Crítica de libros
Rohmer y la música
(Por Hertha Gallego de Torres)
De Mozart en Beethoven: Ensayo sobre la noción de profundidad en la música, Eric Rohmer, Ediciones Ardora con la colaboración de la Filmoteca Española, Madrid 2005, ISBN 84 88020 25 2, 244 págs, trad. De Loreto Casado.
Duermes y me olvidas: Viaje al interior de la Iliada, Carlos Garrido, Ares y Mares, de Ed. Crítica, Barcelona, 2005, ISBN 84 8432 651 9 , 399 págs.
El cine de Rohmer tiene sus apasionados defensores y sus detractores acérrimos, y es lógico, en una filmografía compleja, organizada a partir de ciclos cerrados sobre sí mismos (“cuentos de las cuatro estaciones”, “comedias y proverbios”) que reflexionan de manera sutil sobre preocupaciones morales y relaciones sentimentales muy, muy, contemporáneas, extremadamente delicadas y donde la mujer tiene un papel primordial. A nosotros nos encanta, por su aparente transparencia, y su búsqueda de la objetividad cinematográfica y ¿por qué no decirlo? debido a su toque tan francés. Detrás de esas películas late una importante reflexión teórica –Rohmer fue redactor jefe de la revista Cahiers du Cinéma entre 1958 y 1963, que el cineasta no sólo ha dejado ahí: diversos ensayos sobre cuestiones estéticas atestiguan un interés por la literatura, la arquitectura, la pintura o la música, del cual se nutren sus creaciones, sean éstas “El rayo verde” o “Cuento de Primavera”, entre otras.
El ensayo que nos ocupa nació del encargo de una productora de radio, que pidió al cineasta que hablase sobre música para la emisión Comment l´entendez-vous. Rohmer escogió a Beethoven y, más tarde, como habló mucho de Mozart al referirse al músico de Bonn, le pidieron que disertara también sobre éste. Así surgieron una serie de charlas radiofónicas y más tarde la idea de publicarlas, debidamente reformuladas, en libro.
El director y teórico de cine es consciente de adentrarse como profano en un terreno reservado. “¿En qué se mete? dirán. Pero, precisamente por “no ser asunto mío”, la mirada ingenua de que dispongo cuente quizás con cierto conocimiento sobre la forma en que la música se recibe, no sólo por mí, que me lanzo a esta obra, sino por toda una familia cada vez más numerosa de aficionados que no se contentan con escucharla pasivamente (…)” nos explica. Sin embargo, sus observaciones son todo menos simples: los deliciosos comentarios sobre las ventajas pedagógicas de la radio o las páginas sobre el silencio, bien merecen una relectura. Rohmer se ha caracterizado por eliminar la música abiertamente en sus películas, salvo en momentos muy concretos, y en este libro argumenta su decisión. Para el director francés, en las grandes obras del cine existe una necesidad interna que hace que el tiempo se construya a sí mismo, es decir que forme parte intrínseca de la obra. De ahí que, paradójicamente, algunas de las mejores películas musicales ¡sean las películas mudas!
Aparte de estas y otras intuiciones, con las que uno puede estar o no de acuerdo, pero que son muy inteligentes y están bien argumentadas, Rohmer ilustra su discurso con obras concretas. Así, analiza la sonata para violín y piano en La mayor K. 526 de Mozart –se nos proporcionan ejemplos musicales- o, en el epígrafe “Más blanco que blanco”, explica las razones que le llevaron a introducir el segundo movimiento del Cuarteto nº 15 de Beethoven , en concreto el pasaje del que Romain Rolland dijo que era “una farándula de estrellas”, abierto con un pedal armónico, en su película “Le signe du Lion”, como música diegética.
La primera vez que escuchamos hablar de este libro fue en el excelente programa de radio “El ojo crítico”, a alguno de sus críticos literarios, probablemente a Javier Lostalé. Merece tener más difusión. No son sólo los especialistas e investigadores los que deben escribir sobre música. Hay un espacio muy amplio para “entrar en comunicación con la esencia íntima de las cosas”, por ponernos rohmerianos. Hemos de buscar “ el acorde oculto” del que habla Carlos Garrido en su libro “Duermes y me olvidas: Viaje al interior de la Iliada”. Este autor lo sitúa en las obras de Beethoven:
“(…)en cada pieza de Beethoven hay un acorde oculto, una nota llena de dolor. Al principio me costaba mucho descubrirla, pero cuanto más viejo soy más fácilmente la encuentro.
(…)¡Un acorde oculto! Una combinación de notas disimulada en algún rincón de la partitura, como un pájaro entre los árboles, donde se esconde el sentimiento.
El acorde oculto explica la Iliada. El poema parece tan narrativo, tan mesurado, tan épico. Pero lo que le otorga fuerza es precisamente esa música trasuntada, una luz imprecisa que late en algún sitio porque el poeta no quiso revelarla del todo. Si logras escuchar ese sonido ausente, el texto da un vuelco. Y puedes interpretarlo casi como una composición personal. Expresa un dolor, pero en lugar de cerrarse en él, lo amplifica y convierte en factor vivificante de una historia(…) La historia de un padre y un hijo forman esa música ausente”.
Mozart, Beethoven, los clásicos, los griegos, el séptimo arte, nuestra cultura, en definitiva. La de ayer y la de ahora mismo, porque los viejos mitos renacen continuamente. Es el momento de reunirse con los amigos y charlar, en torno a una buena copa de vino.

