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Mujeres... la perdición de Alessandro Stradella
(Por Manuel M. Martín Galán)
A mediados del siglo XIX Giacomo Rossini expresaba en una carta la confusión que entonces había sobre Alessandro Stradella: “En mi infancia se me habló de Stradella, el castrato, como un cantante incomparable; en mi adolescencia se me habló de los milagros vocales de un Stradella no castrato; finalmente, en mi madurez estoy seguro de que Stradella es un enciclopédico compositor de música de gran valía... [aunque cierto autor] declara que soló existió un Stradella, el autor de lo único que existe en Francia, Pietà, Signore!”.
Rossini, probablemente, sabía que Pietà, Signore (también conocida como Agnus Dei o, más simplemente, como Aria da chiesa), la única obra entonces atribuida en Francia a Stradella, era una obrita inconfundiblemente romántica compuesta, en realidad, por uno de sus “descubridores” decimonónicos. Algún dedo apunta a François Joseph Fétis; otros, a Niedermeyer; hasta al mismo Rossini se la atribuyeron. Aunque... no, no era la única obra que los franceses de entonces le atribuían. También le adjudicaron durante algún tiempo el gluckiano O del mio dolce ardor, a veces en una versión “a lo divino” (O salutaris hostia). ¡Qué facilidad para tergiversar las cosas en no mucho tiempo!
Pero el de Pessaro estaba muy seguro de lo que decía con lo de “enciclopédico compositor de música de gran valía”. Conoció su música -aunque sólo fuera una mínima parte- por medio de uno de sus verdaderos descubridores. ¡Y bien que se interesó por el empleo de trompetas y trombones en Il Barcheggio!
Si hubiera conocido su obra más a fondo, los motivos para admirarla se habrían multiplicado, porque su nombre es un hito fundamental en la historia de la música. Sus grandes méritos son, además del innovador e imaginativo sentido de la instrumentación, la anticipación de elementos importantísimos que llevaron a su madurez Corelli y Alessandro Scarlatti (concerto grosso, sonata en trío, arioso, estructura del aria y de la cantata, oratorio en lengua vulgar).
Ahora bien, quedan todavía en la sombra muchos detalles de su vida. Y, lo que es peor, a los silencios se suman los embrollos: permanecen vivas las leyendas que empezaron a cobrar vida al día siguiente de su trágica muerte. Porque eso de ser un donjuán, sufrir persecuciones y caer asesinado por amor siempre ha impresionado mucho.
Los historiadores de los siglos XVIII y XIX las recogieron sin apenas cuestionarlas. También inspiraron algunas novelas y obras dramáticas. Y, al menos, media docena de óperas:
- Louis Niedermeyer. Stradella (1837)
- Friedrich von Flotow. Alesandro Stradella (1844)
- Franz Doppler. Alessandro Stradella (1845)
- Adolph Schimon. Alessandro Stradella (1846)
- Giuseppe Sinico. Alessandro Stradella (1863)
- Virginio Marchi. Il cantore di Venezia (1867)
Por si fuera poco, en nuestros días el inefable Remo Giazotto las recreó y aumentó, dándoles un toque “científico”. Su gruesa biografía (1962, 2 volúmenes) tiene, aparentemente, un sólido apoyo documental. Lo malo es que parte de los documentos, que cita sin referencia ni localización, sólo los ha visto él. Otros están mal leídos o tienen añadidos y cosas por el estilo. Resumiendo: que su Vita di Alessandro Stradella es una reedición, corregida y aumentada, de la historia del Adagio de Albinoni. Lo malo fue que las invenciones de Giazotto saltaron a enciclopedias y diccionarios serios. En las líneas que siguen me ceñiré únicamente a lo que se sabe con certeza, que no es poco movidito, marcando con diferente color los elementos legendarios.
La leyenda lo suponía napolitano o romano y se han dado distintas fechas de nacimiento.
Pero Stradella nació en Nepi, cerca de Vitervo, en 1639 y llegó a Roma ya adolescente. Aunque, eso sí, en Roma completó su formación como músico, no se sabe con quién, y residió la mayor parte de su vida. Quizá habría vivido siempre en la ciudad papal si no hubiera sido por su irreprimible tendencia a complicarse las cosas. Porque Stradella fue de esas personas que no nacieron para vivir tranquilas.
Profesionalmente le fue bien. Su música era apreciada y le llovieron encargos de oratorios (el primero en 1667), obras dramáticas menores (en un momento en que Cesti y Cavalli copaban las mayores), motetes, cantatas para las fiestas y conmemoraciones más importantes celebradas en la ciudad... También enviaba composiciones instrumentales y vocales a un noble veneciano, Polo Michiel.
Pero su vida privada...
La leyenda, a la que de vez en cuando se suma Giazotto, lo pinta viviendo a tope y siempre en el filo de la navaja. Se le adjudican aventuras amorosas varias, lícitas e ilícitas. Relatan las persecuciones a que se vio sometido, los duelos que mantuvo con maridos y novios burlados, las venganzas que, por activa y pasiva, le afectaron. Giazotto habla de una huida de Roma en 1669 para evitar un escándalo por apropiación de fondos eclesiásticos en la que también estaba implicado su íntimo amigo C.A. Lonati. Pero nadie más ha encontrado los papeles en que supuestamente se basa.
Problemas económicos. Aunque entremezclados con otros asuntos, es lo único que se sabe con seguridad. Él se quejaba de que sus patrones no le pagaban a su debido tiempo. También podría ser que llevara una vida desordenada, derrochadora y muy por encima de sus posibilidades. O ambas cosas.
El caso es que se vio en situaciones apuradísimas por ello. Como cuando tuvo que pedir dinero prestado a uno de sus protectores, el cardenal Flavio Chigi, porque “las injurias de la fortuna” habían desatado sobre él una “ferocísima tormenta” y, si no pagaba inmediatamente una gran suma que debía, se vería expuesto a perder “pertenencias, reputación y quizá también libertad”.
También ideó extraños métodos para solucionarlos. En una ocasión, por ejemplo, estuvo dispuesto a convertirse en un vulgar cazadotes, comprometiéndose en un matrimonio que fue desbaratado por los familiares de la incauta novia.
Más tarde protagonizó una rocambolesca aventura, metiéndose a casamentero y arreglando -cobraba comisión por ello, claro-, el casorio de una mujer plebeya, vieja y fea, pero adinerada, con un pariente del poderosísimo cardenal Cibo. Éste, al enterarse, logró anular el matrimonio, encerró a la pobre mujer en un convento y quiso encarcelar a Stradella. De nada le sirvieron esta vez amigos y protectores. Cibo tenía vara alta en Roma. La única forma de librarse de la cárcel fue poner pies en polvorosa.
Ningún lugar mejor para estar a salvo de las iras cardenalicias que Venecia, la ciudad italiana más impermeable al poder romano. Contaba allí, además, con la protección de Polo Michiel. Otro aliciente: en Roma, con el Papa Minga (Inocencio XI) en el trono pontificio, corrían malos tiempos para el teatro. En cambio, la temporada operística veneciana se presentaba tentadora. Allí se estableció en febrero de 1677.
Fue bien recibido por Michiel y su entorno. Empezó a componer (entre otras cosas, una cantata de añoranza a su Roma querida), se habló de encargarle una ópera para el carnaval siguiente. Pero se interpuso una mujer...
Entre las ocupaciones que Polo Michiel le había buscado para asegurarle ingresos, estaba la de enseñar música a Agnese (Agnesa la llamaba Stradella) van Uffele, amante de Alvise Contarini, miembro de una de las más poderosas familias de la República. ¿Cómo no iba a enredar Cupido? En un suspiro se enamoraran perdidamente. Y un buen día de junio (no hacía ni cuatro meses de su llegada a Venecia) huyeron juntos.
La leyenda dice que la mujer pertenecía a una aristocrática familia romana, se llamaba Ortensia Cambini y, habiendo sido seducida y secuestrada por unos malvados amigos, vivía forzada en esa irregular manera.
Continúa afirmando que los enamorados eligieron Nápoles, supuesta ciudad natal del músico, como destino de su huida. Pero el despechado amante veneciano juró venganza y envió tras ellos a unos sicarios con órdenes contundentes. A Nápoles fueron a cumplir su trágico encargo. Pero Stradella y su amante se habían quedado en Roma, donde triunfaban la música y la voz de aquél (las voces de ambos, añaden algunos). Su fama era tal, que cuando los esbirros, decepcionados, llegaron a la ciudad en su viaje de retorno, no tuvieron que buscarlos: los encontraron sin esfuerzo.
Trazaron minuciosamente el plan. Actuarían de noche, en una callejuela oscura por la que debían pasar los amantes de vuelta a casa tras interpretar el oratorio “San Giovanni Battista” en una iglesia. Para vigilarlos en todo momento entraron en el templo en plena representación. Y se produjo el milagro. La música y la voz de Stradella -cantaba precisamente “Pietà Signore”, dicen algunos- ablandó el corazón de piedra de aquellos asesinos, de forma que aun renunciando a una parte sustancial de su salario (terminarían de cobrarlo una vez cumplida su misión), fueron incapaces de atentar contra quien les había descubierto semejantes sensaciones. Y confesándole el siniestro fin que les había llevado hasta él, le aconsejaron huir de nuevo.
Dejando al margen contradicciones, novelerías y anacronismos. ¿No resulta hermoso el papel otorgado a la música en esta historia? Generando primero un amor redentor entre maestro y discípula. Haciendo luego brotar, en una revisión del mito de Orfeo, nobles sentimientos en almas hasta entonces ayunas de ellos, transformando mágicamente comportamientos, humanizando a seres embrutecidos... ¿Puede pedirse más?
Pero en la realidad Stradella y Agnese no había ido a Nápoles ni a Roma, sino a Turín, desde donde aquél comunicó a Polo Michiel que había huido con ella “por la compasión que tuve hacia sus desgracias, por los peligros en que la vi y por las continuas e infinitas súplicas que me hizo” (el texto, por cierto, puede dar pie para imaginar muchas cosas), asegurando que “jamás la abandonaré y no dejaré de hacer cualquier cosa para servirla cumplidamente”.
Pero Alvise Contarini se plantó en Turín buscando a los huidos, que tuvieron que refugiarse en sendos conventos. La situación se presentaba difícil. Contarini se entrevistó con las autoridades. Afortunadamente para Stradella, no logró implicar a la señora natural de la ciudad, la duquesa de Saboya, en sus pretensiones punitivas. Y el arzobispo buscó una salida civilizada, proponiendo la boda de los huidos o la profesión religiosa de Agnese (al varón no le imponía una alternativa tan dura). Contarini fingió estar de acuerdo y abandonó Turín.
..permanecen vivas las leyendas que empezaron a cobrar vida al día siguiente de su trágica muerte
Todo parecía finalmente solucionado. Stradella pudo salir del convento y hacer vida normal. Hasta empezó a componer. Y una mañana del mes de octubre firmó el contrato matrimonial con su Agnesa, en presencia del padre de ésta. Pero aquel mismo día por la tarde dos bravi le asaltaron, apuñalándole con saña y dejándolo tendido en el suelo en un charco de sangre junto a la puerta de la iglesia de San Carlos.
Contarini podía estar satisfecho...
Pero lo estuvo durante poquísimo tiempo. Stradella era un hueso duro de roer y el ataque no lo quitó de en medio. O más sencillamente, las heridas fueron más aparatosas que graves. Se recuperó en un tiempo no excesivamente largo. Pero no quiso volver a oír hablar de Turín.
[Al margen. El asalto referido tuvo curiosas e insospechadas derivaciones, provocando un incidente diplomático. Los sicarios llevaban cartas de presentación del embajador francés en Venecia -al parecer, amigo personal de Contarini- y obtuvieron asilo en su embajada en Turín. Las relaciones París-Turín en ese momento no eran, precisamente, excelentes y hubo un agrio intercambio de notas, protestas y demás, aunque, por supuesto, la sangre no llegó al río].
Stradella fijó ahora su residencia en Génova, donde estaba ya a principios de 1678. Vivió allí otra etapa de estabilidad. Empezó a actuar inmediatamente como director de orquesta en el Teatro Falcone. Muy pronto comunicaba a Polo Michiel: “...muchos caballeros unidos me han firmado un contrato con la obligación de darme cien doblones españoles anuales, [además de casa, mesa y criado pagados, dice después] para que viva aquí al menos dos o tres años... sin estar obligado a cosa alguna más que a residir en Génova”. Curioso contrato, desde luego. ¿Se estaría tirando el músico un farol?
Daba también clases de música “a seis damas principales”. Que sí, que sí, que es lícito preguntarse si sólo les enseñaba música. Al menos, eso insinúan unos documentos. Pero son un poco tardíos (posteriores a su muerte) y se escribieron muy lejos de Génova (en Venecia). Recogemos la insinuación, aunque con cautela.
Fue éste un periodo musicalmente muy fecundo. Allí compuso todas sus óperas, atendió encargos del patriciado (entre otros, ese Barccheggio que tanto complacía a Rossini y que puede hoy escucharse en una grabación dirigida por Estevan Velardi, escrito para el festejo acuático de la boda de un Spinola), de las iglesias, de su mecenas veneciano, de Módena...
Pero el destino no podía dejarle tranquilo. La tarde del 25 de febrero de 1682 -los relojes de las torres cantaban las siete: hacía rato ya que había oscurecido- los puñales asesinos se clavaron de nuevo en su cuerpo. Tres veces. Ahora no fallaron. Alessandro Stradella caía herido de muerte en la Piazza Banchi a los pies del criado que le acompañaba, que apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Roma, Turín, Génova... Había burlado en dos ocasiones el zarpazo cada vez más próximo de la muerte. A la tercera fue la vencida, grita -se diría que con macabra satisfacción- la leyenda. Y ve o se imagina la fría y malévola mueca que se dibujó en el rostro de Alvise Contarini al conocer que, cinco años después, su encargo estaba, por fin, cumplido y su venganza, satisfecha.
Pero no. La realidad, de nuevo, tuvo poco que ver con la leyenda. Hubo una mujer, sí, pero no fue Agnese van Uffele. Ésta pareció esfumarse en Turín. No se sabe nada más de ella ni de su padre ni del contrato matrimonial firmado la mañana del atentado, salvo que no se cumplió: Stradella murió soltero. Y éste no vuelve a mencionarla en sus cartas (quince desde Génova) al mecenas veneciano. Es como si la sangre de sus heridas hubiera apagado el ardor de Alessandro. Si no fuera porque sólo queremos atenernos a las certezas, tentados estaríamos de decir que los sicarios de Contarini también la habían alcanzado a ella. O que, asustada por los acontecimientos, decidió aceptar la otra propuesta del arzobispo, profesando en algún convento. Pero no caemos en la tentación de dar por buena ninguna de las hipótesis.
También se ha dicho que fue una amante despechada -quizá de esas nobles a las que enseñaba música- la que pagó a los asesinos. Pero cuando poco después del entierro -una ceremonia por todo lo alto, por cierto- se inició la investigación, varias notas delatoras anónimas apuntaron en la misma dirección: el asesinato había sido ordenado por un tal Giovanni Battista Lomellino, en complicidad con varios de sus hermanos. Una actriz protegida suya fue la causa. Parece que en los últimos tiempos se mostraba más sensible a los encantos de Stradella que a los de su protector oficial. Fue encarcelado, pero ni se demostró nada ni se le inculpó formalmente del asesinato. Tras pagar una pequeña multa, fue liberado.
Las historias trágicas tienen a veces ribetes cómicos o que, al menos, provocan la sonrisa. A raíz del asesinato de Stradella, otros tres músicos que trabajaban en Génova (uno de ellos, el tenor, violinista y compositor Carlo Ambrogio Lonati, íntimo amigo de Alessandro) huyeron despavoridos, dice un papelote, “para no tener el mismo miserable fin que Stradella”.

