubrirse al final que todo ha sido un sueño, lo que permite también que el público pueda simpatizar con el protagonista, que no es en realidad un asesino. El final dramático y trágico de la obra original se convierte así en ejemplarizante: Paul entierra el pasado, acepta la muerte de su mujer y abandona Brujas para siempre.

La música

Korngold comenzó a componer la música de "Die tote Stadt" en 1916. Y la primera parte de la ópera en la que trabajó fue una canción que se ha convertido, sin duda, en su composición más famosa: el lied de Marietta ("Glück, das mir verblieb"), también conocida como la canción del laud. Paul entrega un laúd a Marietta y ésta comenta que para un viejo laúd hace falta una vieja canción. El lied de Marietta es una exquisita melodía, simple, apoyada en una armonía extraordinariamente sencilla (sobre todo teniendo en cuenta las armonizaciones que Korngold solía utilizar). Se trata, básicamente, de un vals lento, en el que alternan el compás de tres por cuatro y el de cuatro por cuatro. La melodía regresa de forma mucho más poderosa, casi de forma gloriosa, al final de la ópera, cuando Paul vuelve a entonar la canción, aceptando finalmente la pérdida de Marie.

Erich se tuvo que incorporar entonces al servicio militar, lo que le obligó a abandonar la composición de la ópera durante casi un año. Afortunadamente, se libró de ser destinado al frente y fue nombrado director musical de un regimiento de infantería. Korngold quedó a cargo del archivo y de la adquisición de música para la biblioteca, así como de la dirección de la banda del regimiento. Durante este periodo, compuso varias marchas, una de las cuales dio lugar a una anécdota divertida -y probablemente apócrifa-: tras interpretar la marcha delante del general del regimiento, este quedó claramente perplejo: “¿No es un poco rápida, Korngold? ”, le preguntó. “Los hombres no podrán marchar con ella”- “¡Ah, si, bueno!. Verá, Señor, es que está compuesta para la retirada”, respondió Erich.

La primera parte de la ópera en la que trabajó Korngold fue una canción que se ha convertido, sin duda, en su composición más famosa: el lied de Marietta

Tras terminar la guerra y abandonar el ejército, Korngold volvió a trabajar en su nueva ópera. El lenguaje musical que utilizó es menos atrevido que el que usa en "Violanta" y la sensación de estar en los límites de la tonalidad no resulta tan evidente. Korngold tejió una partitura rica en leitmotivs y tonalidades simbólicas, de fuerte cromatismo y exuberante orquestación.

En 1919, Korngold empezó a abordar el largo proceso de orquestación. Utilizó una orquesta grande, con maderas triples, cuatro trompas, tres trompetas, tres trombones, tuba, tímpanos y cuerda completa. Además de cinco percusionistas, dos arpas, piano, celesta y órgano. Por si fuera poco todo lo anterior, también utilizó una máquina de viento, una mandolina y dos grupos de campanas, así como un gran coro, un coro de niños, y ocho sopranos adicionales entre bastidores Tan numerosos medios son manejados con enorme habilidad por Korngold, de forma particularmente efectiva en el intermedio del acto II, en el que se evoca de forma impresionante la opresiva atmósfera de Brujas, la "ciudad muerta".

Es obligado hacer referencia a otro de los momentos memorables de la ópera: el "Pierrotlied" o "Pierrot Tanzlied". Lo canta, durante la secuencia del sueño, Fritz, un miembro de la compañía de artistas a la que pertenece Marietta, y resume el tema que subyace en toda la obra: la añoranza del pasado. Una persona muy querida por mi me dijo hace ya tiempo que es un pasaje que, al escucharlo, llena de nostalgia de vidas imaginadas. No se me ocurre descripción mejor ni más precisa. Y es que la nostalgia y la añoranza del pasado dan la impresión de estar presentes en toda la obra de Korngold.

El estreno

La partitura de "Die tote Stadt" se terminó el 15 de agosto de 1920, poco antes de las nueve de la noche. Tanta precisión no es casual. Era la fecha que el propio Korngold se había fijado como límite para completar la obra. Le gustaba, según contaba su padre en sus memorias, fijarse esos plazos y luego ajustarse rígidamente a ellos. En este caso, parece ser que consiguió cumplirlo retrasando deliberadamente la escritura de los últimos compases.

Finalmente. el 4 de diciembre de 1920, tuvo lugar el estreno simultáneo en Hamburgo y Colonia. Casi llegó a ser un triple estreno porque Franz Schalk intentó adelantar la fecha de la primera representación en Viena. Erich decidió estar presente en Hamburgo, donde los papeles protagonistas los encarnaron Maria Jeritza, en el doble papel de Marie-Marietta, y Aagard Oestvig como Paul. El director fue Egon Pollack. El intendente Hans Löwenfeld diseñó una producción que influyó poderosamente en las que se montaron posteriormente en otros lugares. El estreno fue un éxito.

En Colonia, la dirección fue de Otto Klemperer y su mujer, Johanna, cantó Marietta. Parece ser que a Klemperer no le gustó demasiado la obra y se negó a salir a saludar al final de la representación.

La ópera se estrenó en Viena en marzo de 1921, con el propio Korngold de director y durante esa temporada "Die tote Stadt" consiguió notables éxitos en varios teatros de Alemania. En Francfort, el diseñador expresionista Ludwig Sievert realizó una producción que realzaba con sus oscuras sombras amenazadoras, el poder de la partitura. Lamentablemente, no han llegado fotografías hasta nosotros y sólo se conservan algunos bosquejos a carboncillo de esta producción.

Maria Jeritza como Marietta Maria Jeritza como Marietta (con un "peculiar" laúd) y Orville Harrold (Paul) en el ensayo general de Die tote Stadt. 1921.

La obra viajó pronto a Nueva York: Maria Jeritza eligió "Die tote Stadt" para su debut en el Metropolitan. El papel de Paul fue interpretado por Orville Harrold, cuya manera de cantar, con absoluta indiferencia por las exigencias vocales, se cree que dañó su voz de manera irreversible. Por cierto, Jeritza se vio obligada a cantar el Lied de Marietta, acompañándose con una guitarra, porque al parecer, y según contaba la propia soprano, fue imposible encontrar un solo laúd en Nueva York.

No hay que ocultar, que tras el estreno, algunos críticos americanos hablaron de la falta de ideas propias de la música de Korngold, una acusación que en realidad no tiene demasiado fundamento. Ciertamente, hay influencias de Strauss, Puccini e incluso de su maestro Zemlinsky, en su música. Pero su lenguaje es perfectamente reconocible y tiene su propio sello personal. Y esto es particularmente cierto en "Die tote Stadt" donde la "firma" de Korngold aparece a lo largo de toda la obra: en las deliciosas melodías, en la brillante orquestación o en la fuerza pictórica, iba a decir casi cinematográfica, con la que la música dibuja el ambiente de Brujas o la procesión religiosa del tercer acto (Korngold, judío y hombre que nunca hizo declaración pública sobre sus creencias religiosas, mostró a lo largo de su vida una gran atracción por la ceremonia y la reverencia mística de la liturgia católica). El hecho es que "Die tote Stadt" fue admirada por muchos músicos y críticos, entre ellos Puccini.

Para la Navidad de 1921, la nueva ópera de Korngold se había representado treinta veces en Hamburgo y casi otras tantas en Viena, y varios teatros europeos preparaban sus propias producciones para el nuevo año. Daba la impresión de que nada podía parar la carrera y el éxito del brillante compositor. Desgraciadamente, no fue así. Pero esto es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

Bibliografía

Brendan G. Carroll: The Last Prodigy (Amadeus Press,1997)

Jessica Duchen: Erich Wolfgang Korngold (Phaidon Press, 1996)

Robert van der Lek: Diegetic Music in Opera and Film: A Similarity Between Two Genres of Drama Analysed in Works by Erich Wolfgang Korngold.(Rodopi, 1991)

Helmut Pöllmann: Erich Wolfgang Korngold: Aspekte seines Schaffens (Schott Musik, 1998)

Escribir a Patxi Madariaga