Die tote Stadt en Barcelona
Un montaje de (en)sueño
(Por Otis B. Driftwood)
Gran Teatre del Liceu, 22 de Abril de 2006.
Die tote Stadt, Ópera en tres actos. Música: Erich Wolfgang Korngold. Libreto: Julius y Erich Wolfgang Korngold, firmado con el pseudónimo de Paul Schott y basado en la novela Bruges-la morte de George Rodenbach. Estrenada simultaneamente en Hamburgo y Colonia, el 4 de diciembre de 1920. Paul: Torsten Kerl. Marietta/Marie: Susan Anthony. Frank/Fritz/Pierrot: Bo Skovhus. Brigitta: Julia Juon. Juliette: Begoña Alberdi. Lucienne: Marisa Martins. Victorin: Francisco Vas. Conde Albert: Frances Garrigosa. Gaston: Roberto Miguel. Coproducción Gran Teatre del Liceu, Festival de Salzburgo, Staatsoper de Viena y Neederlandse Opera de Amsterdam. Director Musical: Sebastian Weigle. Director de Escena: Willy Decker, Escenógrafía y vestuario: Wolfgang Gussmann. Iluminación: Wolgang Göbbel. Orquesta Sinfónica y Coro del Gran Teatre del Liceu. Director Coro: José Luis Basso
En 1950, durante los ensayos para el estreno en Viena de "Die Kathrin", la última ópera compuesta por Korngold, hubo, desde el principio, serios desacuerdos entre el autor y el equipo de producción. Korngold no entendía las nuevas tendencias de la escena, y se disgustó cuando vio una habitación, diseñada por el escenógrafo Walter von Hoessin, que no tenía techo. Hoesslin le explicó pacientemente que el público lo imaginaría sin problemas pero Korngold no consiguió sacarse aquello de la cabeza y unas semanas después escribió a Hoesslin (que tenía una finca en el Tirol), "Voy a ir a pasar el día con usted para seguir hablando sobre los escenarios. Por favor, resérveme una habitación en un hotel. Si es posible, con techo."
Esta anécdota, que cita Brendan G. Carroll en su libro "The last Prodigy", es lo primero que me vino a la imaginación cuando vi algunas fotografías de la producción que se iba a representar en el Liceu. Bueno, en realidad tuve también la intensa sensación de que el montaje que se adivinaba tras aquellas fotografías no le hubiera gustado a Korngold. Admito que es un enorme atrevimiento por mi parte erigirme en intérprete de los gustos de Erich Wolfgang Korngold pero el personaje, su vida y su obra me apasionan hasta tal punto que llego a cometer tales osadías.
Nos encontramos ante un espléndido montaje que demuestra como es posible realizar un trabajo escénico inteligente que no solo no interfiere ni altera el sentido original de la obra, sino que lo potencia
Pero ahora me debo limitar a mi propia opinión y les puedo asegurar que mis prejuicios eran absurdos y completamente erróneos. Pocas veces he visto en un escenario de ópera un montaje tan ajustado a la obra que se representa, como el que han realizado Willy Decker y sus colaboradores para esta producción de "Die tote Stadt".
Queda meridianamente claro que Willy Decker conoce la obra que ha montado y la ha estudiado a fondo. La idea basíca consiste en separar el plano onírico (gran parte de la acción es un sueño del protagonista) del real. Pero el hallazgo genial es haber conseguido unir ambos planos narrativos en una misma escena "duplicando" mediante un doble a Paul, de forma, que, en varias escenas, aparece tanto en un primer plano, durmiendo, como en un segundo plano, como protagonista de su propio sueño. Además, se presentan las acciones que suceden en el sueño, incluso las "normales" como que la criada Brigitta se vaya a la iglesia a rezar, de forma completamente surrealista: un grupo de personas la transportan crucificada en una enorme cruz blanca, algo que no parece demasiado fuera de lugar si se está soñando. Es más, parece "normal" que una escena así forme parte de un sueño. Impresionantes e intensamente oníricas resultan también la procesión del tercer acto o la aparición de Frank cabalgando una casa. No quiero dejar de citar otro surrealista hallazgo narrativo: al final del segundo acto, Paul es disfrazado de Pierrot por los amigos de Marietta. Al comienzo del tercer acto, al levantarse el telón vemos en escena, abrazado al retrato de Marie, a un Pierrot, que nadie duda que es el Paul que dejamos así vestido en el final anterior. Un poco más tarde, entra en escena el auténtico Paul, con su vestimenta habitual. Claro que ....¿es el Paul que se sueña a si mismo disfrazado de Pierrot o el Paul soñado por Paul?. En fin, no me hagan mucho caso: me acaba de dar un ramalazo especulativo, producto de mi afición por las paradojas.
Por cierto, no pude reprimir una sonrisa al comprobar que en algunas escenas se coloca sesgado sobre el escenario un enorme techo blanco. ¿Casualidad? Probablemente. Pero prefiero creer que se trata de labor de documentación de Decker y Gussmann.
En todo caso, nos encontramos ante un espléndido montaje que demuestra como es posible realizar un trabajo escénico inteligente que no solo no interfiere ni altera el sentido original de la obra, sino que lo potencia. Pienso que más de un "divo" de la dirección escénica debería estudiar minuciosamente está producción para conocer de primera mano el significado de conceptos como "creatividad" y "pertinencia".
En la parte estrictamente musical, la interpretación no fue todo lo redonda que hubiera podido desearse.
Se anunció antes de la función que el tenor Torsten Kerl estaba indispuesto (con una "infección intestinal") por lo que rogaba la comprensión del público. No obstante, a pesar del poco esperanzador aviso, cantó estupendamente, y con intención su difícil papel de endiablada tesitura. Tan sólo en algunos pasajes en los que su voz debe elevarse por encima del enorme grupo orquestal, no pudo emitir con la suficiente potencia. Su intervención final, con el regreso de la melodía del lied de Marietta y la aceptación de la pérdida de la mujer amada, resultó conmovedora hasta la lágrima.
La poderosa, descriptiva y conmovedora música de Korngold es tan magistral que puede soportar incluso ciertos desequilibrios en su ejecución sin perder su genialidad ni atractivo
Susan Anthony se vio superada por las exigencias del doble papel de Marieta/Marie. (y ello pese a que los pasajes cantados de la aparición de Marie fueron amplificados) y en el tercer acto, mostró claros síntomas de estar al límite de sus fuerzas vocales. Aunque ya en el primer acto comenzó su parte más célebre, el Lied de Marietta, con un canto demasiado espasmódico, muy poco legato, que restaba expresividad a la bellísima melodía. Tan sólo cuando Torsten Kerl retomó la canción en la segunda estrofa, se pudo percibir todo su hipnótico atractivo.
Bo Skovhus estuvo correcto en el papel de Frank pero como Pierrot cantó el "Pierrot Tanzlied" de una forma tan tosca y falta de intención que hizo desaparecer toda la nostalgia de vidas pasadas que debe transmitir ese lento vals.
Magnifíca la actuación de Julia Juon, como Brigitta y correctos en sus papeles, de más exigencia escénica que vocal, Begoña Alberdi. Marisa Martins. Francisco Vas y Frances Garrigosa.
También correcto trabajo del director Sebastian Weigle, aunque hubo momentos, como en el interludio del segundo acto, con la casi cinematográfica (o mejor dicho, decididamente cinematográfica) descripción musical de la ciudad de Brujas en los que hubiera sido exigible cierta mayor solemnidad (además de unas campanas más sonoras y una máquina de viento más realista). Asimismo, abusó del fortisimo en ocasiones, tapando completamente el sonido del palco escénico.
Queda claro, pues, que la interpretación tuvo lagunas. Pero gracias al soberbio montaje y, sobre todo, a la poderosa, descriptiva y conmovedora música de Korngold, tan magistral que puede soportar incluso ciertos desequilibrios en su ejecución sin perder su genialidad ni atractivo, fue una emocionante e inolvidable función de ópera. En más de un momento me colocó al borde -e incluso más allá- de llorar de emoción. Por comentarios que escuché, gran parte del publico, que no conocía en absoluto ni esta obra, ni probablemente nada de la música de Korngold (no al menos conscientemente, aunque casi todos la habrán escuchado en la banda sonora de "Robin de los Bosques" o "El Capitán Blood") se asombró al descubrir lo magnífico de una obra tan infrecuente en los escenarios.
Fue, en resumen, una de esas representaciones, no demasiado abundantes, por desgracia, en las que, cuando la música cesa y cae el telón, sucede un momento de intenso silencio que parece formar parte de la obra, antes de que el público salga del estado de arrebato en el que le ha colocado la música y comience a aplaudir entusiasmado.

