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El impresionismo musical de Claude Debussy
(Por Alfredo Canedo)
Algunos de los principales componentes del impresionismo musical, nacido de fuentes genuinamente francesas, son los estados emocionales estimulantes, perceptibles tanto en las armonías como en las melodías, además de otras cualidades no menores como una sonoridad aterciopelada y ciertos matices pictóricos. El impresionismo alcanzó un punto máximo a finales del siglo XIX y principios del XX en coincidencia, aparentemente, con el derrumbamiento del post-romanticismo; y desde entonces en adelante los sonidos impresionistas, al unísono con los de la poesía, conquistaban una importancia insospechada en el público de la música cultivada, tanto en ambientes de melómanos como en los ambientes de críticos de conciertos y óperas.
Se admite, por lo general, que un artista virtuoso es merecedor de elogios y reconocimientos sólo después de muerto. Excepción a esa regla fue Claude Achille Debussy, cuando en vida su música de ambientes naturales, de bosques espesos, de leyendas medievales, de viejos castillos, de antiguas murallas cubiertas de hierbas, de puestas de sol y de excitante fragancia de flores, es aclamada tanto en salas de concierto como en ambientes de escasa cultura musical. Reconocimientos que Debussy diera cuenta por escrito a Charles Gounod:
"El día que escuché mi música en la calle, entonada por gente que ni siquiera conocía mi nombre, empecé a creer que gozaba ya de cierta reputación".
(Vulliremos, Emile. ‘Épocas musicales’).
Música impresionista no por elogiada menos exenta de incomprensiones y reparos por la crítica académica. Y en ese sentido, Maurice Dumesnil transcribe parte del informe que la ‘Sociètè Nationale de Musique’ hiciera llegar a Debussy con motivo del estreno de sus composiciones para cuartetos, fantasías y nocturnos:
"Por cierto que el señor Debussy no puede ser censurado de vulgar o banal. Por el contrario, muestra una inclinación pronunciada, hacia la investigación rara. Sería de desear que se cuidara de ese vago impresionismo que le hace olvidar la importancia de la precisión en la forma y el contorno, y que constituye uno de los peores enemigos de la verdad en las obras de arte. Por lo mismo, la Societé espera, y lo desea, recibir algo mejor de un compositor de tantas condiciones como el señor Debussy".
(Dumesnil, Maurice. ‘Claude Debussy, señor de los ensueños’).
En su cultivo del impresionismo no habían de hacer mella las burlas, humoradas, los chascarillos y sarcasmos de la crítica diletante. El impresionismo es también el postulado estético que honrara en su boceto sinfónico ‘El mar’, con el notable ‘crescendo’ en el juego de las ondas, las luces del día y los tenues silbidos del viento marítimo; o también en ‘Preludio a la siesta de un fauno’, fantasía dramática basada en el poema de Stéphane Mallarmé, con impresiones armónicas, a veces politonales, en los lances amorosos del fauno y de ninfas a orillas de un lago, en parques tapizados por el césped, en fuentes murmurantes y en luces solares a través de oscuros follajes. Tras la puesta escénica de su obra literaria en el Teatro de Conciertos de París, Mallarmé escribió estas líneas a Debussy:
"Acabo de salir del concierto, profundamente emocionado. La maravilla: su ilustración de ‘La siesta de un Fauno’, que presenta una disonancia con mi texto, únicamente cuando uno penetra en realidad mucho más adentro de la nostalgia y la luz, con finura, sensualismo y riqueza. Le estrecho la mano con admiración, Debussy. Suyo: Mallarmé”.
(Mallarmé, Stéphane. ‘Memorias de un escritor’)
Debussy supo transmutar apacibles tonos y semitonos en hábiles colores, al igual que los pintores de la patria del impresionismo en sus telas. Prueba por lo demás evidente en las armonías y melodías refinadamente románticas de sus canciones sobre ‘Las flores del mal’ basadas en los poemas de Charles Baudelaire, que presentan sonidos agudos y vibrantes estrictamente equilibrados, bellamente expresivos, febriles, sutilizados, y en algunos momentos, pasionalmente mezclados con imágenes y signos paisajistas. Pero la atmósfera ‘naturalista’ o ‘realista’ de la crítica parisina encontraba en este ciclo de canciones motivos suficientes para hostigar al músico:
"El señor Debussy ha arrojado el estiércol de su música sobre las Flores de Baudelarie. Por momentos era pura cacofonía. De no ser una broma para con el público, tememos que el sentido auditivo del compositor esté gravemente enfermo, en la misma hora que la visión distorsionada de algunos pintores".
(Gauthier-Villars, Henry. ‘Ecos de París’)
Para ese ambiente de diletantes Debussy había consumado la ruptura con los preceptos musicales del clasicismo, siendo por tanto blanco de apreciaciones despreciativas e injustas.
Charles Baudelaire
Fue en esa época de nuevos métodos de expresión musical cuando Debussy tropezó con una obra del poeta belga Maurice Maeterlink recientemente editada: ‘Pelléas et Mélisande’. La compró y la leyó. En seguida comprendió que había llegado a sus manos una tragedia misteriosa sin tiempo ni lugar en particular, que tanto podía haber ocurrido mil años atrás como en la actualidad, e incluso posiblemente a través de los años venideros. Dimensiones colosales logrará Debussy con la musicalización de este drama. Su técnica musicalmente impresionista (utilización de escalas por tonos enteros, acordes con la quinta aumentada y acordes de cuartas) le permitió recoger con una sutileza extraordinaria detalles ambientales y poéticos efectos. El argumento está enteramente lleno de presentimientos y sueños convertidos en una música resonante detrás de las palabras de Maeterlink. Solo en raras ocasiones Debussy recurre a la repetición en motivos, presentando el amor de las dos almas infantiles protagonistas ornamentado con pasajes musicales de delicadeza insuperable: amor mutuo en tonalidades musicalmente apasionadas.
La obra a poco de ser estrenada en París recibía de la crítica especializada opiniones de que ‘no tiene nada de notable’, ‘pobreza musical’, ‘por momentos inentendible’. Apreciaciones que a Debussy, artista de extremada y hasta casi enfermiza sensibilidad, le llevó a escribir estas líneas a su amigo Pierre Louys:
"¡Estoy tan terriblemente solo y triste! ¿Habré llegado realmente a esto por mi laxitud de luchar contra invencibles fuerzas superiores? Quizá mi labor y yo mismo merecíamos una suerte mayor. Tú me conoces, mi querido amigo, mejor que nadie, y solo tú, quizá, puede venir y asegurarme que no soy del todo un loco".
(Louys, Pierre. ‘Mi amistad con Debussy’).
Por encima de todo lo expuesto contra su obra, si hubo un músico en París de obras delicadas y ricas en virtudes galas ha sido, sin duda, Debussy: basta sólo con sus obras impresionistas que estaban llamadas a marcar una nueva etapa en la evolución de la música de Occidente.

