Reseña de libros
El sentido de la música
(Por Hertha Gallego de Torres)
La música y lo inefable, Vladimir Jankélévitch, Alpha Decay, 2005, ISBN 84 – 93 3332- 9- 8 , 237 págs, trad, de Ramón Andrés y Rosa Rius Gatell, La musique et l´ineffable.
¿Qué es la música? se pregunta Gabriel Fauré. Son los días en que está esbozando el segundo movimiento de su primer Quinteto y aún no sabe qué es la música ¡ni siquiera si es algo! ¿Se trata de un divertimento fútil? ¿O de un lenguaje cifrado, como el jeroglífico de un misterio? ¿Tiene sentido o carece de él? Para responder estas preguntas que entran de lleno en la filosofía, se ha escrito este libro, que participa a partes iguales de un impulso metafísico y de otro igualmente poético. No en vano sus estupendos traductores son un poeta y ensayista, y una filósofa, Ramón Andrés y Rosa Rius Gatell, que han realizado una versión modélica del texto, logrando que se lea con una fluidez y una claridad inusitadas, a pesar de la complejidad de algunas de las ideas expuestas.
Vladimir Jankélévitch es autor de una extensa obra filosófica, además de un importante corpus musicológico, donde dedica especial atención a los músicos españoles, sobre todo a Federico Mompou. Recientemente, esta parte menos conocida de su producción -en particular el libro que comentamos La música y lo inefable- está siendo reivindicada por los teóricos y críticos de la nueva música electrónica. ¿La razón? Sus arriesgadas propuestas, originalísimas, con el propósito de resolver uno de los grandes problemas de la filosofía contemporánea, legado del último Bergson y del pragmatismo de los Dewey, Peirce, etc...
Personalmente creemos que cualquiera que reflexione sobre la filosofía de la música es deudor de Schopenhauer. Aquí y allá sus intuiciones salpican este libro (debió escribirse antes de que Jankélévitch tomase la decisión radical de eliminar de su obra cualquier referencia al alemán, tras el holocausto). Por otra parte, para un lector "normal" que no haya cursado la carrera de filosofía, la obra tiene muchos alicientes: Jankélévitch, como le pasaba al filósofo alemán, escribe muy bien, y posee un chispazo poético considerable. Además, es un experto conocedor de músicas y autores, y no de los más trillados. ¿Cómo no disfrutar con párrafos como el que dedica al humor en Prokófiev, comparándolo con Picasso?
"La Burla sarcástica, en Prokófiev y Alexandre Tansman, atraviesa con sus pizzicatos agudos la bruma suavemente difuminada del impresionismo, del mismo modo que las líneas angulosas y los momentos mordaces en Picasso traspasan la atmósfera vaporosa, los suaves matices y la niebla algodonosa que inundan los paisajes de Monet o los retratos de Carrière".
Otras páginas muy bellas del libro son las dedicadas a las representaciones de pájaros en la música, con agudos comentarios, a la violencia -distinguiendo entre la destructiva y la violencia genial ("Los intrépidos blasfemadores del siglo XX han descubierto la fuente de una poesía extraña y de un placer musical más refinado"), o a la indiferencia ("La voluntad de no expresar nada es la gran coquetería del siglo XX"). Todo al servicio de una tesis: La radical transformación de la experiencia estética que supone la música, la creación de nuevas condiciones de posibilidad. A cada paso, la música cumple lo imposible.
La lucidez de muchas de sus observaciones nos llevan a mirar fenómenos bien conocidos con ojos nuevos. Por ejemplo, la "alocución", al ser comunicación de sentido y transmisión de intenciones, aparece en la música sin función. Quien habla solo es un loco, nos dice Jankélévitch, mientras que quien canta solo, como el pájaro, sin dirigirse a nadie, está sencillamente alegre. Quien no "dice" nada, no puede repetir. Por esta razón las repeticiones en el arte musical no son chocantes a priori. Por un lado, la música es totalmente lúdica, queda al margen de la existencia utilitaria y prosaica. Por otro, si se la considera en su sentido inmanente, es completamente seria, y "tan alejada de la fragmentación cómica como del compromiso trágico". Y así podríamos seguir y seguir...
De la traducción, ya hemos dicho al principio que es absolutamente recomendable. Hay un momento en el texto, en que Jankélévitch escribe sobre la música lúdica y sostiene que cuando es en sí misma y por entero una fiesta, innumerables composiciones atestiguan con su título este carácter festivo: Habla de Fêtes, Pour une fête de printemps, y Fête-Dieu à Séville, entre otras obras. Respecto a este último título, los autores de la versión han optado, con muy buen criterio, por no traducirlo, aunque sea el famoso Corpus Christi en Sevilla de Albéniz, ya que se perdería el sentido de la frase y, además, en la edición original de Iberia está en francés. Sin embargo, yo he echado de menos una pequeña nota a pie de página.
Confesamos que nos ha dejado más poso el espíritu poético y aforístico de la obra, ciertas descripciones -hermosísimas- de piezas de Debussy, Falla, Mompou o Prokófiev, entre otros compositores, que el impresionante despliegue filosófico-intelectual. Hemos releído unos versos de uno de los dos premios Hiperión de este año, el jovencísimo y desesperanzado David Leo García, que resumen lo que sentíamos:
"Pero escucho en la niebla alguna música
que cabalga despacio. Y considero
que el cielo solamente es tapadera
de esta caja de música, y nosotros
no somos sino meras figuritas
que danzan al abrir su mecanismo.
Vuelvo a mi casa y pienso en esa música
que partirá del cielo, en esa música,
en esa espesa y enclaustrada música
que romperá a sonar cuando él se abra".
Tal vez lo inefable de la música sólo se pueda captar con la poesía. ¿No fueron en el albor de los tiempos dos artes que caminaron unidas?

