El tema de Don Juan
Don Giovanni (2ª parte)
(Por Gerardo López Gámez)
La economía de medios
en Don Giovanni
Lo que sorprende en esta ópera es la eliminación de elementos accesorios. En esta versión, el drama se concentra en sí mismo y prescinde de referencia históricas o espaciales precisas. Nada se dice del tiempo en que transcurre la acción, como impreciso es el lugar: “In una città della Spagna”. No es simple economía de medios, como era habitual en el teatro de la época, sino que su intención va más allá: la palabra renuncia a su lucimiento para ponerse al servicio de la música, que es la encargada de expresar la última esencia.
Tampoco llegamos a saber la edad de Don Juan, aunque ya no debe ser muy joven, a pesar de que todavía es seductor y dueño de una energía casi sobrehumana.
El tiempo de Don Juan en la ópera es de una premeditada atemporalidad. La ópera se edifica sobre la dimensión del tiempo detenido. Toda la acción de esta ópera acontece en una noche que se diría interminable y cíclica. Son esas extrañas noches, poco definidas, indescifrables y escurridizas a la hora de contarlas, porque no es un tiempo físico, sino fantástico, fantasmagórico, nacido de la fantasía del héroe, que vive sus últimos momentos rodeado de sus propios fantasmas. Como dice Jacobo Cortines: "La ópera podría concebirse como una larga noche que relata el fin de una existencia brillante y cosmopolita; una noche que transcurre en una ciudad sin concesiones al localismo: palacios, calles, cementerios, casas iluminadas por antorchas o linternas; nada más".
Don Giovanni: personaje del Siglo de las Luces
El tema no gozaba del favor de los ilustrados, a pesar de los intentos de "redención" del influyente Goldoni, pero sí contaba con el fervor de un público popular, como lo había sido siempre, al que habría que añadir el de un sector más culto, muy sensibilizado con el fenómeno triunfante del libertinaje, como lo prueba la publicación de Les liaisons dangereuses de Choderlos de Laclos en 1782. El libertino dieciochesco no era sólo un tipo literario, sino un fenómeno social, y ahí están los ejemplos, sin ir más lejos, de Casanova o el mismísimo Da Ponte.
El tiempo de Don Juan en la ópera es de una premeditada atemporalidad. La ópera se edifica sobre la dimensión del tiempo detenido.
El Tenorio de Tirso es un burlador , es decir, un hombre que goza deshonrando -de hecho o de palabra- a las mujeres, siempre haciéndose pasar por otro y formulando varias promesas. El héroe de Molière es un hidalgo que rechaza la sociedad del dinero y del interés: el mundo que le rodea. Proclama su falta de moralidad con orgullo, como inspirado por el demonio. Las mujeres le interesan como género y rehúsa a someterse a una sola de ellas: ni pareja ni matrimonio. El Don Juan de Da Ponte nos lleva al colmo de la mitomanía y del gusto por el disfraz y el embrollo, propios de los donjuanes barrocos. En realidad, este seductor no logra llevarse a la cama a ninguna de las señoritas que aborda, y la lista de sus amantes o de sus víctimas parece un mera invención de su criado Leporello, que la explica en su célebre “aria del catálogo”, tomada de la comedia napolitana. El dinamismo de la farsa es constante y resulta cómico. La tragedia sólo se presenta cuando, al principio y al final de la historia, se muestra la muerte en la figura del Comendador, asesinado en la primera escena y resucitado en las finales. Don Giovanni es un personaje del Siglo de la Luces y no de la época barroca, marcada por las guerras de religión y la contrarreforma.
Da Ponte lector de Petrarca
Da Ponte fue desde su juventud un asiduo lector de Petrarca, y algunos versos de sus libretos muestran claramente la deuda para con él. Don Juan era un genio en la práctica, lo más alejado de todo idealismo, y no olvidemos que el ideal amoroso que hasta entonces había estado vigente era aquel que figurara como la "Biblia de los enamorados", el Cancionero de Petrarca. Don Juan es el representante del amor ferinus, condenado por los tratadistas y moralistas de la Edad Media, que buscaron por diferentes caminos encauzar los impulsos amorosos. Petrarca representaba el fin de esa búsqueda y pasaba a ser el fundamento de una nueva visión. Pero para las fechas en que se compuso la ópera, era un ideal adscrito a un pasado imposible. Don Juan, pues, triunfa cuando Petrarca fracasa. El donjuanismo se expande cuando el petrarquismo se repliega. El antipetrarquismo del Don Juan dapontiano cobra así un especial significado, en cuanto que proviene de un escritor que, tras verse forzado a abandonar su carrera teatral, cifró el sentido de su vida en la difusión de las "glorias italianas", entre las que Petrarca ocupaba un lugar de privilegio.
El estreno de Don Giovanni en Praga
En principio el estreno se fijó para el 14 de octubre de 1787, con el objeto de agasajar a la archiduquesa María Teresa de Toscana. Mozart viajó hasta Praga un mes antes y se hospedó en una casa cerca del Teatro Nacional. Pero se dice que pasó la mayor parte de su tiempo en una en Villa Bertramka, una casita en el suburbio de Smichow, en la ribera oeste del río Moldava. Aún existe la casa y la habitación en la que vivió Mozart conserva todavía el aspecto tal y como estaba decorada en aquel tiempo. Da Ponte llegó el 8 de octubre a Praga pero según nos cuenta el propio abate: “Me quedé ocho día para dirigir a los actores, que debían representarlo, mas antes de ponerse en escena me vi obligado a regresar a Viena, a causa de una carta apremiante que recibí de Salieri, en la cual, fuera o no cierto, me informaba de que el Axur debía representarse inmediatamente para las bodas de Francisco, y que el emperador le había ordenado llamarme. Volví, pues, a Viena, viajando día y noche”.
Se lee en las cartas e Mozart a Gottfried von Jacquin que la obra estaba ya lista desde tiempo antes, pero es muy posible que sea verídica la historia de que la obertura fue escrita tan tarde, que la orquesta debió ejecutarla sin ensayo previo.
La ópera, después de varios contratiempos, se representó finalmente el 29 de octubre de 1787. Uno de ellos fue la indisposición a última hora de la soprano que debía interpretar el papel de Donna Elvira. Hubo que aplazar por dos veces la fecha del estreno, en la cual se interpretó Las bodas de Fígaro que tanto éxito había tenido en la temporada anterior en la capital bohemia; tanto que el propio Mozart, cuando llegó a Praga para ultimar y estrenar esta ópera, comentó que se oían cantar por las calles algunos de los fragmentos de Le Nozze.
Los intérpretes que integraron el estreno en Praga fueron Luigi Bassi (Don Govanni), Teresa Saporiti (Donna Anna), Caterina Mincelli (Donna Elvira), Caterina Bondini (Zerlina), Felice Ponziani (Leporello), Antonio Baglioni (Don Ottavio), Giuseppe Lolli (Comendador y Masetto). Como observamos, los papeles del Comendador y Masetto los interpretó el mismo bajo; como he dicho anteriormente, el cantante Giuseppe Lolli hizo el doblete porque la compañía del empresario praguense Bondini no cantaba con los suficientes medios para tener cantantes de sobra.
El éxito de la nueva ópera fue completo en opinión de todo el mundo. La ciudad recibió a su compositor favorito con calurosos aplausos. El propio Da Ponte nos cuenta: “Yo no había visto en Praga la representación de Don Giovanni, pero Mozart me informó en seguida de su maravillosa acogida y Guardasoni me escribió estas palabras: «Viva Da Ponte, viva Mozart. Mientras vivan, nunca se sabrá que es la miseria teatral»”.
El estreno de Don Giovanni en Viena
La obra se dio en el Burgtheater de Viena el 7 de mayo 1788. Los intérpretes fueron los siguientes: Alberto Albertarelli (Don Giovanni), Aloysa Weber (Donna Anna), Caterina Cavalieri (Donna Elvira), Luisa Morelli Laschi (Zerlina), Francesco Venucci (Leporello), Francesco Morella (Don Ottavio), Francesco Busani (Comendador y Masetto). A pesar de este gran reparto, Viena acogió con cierta distancia, como siempre, la obra maestra. Se consideró que era un trabajo de excelente factura, pero frío e inexpresivo, carente de atractivo para el gran público y dirigido a una minoría de entendidos. No faltaron juicios acerca de la inmoralidad de la fábula: el seductor aparecía excesivamente simpático. Alguien se atrevió a mencionar la escasa originalidad de Mozart. De poco sirvieron las excelentes interpretaciones de los cantantes y las cuatro páginas de arias y dúos compuestas para la ocasión. Da Ponte relata la acogida vienesa así: “El emperador me mandó llamar y, cargándome de graciosas expresiones de alabanza, me hizo don de otros cien cequíes, y me dijo que ardía en deseos de ver el Don Juan. Mozart regresó (del estreno de Praga) y entregó en seguida la partitura al copista, que se apresuró a sacar las partes , porque José debía marcharse. Se puso en escena y ... ¿debo decirlo? ¡el Don Juan no gustó! Se hicieron añadidos, se cambiaron arias, se expuso de nuevo en escena, y el Don Juan no gustó. ¿Y qué dijo el emperador? «La ópera es divina; es casi más bella que el Fígaro, pero no es manjar para los dientes de mis vieneses». Se lo conté a Mozart, el cual contestó sin inmutarse:«Démosles tiempo para masticarlo». No se engañó. Procuré, por consejo suyo, que la ópera se repitiese a menudo; a cada representación los aplausos crecían, y poco a poco hasta los señores vieneses de mala dentadura apreciaron su sabor y entendieron su belleza, poniendo al Don Juan entre las más hermosas obras que se representan en los teatros”.

