El tema de Don Juan

Don Giovanni (I)

(Por Gerardo López Gámez)

Don Giovanni

El tema del viajero que convida a cenar a un desconocido, creyendo que está vivo pero que, en realidad, resulta estar muerto, es un tópico medieval que anuncia la aparición del “convidado de piedra”. Sin embargo, se ha afirmado generalmente que la historia de Don Juan hizo su primera aparición literaria en una comedia española llamada El burlador de Sevilla, escrita por Gabriel Téllez (1571-1641), más conocido por el nombre de Tirso de Molina. También se ha asegurado que Don Juan Tenorio era un personaje histórico proveniente de una familia noble muy conocida en España. Sin embargo, no hay prueba satisfactoria de esto, y hasta es de dudar si El burlador es realmente obra del autor a quien se atribuye.

A partir de esta fábula del barroco español, el libertino sevillano goza de una creciente reputación en Europa. Como leeremos más adelante, el mito donjuanesco fue fruto de numerosos homenajes a través de autores como Molière en Francia, Shadwell en Inglaterra... Desde el punto de vista musical, la fascinación por el tema llega hasta nuestros días, donde pueden contabilizarse más de una docena de adaptaciones. Pero de todos los burladores de cualquier época, lugar e idioma, el que se lleva todos los honores es, sin duda, el de Mozart- Da Ponte.

El mito del donjuanismo cobra un nuevo impulso en el romanticismo, aunque con perfiles muy distintos a los conocidos. Poemas y relatos de Byron, Pushkin, Dumas, Alexis Tolstoi, entre otros, insisten en la figura del burlador. En el teatro aparece el Don Juan Tenorio del español José de Zorrilla (1844). El héroe es la réplica a distancia del libertino barroco, pues aquí el burlador se enamora de una monja virgen, cuya virtud respeta. El seductor acaba siendo redimido por la intercesión de la joven ante las esferas celestiales, todo lo contrario del mito originario.

Estreno de Don Giovanni

En el siglo XX, la fábula de Don Juan sufrió las más variadas e imprevisibles versiones, sobre todo en el teatro.

El personaje de Don Juan puede ser considerado bajo dos aspectos fácilmente separables: Don Juan el libertino y Don Juan el blasfemo. En el segundo caso, existe una historia claramente definida que va más atrás del s. XVII y que no queda limitada sólo a España. Era una convicción popular en muchos países, que insultar a los muertos era un crimen que llevaba inevitablemente al más terrible castigo. El concepto de las estatuas que toman vida data de los tiempos clásicos. El libertino es un personaje diferente. Hay innumerables leyendas de rebeldes apasionados y brutales contra toda ley moral, en las que el pecador se arrepiente finalmente y se convierte en un ser pío. Durante el s. XVII esta historia era conocida en Alemania a través de comedias de los Jesuítas en las que el héroe se llamaba Leontius. Casi siempre se describe a este de origen italiano; probablemente la obra vino a Alemania desde Italia, aunque pudo haberse originado en España. Pero debe observarse que en las obras de Don Juan o de Leontius, los pecados cometidos no son tanto de la carne como del espíritu.

En la ópera de Mozart-Da Ponte, el mejor retrato de Don Juan lo da Leporello en su “aria del catálogo” (n. 4, acto I).

Don Juan ha sido calificado de loco, por su absurda búsqueda de una felicidad absoluta; o considerado como una fantasía, un prejuicio literario, una metáfora medicinal, un caso patológico, de hipererótico polígamo, incluso tachado de semental estéril, un histérico fronterizo con la homosexualidad, un feminoide de morfología descaradamente equívoca, un eunuco.

Don Giovanni

Si hemos de creer a Da Ponte, fue él quien sugirió la leyenda de Don Juan para la creación de esa nueva ópera que Pasquale Bondini, director del Teatro Nacional de Praga, había encargado a Mozart tras el inmenso éxito obtenido con Le Nozze di Fígaro. Sobre la composición de esta ópera, prácticamente carecemos de información digna de toda fe, aunque ninguna ópera haya dado jamás origen a cosecha tan rica de anécdotas triviales. En su autobiografía, Da Ponte nos da un relato muy pintoresco de su propia influencia en la composición, pero debemos leerlo con cautela, pues la autobiografía fue escrita cuarenta años después, cuando Don Giovanni ya había sido aceptado como un clásico. Además, fue escrita para un público norteamericano que ya había oído la ópera que presentó García en Nueva York.

El personaje de Don Juan puede ser considerado bajo dos aspectos fácilmente separables: Don Juan el libertino y Don Juan el blasfemo

De lo que no hay duda, es que el poeta estaba extremadamente ocupado en ese momento: debía escribir otros dos libretos al mismo tiempo -L'Arbore di Diana para Martín y Axur, Re d'Ormuz para Salieri-. El libreto considerado por él como mejor de los tres era L'Arbore di Diana, cuyo tema trataba la disolución de los monasterios y conventos dispuesta por José II, representada en forma graciosa y divertida por una anécdota que refería como Cupido y Endymion engañaron a la diosa de la castidad y a sus ninfas reclusas. Esta comedia era, probablemente, original; las otras dos no lo eran. Axur era un nuevo arreglo en italiano del Tarare de Beaumarchais musicado por Salieri para su representación en París, pero sin mayor éxito allí. Don Giovanni, como veremos, era completamente extraído del trabajo de otro libretista. Cabe pensar que Da Ponte sugirió el tema a Mozart no tanto porque lo consideró adecuado al temperamento romántico del compositor, sino porque el material ya le venía completamente listo.

Es importante comprender exactamente como el libreto de Da Ponte desciende de Tirso a través de Molière, Goldoni y Bertati, y observar como cada uno de esos autores hacen sus propias modificaciones a la historia para satisfacer las exigencias de sus respectivas épocas y teatros. Don Juan fue creado por Tirso de Molina, y hasta los días de Goldoni, Tirso puede haber gozado de la fama de haberle inventado; pero en la actualidad, por lo menos fuera de España y tal vez en Italia, Don Juan se ha convertido en Don Giovanni y su creador es Mozart. Don Juan era un tema más, dentro del frenesí musical que se apoderó de la Europa del siglo XVIII, pero su trascendencia a partir de la realización mozartiana marcará el punto culminante en la historia del mito. Como señala el escritor inglés John Austen, el drama de Tirso es en realidad uno más entre las obras románticas de "capa y espada"; lo que es original en él, como drama, es el episodio de la estatua.

Mozart y Don Giovanni

El contraste entre la obra de Tirso y Da Ponte radica en que la del primero es extremadamente complicada. La constante presencia del padre y del tío de Don Juan, así como de otros "graves y reverendos señores", pone al mismo Don Juan en una posición muy diferente a la de la ópera. La razón por la que Da Ponte eliminó a tantos personajes es que tenía que escribir para un elenco de limitado número de cantantes. Bertati tuvo que hacer lo mismo, y en su caso, siete personas tuvieron que representar diez personajes. A igual que en Le Nozze Michael Kelly tuvo ,en Praga, los papeles de Basilio y Curzio, Giusepe Lolli tuvo que cantar tanto la parte del Comendador como la de Masetto. Ésta fue la causa principal por la que Don Giovanni permanece tanto tiempo en escena, después que el Comendador se ha hundido por la trampa: para que Lolli pudiera tener tiempo de cambiar sus ropas antes de volver como Masetto en el sexteto final. Había solamente seis cantantes disponibles para siete partes. Aunque Bertati sólo tenía un acto que escribir, acumula en él la mayor cantidad de personajes que puede, cuatro mujeres víctimas de Don Giovanni y dos sirvientes. Da Ponte, con menos cantantes, extendió su ópera de modo que durara toda la velada; limita a tres el número de personajes femeninos, pero los profundiza y desarrolla con más consecuencias. Además de estas simplificaciones, existen otras supresiones por parte de Da Ponte: no tuvo en cuenta para nada la ubicación del drama en Villena, una ciudad de Aragón, que era la elegida, no felizmente, por su predecesor, y acertó en trasladarla a esa otra ciudad abstracta y nocturna: la innombrada ciudad de España.

En 1665, Molière escribió Le Festin de Pierre, una comedia en prosa que se parece muy poco al drama poético de Tirso, y presenta un punto de vista social y moral completamente diferente. El Don Juan de Molière es un aristócrata parisiense de tiempos del autor; su sirviente Sganarelle dice de él: "He aquí los espíritus fuertes que no quieren creer en nada". El crimen del Comendador no tiene lugar en escena; se alude simplemente a él como habiendo ocurrido seis meses antes. Molière hace un agregado importante a la historia: Doña Elvira, a quien Don Juan ha raptado de un convento, abandonándola luego. A pesar de tanta crueldad, conserva hasta el final su amor por Don Juan, aunque cuando aparece al principio, se muestra más indignada que enamorada. Esta acotación de Doña Elvira es muy interesante, pues nos enseña a comprender su personaje, tal y como aparece en la ópera de Mozart.

No hay duda que Da Ponte conocía bien la obra de Molière, pues hay muchos préstamos verbales en los recitativos de Don Giovanni. Masetto y Zerlina provienen también de Molière y no de Tirso. Los campesinos de Tirso pertenecen a una arcadia literaria. Molière es cómicamente realista y hasta habla un dialecto campesino. Debe notarse que ni Donna Anna ni Don Ottavio aparecen para nada en la obra de Molière.

El personaje de Don Juan puede ser considerado bajo dos aspectos fácilmente separables: Don Juan el libertino y Don Juan el blasfemo

En 1786, Goldoni, que en esa época aún no había cumplido treinta años, escribió una obra en verso llamada Don Giovanni o sia Il Dissoluto. El argumento es tan complicado como cualquier libreto operístico de Metastasio. El propio Goldoni cuenta en sus Memorias que escribió esta comedia con un propósito determinado: vengarse de la signora Passalacqua, una actriz con la que había mantenido un idilio, del cual terminó engañado por ella. Su proyecto era escribir una obra sobre Don Juan en la cual todos reconocerían en los personajes de Don Giovanni, Carino (un pastor), y Elisa (una pastora), a su propio rival Vitalba, a sí mismo y a la dama. Es muy probable que Da Ponte leyera la obra. Las situaciones que se dan, son muy semejantes a las de la ópera de Mozart. En la obra de Goldoni, Anna es novia de Ottavio contra la voluntad de ambos.

En 1775, Giovanni Bertati, libretista muy conocido de aquella época, y que eventualmente escribió Il matrimonio segreto para Cimarosa, escribió en Venecia una ópera que constaba de dos partes, la primera prólogo de la segunda; La novità y L'Italiano a Parigi; la música parece haber sido obra de Alessandri. En febrero de 1787, Bertati usó de nuevo la primera parte, pero esta vez (con pequeñas modificaciones) como prólogo a una secuela titulada Don Giovanni Tenorio o sia Il convitato di pietra, cuya música escribió Giuseppe Gazzaniga. La música del prólogo fue probablemente obra de Valentini. La obra tuvo tanto éxito que se estrenó rápidamente otra ópera sobre el mismo tema en otro teatro veneciano, con música de Francesco Gardi; constaba de dos actos que bastaban para cubrir la velada aun sin el prólogo. No se conoce el nombre del libretista. La ópera de Gazzaniga fue muy popular en Italia; tuvo también éxito en París y en Lisboa, y en 1794, cuando Da Ponte estaba en Londres en calidad de poeta en el King's Theatre, hizo representar allí una versión reformada de la obra con música de diferentes compositores, incluyendo probablemente el monólogo de Leporello de la ópera de Mozart. Hasta donde se sabe, la ópera de Gazzaniga nunca se representó en Viena ni en ningún otro teatro alemán; pero, como veremos, tanto el libreto como la música deben haber llegado a Viena a comienzos de 1787 y no puede haber duda que ambos fueron estudiados cuidadosamente por Da Ponte, así como también por Mozart.

Don Giovanni es una historia de mentirosos y de engañados, en la que la única verdad es la muerte, personificada en la figura del convidado de piedra. Los personajes cambian de identidad fácilmente por medio de una capa o un sombrero, hacen falsas promesas y se desdicen de sus juramentos, dejan apalear a sus amigos y se ríen del dolor ajeno. Los varones resultan meros instrumentos en manos de las mujeres, que acaban burlándose del burlador y poniendo las cosas en orden.