Historia
Gesualdo, el príncipe asesino (y 2)
(Por Manuel M. Martín Galán)
El doble crimen, que afectaba a tres de las más importantes familias del reino (Gesualdo, D’Avalos y Carafa), sacudió hasta los cimientos a la sociedad napolitana de la época. Y aunque don Carlo, en principio, no había hecho sino aplicar los vigentes códigos del honor, no se vio libre de ser considerado asesino.
Para que se produjera tal distorsión en las apreciaciones -y dejando al margen otras reflexiones sobre la significación de los propios códigos de honor y su aplicación-, fue decisivo el comportamiento de don Carlo, su brutal crueldad y sádico encarnizamiento. Además -elemento nada superfluo-, en su conducta podía apreciarse un matiz no muy compatible con su condición de caballero (¿un matiz de cobardía, podríamos decir?): no sólo actuó con cómplices, sino que de las declaraciones de los criados puede deducirse que les impulsó a que fueran ellos quienes dieran muerte al duque y sólo cuando éste había muerto entró él en la habitación para ensañarse con su esposa. Si es que no la mataron también los criados y él no hizo más que apuñalar salvajemente el cadáver.
Con ese punto de partida, la personalidad de los protagonistas fue otro elemento añadido. Desconocemos detalles sobre el carácter de don Carlo -sería interesante saber si previamente era tenido por personaje oscuro-, pero, al menos, debemos fijarnos en las víctimas: en la legendaria belleza de la esposa y en que el duque de Andria era “un hombre, por naturaleza y aplicación, poseedor de las más hermosas cualidades que pueden adornar a un noble príncipe y a un valeroso caballero” (el embajador veneciano dixit) y muy cercano al Virrey .
Para rematarlo, intervinieron los poetas, siempre sensibles a las apasionadas, románticas y trágicas historias de amor de sus semejantes. Y, participando del sentir general, tomaron también partido, sutil o abiertamente, por los amantes y en contra del bruñidor de su honor. Incluso Torquato Tasso, que había sido huésped de los Gesualdo, dedicó algunos sonetos a los amantes muertos.
La imagen de don Carlo Gesualdo como asesino y no como simple vengador de su honor estaba forjada. Y aunque en vida pudo librarse finalmente de ella, al menos socialmente, la posteridad, con distinta jerarquía de valores (menos indulgente aún con el brutal comportamiento de don Carlo), y con las recreaciones literarias como recordatorio permanente, no ha suavizado en absoluto los calificativos.
Apenas se sabe nada de don Carlo en los años inmediatamente posteriores. Pero no volvió a residir permanentemente en Nápoles y se da por supuesto que vivió en su castillo de Gesualdo, donde la música y la caza fueron sus ocupaciones preferentes. Allí ordenó levantar un monasterio de capuchinos en lo que se interpreta como un acto penitencial por el doble crimen.
Nunca se sabrá si realmente creyó que de esa forma saldaba sus deudas con el Altísimo. Lo que sí suele admitirse es que la sombra de los crímenes cometidos en plena juventud (tenía, recordemos, 24 años) planeó siniestramente sobre el resto de su vida, contribuyendo a explicar ciertos comportamientos posteriores y reflejándose en su obra (o en parte de ella, sobre todo, sus últimas composiciones). Ahora bien, tampoco puede descartarse que todo, las atroces circunstancias de los crímenes y las rarezas posteriores no fueran sino manifestaciones de una personalidad patológicamente desequilibrada, aunque el desequilibrio pudo intensificarse a consecuencia de aquéllos y con el paso de los años. La psiquiatría histórica, advertimos, es un terreno especialmente resbaladizo.
Pero la vida continuaba. Y, pasado algún tiempo, Don Carlo buscó, ayudado por su tío el cardenal Gesualdo -el otro tío cardenal, el santo Borromeo, había fallecido en 1584- un destino lejos de Nápoles, negociando su matrimonio con Leonora d’Este, sobrina del duque Alfonso II de Ferrara. Un matrimonio, como solían ser los de la aristocracia, de conveniencia por ambas partes. El Ducado de Ferrara vivía una delicada situación dinástica, con la amenaza de ser anexionado a los Estados Pontificios, y necesitaba de los buenos oficios e influencias del cardenal Gesualdo, Decano del Sacro Colegio Cardenalicio, para buscar una solución al problema. Para don Carlo -desde 1591, por fallecimiento de su padre, Príncipe de Venosa- el nuevo matrimonio suponía la rehabilitación social. Ferrara, además, tenía para él el atractivo añadido de ser uno de los centros musicales más activos y brillantes de Italia.
El matrimonio se celebró en febrero de 1594. Y si fastuosos habían sido los festejos de su primer enlace, los del segundo los superaron, sobrepasando todo lo que se recordaba en la ciudad al respecto, resultando obligado que en ellos ocuparan un destacadísimo lugar concerti, rappresentazioni y balli, de los que se conservan relatos muy detallados.
Don Carlo, por fin, mostró en público su pasión por la música. Camino de Ferrara, se había explayado con Cavalieri en Roma y luego, con Alfonso Fontanelli, noble y también músico que le recibió y escoltó en el último tramo del viaje. Con él habló, sobre todo, de caza y música -“es una autoridad en ambos temas”-, mostrándole los manuscritos de sus dos primeros libros de madrigales, que traía consigo. Le habló igualmente de su admiración por Luzzaschi y demostró cumplidamente su virtuosismo con el laúd. Ya en la ciudad ducal, se sintió embriagado por lo que encontró y la música fue su principal si no única dedicación.
El matrimonio se celebró en febrero de 1594. Y si fastuosos habían sido los festejos de su primer enlace, los del segundo los superaron
Allí comenzó a publicar sus madrigales -con anterioridad, sólo uno había aparecido en una obra colectiva-. Los dos primeros libros vieron la luz en 1594, aunque uno de ellos todavía firmado con pseudónimo. En 1595 y 1596 aparecieron el tercero y cuarto, respectivamente, muy evolucionados estilísticamente. Ya no era un aristócrata diletante, sino un consumado profesional rendido ante las novedades de la seconda prattica, que interpretaba con rasgos personales, reconocido y celebrado por muchos.
Pero aunque aprovechó a fondo las posibilidades artísticas que le ofrecía Ferrara, nada, ni esas brillantes realidades musicales ni los contactos que desde allí pudo establecer -muchos y notables, en Mantua, Florencia, Padua y Venecia- consiguieron retenerlo. El mismo año de su boda realizó un largo viaje a Gesualdo, visitando antes Venecia, donde permaneció varias semanas procurando evitar, sin conseguirlo del todo, actos protocolarios y sociales y centrarse preferentemente en las actividades musicales. Y en Gesualdo se estableció definitivamente en 1596 ó 1597. A nadie le extrañará que mantuviera allí una capilla musical, más inspirada en las prácticas ferrarenses que en las academias musicales napolitanas.
Su retiro -no parece acertado hablar, como se hace frecuentemente, de reclusión- obedecía, por una parte, a la lógica de los tiempos: estaba relacionado con la denominada refeudalización que afectó al Sur de Italia y a otros territorios europeos a finales del siglo XVI y durante buena parte del XVII, una de cuyas manifestaciones fue, precisamente, que ciertos aristócratas tendieron a ocuparse más directa e intensamente de sus señoríos. Y desde este punto de vista, justo es señalar que Don Carlo logró mantener una situación económica envidiable y, a buen seguro, envidiada por muchos de sus iguales, sumidos en dificultades dinerarias.
Pero tampoco se pueden obviar otras razones más personales. Sólo allí -parece- encontraba consuelo la profunda melancolía que de vez en cuando le invadía. No volvió a viajar, si se exceptúan las casi inevitables visitas a Nápoles. Y es significativo a este respecto que no acudiera a Ferrara a los funerales del duque Alfonso II, fallecido en noviembre de 1597 (sin haber conseguido evitar, por cierto, que la ciudad pasara a poder del Papado, por lo que su familia hubo de trasladarse a Módena) ni a Roma para la canonización de su tío Carlo Borromeo (1610), por el que sentía particular devoción. Esgrimió siempre razones de salud y disposiciones médicas para eludir los viajes. A la altura de 1610 estaba, parece, realmente enfermo. Pero se ignora su estado de salud en 1597. ¿Fue un enfermo casi crónico o la apelación a la enfermedad era una mera excusa, socorridísima en la época? ¿Tendríamos que hablar también de un cuerpo minado por la enfermedad, además de una personalidad enfermiza? ¿Habría relación entre ambas enfermedades?
Ahora bien, si don Carlo se encontraba en Gesualdo como pez en el agua, no parece que fuera la residencia idónea para quien había crecido y vivido en una de las brillantes cortes del Norte de Italia. Doña Leonora, su esposa, se resistió cuanto pudo a viajar hacia el Sur -tampoco le había acompañado en el primer viaje-, aunque al final, tras numerosas e insistentes cartas de su esposo, tuvo que ir hacia allá.
Probablemente se arrepintió. Sus relaciones conyugales no fueron nunca lo que se dice ejemplares, empeorando con el paso del tiempo. Cumplieron, sí, con las obligaciones dinástico-familiares, engendrando un niño, don Alfonsino, nacido en Ferrara. Pero don Carlo no se privó ni en Ferrara ni en Gesualdo de otras compañías femeninas, que tampoco mantenía muy en secreto. En su testamento alude a un hijo natural, don Antonio (nada se sabe, no obstante, ni de su madre ni de la fecha de nacimiento; cabe la posibilidad de que fuera engendrado durante los años de su viudedad).
Y hubo más. “Comenzó a infligir malos tratos a su esposa, llegando hasta el punto de despreciarla, insultarla, golpearla y hacerle perder el deseo de vivir. Y esto sin hablar de humillaciones y otras ofensas a su dignidad, estando, sin mirarla, con otras dos mujeres”, escribió un investigador a principios del siglo XX.
Los Este hablaron de gestionar en Roma el divorcio. Lo curioso es que parece que fue doña Leonora quien se opuso a ello, así como a que se hablara al cardenal Gesualdo de los malos tratos. ¿Por qué? Lamentablemente para los historiadores, hay asuntos -entonces y ahora- que no se tratan por escrito, sino personalmente. “De nosotros y de nuestras cosas tendría mucho que escribir, pero será mejor hablar de ellas”, se lee en la carta de un miembro de la familia d’Este. Y, evidentemente, nunca conoceremos las conversaciones que entre Doña Leonora y su medio hermano el cardenal Alessandro d’Este -por cierto, otro elemento de aúpa, Su Eminencia Reverendísima- y entre ambos y el príncipe tuvieron lugar en la visita que aquél les rindió para expresarles sus condolencias por la muerte, en 1600, del niño Alfonsino o en las que la Principessa pudo tener con su otro hermano don César durante las escasas veces que visitó Módena.
Porque don Carlo también se negó reiteradamente a autorizar cualquier viaje de su esposa. Sólo se lo permitió en 1607, para asistir a una boda familiar (de la que volvió, “mártir voluntaria... a sufrir el Purgatorio en esta vida para gozar el Paraíso en la otra”, según escribió un amigo de la familia), y unos meses después, ya en 1608, por motivos de salud, ya que decía que el clima de Gesualdo le sentaba fatal.
Esta última ausencia, que duró más de un año, desató de nuevo los rumores de divorcio, ligado a “los excesos y prodigalidades” de su esposo. No puede descartarse que los Este llevaran a cabo alguna actuación en Roma en este sentido. Pero si fue así, el procedimiento no siguió adelante: en octubre de 1610 la Principessa emprendió el viaje de regreso a Gesualdo.
Poco antes de dejar este mundo recibió un durísimo golpe: la muerte de su primogénito y heredero, don Emmanuele.
L. Bianconi añade al “deterioro psicopático del príncipe” durante sus últimos años otra dimensión, la espiritual, manifestada en un exagerado fervor por su tío santo y en su obsesiva petición al cardenal Federico Borromeo (otro familiar que también estuvo al frente del arzobispado de Milán) de que le enviara un retrato y reliquias de aquél. Pero quizá no sea necesario recurrir a trastornos psíquicos para explicar dicha insistencia: enfermo y sintiendo próxima la muerte, podía estar buscando desesperadamente intercesores en el más allá -que, dicho sea de paso, falta le hacían; ¿quién mejor que un familiar querido?- para el amargo e incierto trance del enfrentamiento con el inapelable balance final de su vida.
Por entonces (1611) aparecieron otros dos libros suyos de madrigales (quinto y sexto). No parece, teniendo en cuenta lo que vamos viendo, una casualidad que sean los que presentan mayores peculiaridades y audacias armónicas.
Poco antes de dejar este mundo recibió un durísimo golpe: la muerte de su primogénito y heredero, don Emmanuele. Si la pérdida de su hijo Alfonsino en 1600 le había afectado profundamente, el fallecimiento de don Emmanuele a sus veintitantos años, en quien había delegado ya la dirección de sus estados, aceleró, sin duda, el suyo propio. Sólo quedaba, como última esperanza de continuidad de la familia, el fruto que naciera de su nuera viuda, Doña Maria Polisenna de Fustenberg, que estaba embarazada.
Falleció el 8 de septiembre de 1613. Y fue enterrado, siguiendo sus disposiciones testamentarias, en la iglesia del Gesù Nuovo de Nápoles. Ya hemos dicho que en su testamento no olvidó económicamente a don Antonio Gesualdo, su hijo natural. Pero aunque, según costumbre, dispuso numerosísimos sufragios por su alma y las de sus familiares y antepasados, no dedicó ni el más mínimo recuerdo -ni una triste misa- a su primera esposa.
Doña Leonora continuó residiendo algún tiempo en el Sur, cuidando del cumplimiento de las disposiciones testamentarias del príncipe, lo que le trajo no pocos enfrentamientos con Doña Polisenna, que, habiendo dado a luz una hija, vio esfumarse sus esperanzas de intervenir en el gobierno de los estados señoriales (don Carlo había sido muy preciso al respecto). Luego volvió a Módena con sus familiares, retirándose en sus últimos años a un convento. Murió en 1637.
El destino final del Principado de Venosa, absorbido por otro título, y el personal de doña Polisenna -amante del príncipe de Caserta, su tío político, y madre de sus hijos ilegítimos- fue lamentado por los historiadores contemporáneos: “así quiso Dios destruir, escribe uno de ellos, el patrimonio y honor de una casa principesca que descendía de los antiguos reyes normandos”. ¿Sería el castigo por los muchos y graves pecados de su -hoy- más conocido titular?
Con el tiempo se añadieron, al menos, otras dos leyendas sin fundamento alguno que mancharon aún más la memoria del Príncipe de Venosa: que la noche del 16 al 17 de octubre de 1590 había matado también a su hijo Emmanuele, por creerlo adulterino y no legítimo; y que su muerte fue consecuencia de prácticas sadomasoquistas.
El hijo, ya lo hemos visto, murió en realidad en 1613, muy poco antes que su padre. De lo otro no hay ninguna prueba. Ni siquiera el más mínimo indicio documental. Tampoco puede sostenerse documentalmente que, abrumado por los sufrimientos físicos y psíquicos, se dejara morir, negándose a ingerir alimentos, otra de las afirmaciones que suele hacerse al respecto.
Werner Herzog dirigió en 1995 una película de 60 minutos, Death
for Five Voices, sobre Gesualdo. En su web oficial se presenta
de esta manera: The eccentric and tragic life and death of Carlo
Gesualdo, the Prince of Darkness, who as a visionary in the 16th
century composed the music of the 20th. Dejando al margen sus
valores estrictamente cinematográficos, su contenido fue duramente
criticado por los musicólogos expertos en la figura de Gesualdo:
recordaron que antes de dirigir el film, el director debería haber
leído alguna biografía seria del príncipe, como la de Glenn Watkins
(principal base, por otra parte, de estas notas biográficas).

