Historia
Gesualdo, el príncipe asesino (I)
(Por Manuel M. Martín Galán)
Asesino, como es bien sabido, de su esposa y del duque de Andria, sorprendidos in flagrante delicto de fragante peccato.... No hizo sino aplicar los rígidos códigos del honor vigentes en su época. Pero al hacerlo, selló su condena ante la posteridad. En el cómo y no en el qué parece estar -veremos- el meollo de la cuestión.
Existen varias fuentes sobre los sucesos que protagonizó Carlo Gesualdo da Venosa. Ante todo, la investigación judicial (conato de investigación, más bien) iniciada en la mañana siguiente al doble crimen. Domina en ella la fría, aparentemente neutral y no siempre correcta prosa de este tipo de documentos, pero también es el relato que más truculencia encierra: lo que se presentó a los ojos de la justicia aquella mañana era, ciertamente, tremendo...
Hay también algunas notas diplomáticas que se atienen escuetamente a los hechos, sin entrar en detalles. Y una serie de relatos con mayor o menor dosis de dramatización y fantasía, más las recreaciones literarias que ciertos escritores de la época (no hablo ya de los posteriores, Anatole France incluido) hicieron sobre el asunto. De alguno de los más conocidos relatos coetáneos (el denominado manuscrito Corona) existen numerosas versiones no estrictamente coetáneas y con variantes; algunos de sus más famosos y consagrados párrafos son despiadadamente desmentidos por la investigación judicial; en cambio, otros detalles, aparentemente fantasiosos (lo referente a las cerraduras, por ejemplo), parecen ser, al menos en parte, confirmados por aquélla.
No hemos querido prescindir de estas últimas fuentes, por ser reveladoras del sentir de aquella época y claro exponente de cómo se vivió la tragedia y de cómo se forjó la leyenda. Irán, no obstante, en caracteres de diferente color , para diferenciar netamente la leyenda de los hechos documentados.
Los Gesualdo constituían una aristocrática familia de orígenes tan remotos, gloriosos (y ficticios, todo hay que decirlo) como el de casi todos los aristócratas de la época. Pero el servicio a sus señores naturales -no siempre a los reinantes en el momento a que nos referimos- y una hábil política matrimonial -los dos elementos esenciales de la estrategia nobiliaria- la habían situado entre las más destacadas del Reino (en la Italia del XVI, el reino por antonomasia era el de Nápoles).
Condes de Consa desde mediados del siglo XV, Luigi Gesualdo (abuelo de Carlo) supo llevar a su casa a la cumbre de su trayectoria social, negociando el matrimonio de su primogénito, Fabrizio, con Girolama Borromeo, hermana del cardenal arzobispo de Milán -San Carlos, uno de los campeones del resurgir católico postridentino- y sobrina del papa Pío IV. Los beneficios de tal enlace no tardaron en dejarse sentir. Otro de sus hijos, Alfonso, fue nombrado cardenal de la Iglesia (febrero de 1561) y poco después Felipe II -honores atan amores (léase fidelidades)- le otorgó el título de Príncipe de Venosa (mayo de 1561). A otra de sus hijas, Sveva, la casó con don Carlo d’Avalos, Príncipe de Montesarchio e hijo del Marqués del Vasto.
Carlo, hijo segundón de Fabrizio Gesualdo y Girolama Borromeo, nació en 1566 y creció con sus tres hermanos en el fastuoso y contradictorio ambiente de los palacios renacentistas italianos. Don Fabrizio no era insensible a las artes. Y aunque no tenía capilla musical propia, por su casa desfilaron músicos como Giovanni Macque, Fabrizio Filomarino, Romano Micheli, Leonardo Muzzio Effrem y Poponio Nenna. Con ellos y en su propia casa, pues, nació la irresistible inclinación de Carlo por la música.
La muerte de su hermano mayor en la flor de la edad (1585) cambió su destino. Convertido en heredero y continuador de la familia, aquel mismo año su padre arregló su matrimonio con Doña María D’Avalos, hija de don Carlo y doña Sveva Gesualdo y, por lo tanto, prima carnal del novio (la dispensa papal, tratándose de quienes se trataba, se consiguió rápidamente). Era un poco mayor que él y, pese a su juventud, dos veces viuda, pero también era “la más bella dama de Nápoles”, según el embajador veneciano.
Se celebró la ceremonia en 1586 en la iglesia de San Domenico Maggiore de Nápoles. Los festejos, “dignos de reyes”, tuvieron lugar en el vecino palacio de San Severo, donde residiría la nueva pareja hasta el momento de la tragedia.
Don Carlo se entregó con tal ardor a la música y la caza que Doña María se sentía abandonada
Se dice que los primeros años del matrimonio transcurrieron felices, viviendo -el detalle es muy elocuente acerca de la concepción del matrimonio en la época- “más como amantes que como marido y mujer”. Nació un hijo, Emmanuele, y parecía que ante sus vidas sólo se presentaba un horizonte de felicidad. Pero...
Don Carlo se entregó con tal ardor a la música y la caza que Doña María se sentía abandonada. ¿O es necesaria la sensación de abandono para que un amor destierre a otro? Un día, en un baile en el palacio del Virrey, se encontraron Doña María y don Fabrizio Carafa, duque de Andria, que -no podía ser de otra forma- “reunía la belleza de Adonis y el valor de Marte”. Él también estaba casado y tenía cinco hijos [uno de ellos, por cierto, sería con el tiempo general de los jesuitas]. Pero ¿qué sabe Amor de impedimentos creados por los humanos? Se enamoraron. Desde el momento en que por primera vez se cruzaron sus miradas.
No podían apartar los ojos uno del otro... Tras las ardientes miradas vinieron los billetes transmitidos por criados fieles y cómplices. Y a los billetes sucedieron los encuentros.
El primero tuvo lugar junto al mar, en un naranjal que don García de Toledo poseía cerca de Chiaia. Doña María, para justificar el viaje, dijo haber formulado el voto de presenciar unas afamadas procesiones de penitentes de Semana Santa. Y en el camino fingió un desvanecimiento. La llevaron a la residencia citada donde, oculto, la esperaba el duque. En el mismo vestíbulo cayeron al suelo, entrelazados sus cuerpos, entregados el uno al otro como si nada más hubiera en este mundo. El papel no olvida reseñar que las alusiones al amor y la muerte (morir de amor, no por amor) esmaltaron este primer encuentro amoroso.
Vinieron, claro está, más. Siempre en secreto. Pero es difícil que no trasciendan secretos de ese tipo. Un tío de don Carlo, don Giulio Gesualdo, descubrió el adulterio. No por casualidad, no. Don Giulio sentía una rijosa pasión por la esposa de su sobrino y había tratado de conseguirla. Pero sus torpes proposiciones se toparon siempre con el rechazo y el desprecio de la dama, en nombre de la fidelidad conyugal. De nada sirvieron ruegos, súplicas y dádivas. Doña María le increpó ofendida. ¿Cómo osaba atentar contra su virtud y el honor de su propio sobrino? Amenazó incluso con denunciarlo a su esposo. Rechazado, pero no resignado, espiaba clandestinamente y con ojos lascivos cada uno de sus pasos.
Hasta que un día la cruda realidad se mostró diáfana ante él. Aquello era más de lo que podía esperar. Pocas veces el diablo ha ofrecido a nadie ocasión tan propicia ni plato tan suculento para paladear la venganza, infinitamente cruel. Le faltó tiempo para contárselo a su sobrino. Éste sintió cómo se le desgarraban las entrañas, el corazón, el alma..., pero no dejó que su rostro trasluciera ninguna emoción. Calló y esperó.
Los amantes supieron pronto que habían sido descubiertos. Y el Duque, prudente, propuso, si no terminar con sus encuentros, al menos, espaciarlos. Pero doña María no quiso ni pensar en ello. Y replicó con dureza que un corazón capaz de abandonarla por temor era de plebeyo, no de caballero. Más aún: que la naturaleza había cometido un error incalificable creando a un caballero con corazón de mujer -él- y a una mujer -ella- con corazón de caballero.
Tocado en su fibra más sensible, el duque respondió: “Querida dama, si queréis que muera, moriré. Por vuestro amor mi alma abandonará feliz su cuerpo, víctima de vuestra belleza. Tengo fuerzas para afrontar mi muerte, pero no para sufrir la vuestra. Porque si yo muero, vos no continuaréis viva y sólo este temor me acobarda; (...) aseguradme que sólo el duque de Andria será víctima de vuestro marido, y yo os mostraré si temo a la espada. Sois cruel, pero no conmigo (...) Sois cruel con vuestra belleza, exponiéndola a pudrirse, tan joven y lozana, en la tumba”.
A lo que doña María respondió: “Señor duque, más mortal es para mí un sólo instante lejos de vos que mil muertes que resultaran de mi pecado. Si con vos muero, no me veré nunca apartada de vos; pero si me dejáis, moriré sola lejos de lo que más desea mi corazón, que sois vos. Decidid: o sois desleal apartándoos de mí u os mostráis fiel, no abandonándome jamás. (...) Tengo el valor necesario para sufrir la herida del frío acero, pero no vuestra marcha. (...) Así pues, esto quiero y esto os pido, y no repliquéis si no queréis perderme para siempre”.
¿Que podía hacer el duque? Elevar humildemente una oración de asentimiento y aceptación del fatal destino a su idolatrada diosa: “Señora, puesto que queréis morir, moriré con vos. Así lo queréis. Que así sea”.
Don Carlo trazó fríamente un plan. Ordenó que, en secreto, se cambiaran todas las cerraduras de su palacio. Y, cuando se había hecho el trabajo, anunció a los cuatro vientos que se disponía a emprender una jornada de caza lejos de Nápoles que le mantendría fuera varios días. Partió con mucho ruido y un gran séquito.
Pero, en secreto, había dado órdenes a sus más fieles criados para que se mantuvieran sigilosos y expectantes. Expectantes, y también atemorizados por lo que se avecinaba, quedaron.
>El duque, sabedor por su amada de que Don Carlo no pernoctaba en su residencia, acudió confiado al amoroso encuentro. El manuscrito es en este punto claro y escueto: “Habiendo sido recibido por Doña María con su acostumbrado amor, ambos, desnudos, fueron a la cama, donde se dieron mutuo consuelo, y vencidos por el cansancio de tan supremo placer, entregaron sus cuerpos y almas al sueño”.
A media noche volvió don Carlo con sus más fieles. Y subió a toda prisa a la habitación de su esposa. En la puerta estaba su dama de compañía de centinela; quiso alertar a su señora, pero, amenazada, tuvo que apartarse y esconderse. Don Carlo abrió la puerta de un tremendo puntapié “y entrando ardiendo de cólera con sus compañeros halló a su mujer, desnuda, acostada en brazos del duque”.
Quedó paralizado momentáneamente, pero reaccionando bruscamente, “se lanzó sobre los dormidos amantes y los asesinó a golpes de daga antes de que pudieran reaccionar (...) Los cuerpos fueron arrastrados (...) y puestos en la escalera principal, ordenando el príncipe a sus criados que no los movieran de allí, y habiendo escrito un cartel con la causa de su muerte (¿no recuerda al I.N.R.I?), que fijó en la puerta de su palacio, huyó con algunos de sus fieles a sus estados de Venosa”.
“Los cuerpos de los desventurados amantes quedaron expuestos en la escalera y toda la ciudad pudo pasar a ver tal espectáculo. La Princesa estaba herida en sus partes más bellas y especialmente en las partes con las que había pecado; y el duque presentaba la evidencia de haber sido más gravemente herido que ella”.
Por si faltaba algún siniestro detalle, añade: “Se dice que mientras los cadáveres estaban expuestos, un dominico terciario violó el de doña María”.
Y concluye: “El cuerpo del duque fue retirado pronto para ser enterrado aquella misma tarde y el cuerpo de la Princesa al día siguiente. Tal fue el fin de su deshonesto amor”.
La anterior narración, pese a sus fantasías -o precisamente por ellas- terminó imponiéndose en la memoria colectiva, sirviendo de base a diversas novelas y obras dramáticas. Pero, al cotejarla con la investigación oficial, muestra sus debilidades.
Lo más probable es que nunca se lleguen a conocer los detalles de la relación amorosa entre Doña María y el duque de Andria. No habrá forma, pues, de sustituir aquella historia por otra más verosímil y menos poética. Pero el desenlace es narrado de manera distinta en las declaraciones ante la justicia de los criados de confianza de don Carlo y su esposa. Sabemos, por ejemplo, que no hubo fingida jornada de caza ni exposición pública de los cadáveres; pero también que la conducta de los amantes era más arriesgada -hasta osada- en la realidad que en la leyenda. Y en cuanto a los crímenes...
Veamos cómo se narran en la investigación judicial. Alteramos el orden original (lógicamente, primero se reconoció y describió la escena del crimen y después se tomó declaración a los testigos), para reconstruir la secuencia de los hechos. Abreviamos al máximo las declaraciones. Y silenciamos algún que otro detalle truculento.
En su declaración ante los representantes de la Corte Vicaria (Tribunal supremo) de Nápoles, declararon lo siguiente la dama de compañía de Doña María y el criado de Don Carlo:
Aquella noche [la del 16 al 17 de octubre de 1590] Doña María se acostó normalmente, tras lo cual me puse a preparar sus vestidos para el día siguiente.
Don Carlo cenó aquella noche, desnudo en su cama, según era su costumbre. Yo mismo le serví la cena. Luego se dispuso a dormir. Me fui a mi habitación.
Cuando estaba eligiendo la ropa, mi Señora me llamó. Me dijo que quería vestirse. Extrañada, le pregunté por qué apenas acostada quería vestirse de nuevo. ‘El duque ha silbado’, me respondió.
“Quería asomarse a su ventana, como muchas veces lo había hecho, incluso de día, y mientras ellos hablaban, yo estaba vigilando; si veía a alguien en la casa, avisaba. Las cinco y media sonaron cuando ella cerró su ventana. Me llamó, la desnudé de nuevo, se acostó. Me ordenó llevarle una lámpara y que la dejara encendida en una silla y que pusiera al pie de su cama su camisón negro ribeteado de encaje rojo. Así lo hice. Salí entonces de su habitación, apoyé mi cama contra la puerta y me tumbé completamente vestida sobre la colcha. Me dormí con un libro en la mano”.
Don Carlo, al cabo de dos horas, me llamó, pidiéndome agua. Cuando subí con ella lo encontré vestido casi completamente. Se enjuagó la boca. Me pidió que cogiera su casaca. Y cuando le pregunté adónde quería ir a esa hora de la noche, me dijo que de caza. Al replicarle si era buena hora para la caza, dijo: ‘Veréis qué hermosa es la caza que voy a hacer’.
Encendí una antorcha, acabé de vestirle y de debajo de su cama sacó una espada y me la dio; también sacó una daga y un arcabuz. Me dio sus armas y me dijo que le siguiera por la pequeña escalera de caracol que sube a la habitación de Doña María. Y luego me dijo: ‘Quiero matar al duque de Andria y a la puta de Doña María’.
Entonces vi que tres hombres armados nos precedían. Al llegar arriba, vimos a la camarera acurrucada y totalmente vestida en su lecho.
Un violento golpe en mi cama me despertó de repente. Tres hombres armados pasaban, pero los distinguí mal, tan grande era mi miedo, cuando abrieron la habitación de mi señora y dispararon por dos veces un arma de fuego. Oí que decían: ‘Ahí está, ahí’.
Entonces vi a Don Carlo Gesualdo, esposo de mi señora Doña María, llegar por la escalerilla de caracol. Me dijo: ‘Traidora, te voy a matar, no te escaparás’ y dio orden al criado de que no me dejara escapar.
Tan pronto como entraron en la habitación de doña María, don Carlo dijo: ‘Muerte al traidor y a su ramera. ¿Cómo van a hacer cornudo a un Gesualdo?’
“Entonces oí ruidos, fogonazos, pero no voces”. Me quedé quieto en el umbral de la puerta. Los tres hombres salieron uno tras otro y bajaron por la escalerilla por la que habían subido.
También salió don Carlo. Sus manos estaban rojas y goteaban sangre. Preguntó por la camarera. Y volvió a entrar en la habitación, diciendo ‘No creo que estén muertos’ y les asestó unas cuantas puñaladas más.
Luego ordenó al criado que entrara con la antorcha y yo aproveché para huir y esconderme en la habitación donde dormía su hijo; la nodriza me metió debajo de la cama del niño. Oí a don Carlo que preguntaba por mí, pero la nodriza le pidió que no hiciera ruido, que iba a despertar al niño.
Don Carlo bajó por la misma escalera de caracol y luego el testigo oyó ruido de caballos que se alejaban.
Como el silencio se prolongaba, salí de debajo de la cama y me encontré con el criado, que todavía tenía la antorcha en la mano. Me dijo: ‘No temas, don Carlo se ha ido’. Y yo pregunté: ‘¿Y Doña María?’ ‘Están muertos los dos’, me respondió.
Cuando amaneció, fui con las otras mujeres a la habitación de mi señora. La encontramos degollada y llena de heridas, en el vientre sobre todo. Junto a la puerta, lleno de sangre, estaba el duque de Andria”.
A la mañana siguiente no se encontró a don Carlo en todo el palacio. Y ninguno de los componentes de la Corte de don Carlo estaba en su puesto.
Cuando las autoridades y oficiales de justicia entraron en la habitación, no pudieron reprimir un gesto de horror. En el suelo, ensangrentado, estaba el cadáver del duque de Andria. A cierta distancia y sobre el lecho yacía Doña María, en camisa y también ensangrentada, morta uccisa.
Ella, que tenía la garganta seccionada de un profundo tajo, mostraba una herida en la sien derecha, otra en la cara y muchas más en diversas partes del cuerpo.
Él estaba semivestido con un camisón femenino negro con ribetes rojos (probablemente, sobresaltado por los ruidos, se cubrió con lo primero que halló a mano) y tenía el cuerpo literalmente acribillado. Una herida de arcabuz le atravesaba el codo izquierdo, interesando también el pecho. Otra le afectaba a la cabeza. Y tenía multitud de heridas de arma blanca. Al retirar el cuerpo pudieron contarse hasta veinticuatro marcas en el suelo, “producidas, sin duda, por la punta de las armas que atravesaron al dicho duque”.
Ella, que tenía la garganta seccionada de un profundo tajo, mostraba una herida en la sien derecha, otra en la cara y muchas más en diversas partes del cuerpo.
No olvidaron los justicias describir las prendas masculinas que había en la habitación, sobre la cama de doña María o en una silla, algunas con las armas del duque de Andria bordadas, apostillando que “estaban intactas y sin agujeros que pudieran corresponder a la punta de una hoja afilada, y sin manchas de sangre”. También anotó que ninguna de las cerraduras de aquella habitación cerraba bien.
En la habitación de don Carlo se encontraron, entre otras armas, tres alabardas con el hierro ensangrentado (una de ellas tenía la punta doblada) y un arcabuz.
La justicia ordenó que se trajeran dos ataúdes. En ellos fueron colocados los cuerpos tras ser lavados y amortajados. El del duque de Andria fue inmediatamente entregado a un jesuita enviado en representación de la familia. El de doña María, a petición de su madre, fue transportado directamente a la iglesia de San Domenico, donde recibió sepultura.
La investigación judicial se detuvo en ese punto, al parecer, por orden del virrey, don Juan de Zúñiga, conde de Miranda.

