Reseña de libros

Sobre el Padre Soler

(Por Joaquim Zueras Navarro)

"Vida y Crisis del Padre Antonio Soler"
Título: Vida y Crisis del Padre Antonio Soler (1729-1783)
Autores: José Sierra Pérez, Francisco Javier Campos, Santiago Kastner, Samuel Rubio, Juan Ruiz Jiménez, George Truett Hollis.
Editorial: Alpuerto, S. A.
Fecha de publicación: 2004
Número de páginas: 201
ISBN: 84-381-0405-3

No sería exacto decir que nos encontramos frente a un libro entretenido. En realidad son una serie de documentos agrupados por José Sierra Pérez en torno a quien es considerado por muchos el compositor español más importante del siglo XVIII. Si sus aproximadamente trescientas obras vocales permanecen casi en el olvido, en lo referente a su vida y personalidad poco sabemos. Así, a través de estos interesantes escritos el lector puede hacerse una idea al respecto, cuyos acontecimientos a veces sorprenden y otras suscitan nuevos interrogantes.

Tras una introducción de José Sierra de todos los temas que se tratan en el libro, sigue “Informaciones de la genealogía y limpieza de sangre de fr. Antonio Soler”. Nacido en Olot (Gerona), ingresó a los seis años en el monasterio de Montserrat, en donde aprendió música, órgano y composición. Soler, al revés que Narcís Casanoves, no permaneció después en el convento benedictino –posiblemente tuviera miras más amplias- sino que se presentó a dos oposiciones para maestro de capilla, ganando la de la catedral de Lérida. El obispo, que había sido Prior del monasterio de San Lorenzo, preguntó a Soler si sabía de algún chico organista que pudiera tener vocación para profesar como religioso en El Escorial, a lo que respondió que allí estaba él. A todos los pretendientes a entrar en la orden de San Jerónimo se les sometía a “la prueba de sangre”, quedando descartados los descendientes de judíos, de moriscos, de aquellos que habían tenido problemas con la inquisición, los que tenían padres con oficios “baxos” como juglares, verdugos, pregoneros, zapateros, carniceros, herreros... Junto al resultado de tales investigaciones se exigía que el novicio supiera gramática, canto llano, buena vista, estatura perfecta y sin defecto físico alguno. José Sierra aporta los resultados de estas averiguaciones junto con el árbol genealógico del Padre Soler, que ingresó en septiembre de 1752.

A continuación descubrimos al padre Soler como biógrafo, en concreto de fr. Pedro Serra. Las Memorias sepulcrales contienen la vida de los monjes escurialenses desde 1564 a 1837. Su carácter es moralizante, pero dejan entrever la mentalidad y las costumbres cotidianas en cada época. El relato que hace el padre Soler sobre fray Pedro Serra es extenso, dando detalles y observaciones de interés sobre la música en El Escorial durante el siglo XVIII.

El capítulo cuarto reúne las cartas del P. Soler al músico y pedagogo P. Martini. Entre otros asuntos musicales, anuncia que está escribiendo una Historia de la Música en varios volúmenes, que se ha perdido.

En 1763 se celebró el segundo centenario del establecimiento de los jerónimos en el monasterio. Soler, como haría más tarde con motivo del recibimimiento de Nuestra Señora de los Hermitaños en la Basílica del Escorial, describe la ceremonia con todo tipo de detalles, una minuciosidad digna de un maestro de ceremonias por su relato pormenorizado, en el que abundan las reseñas musicales. No fue del agrado de algunos monjes que se interpretara una sonata para violón, realejo, violines, oboes y trompas; en este aspecto hay que recordar que en El Escorial, hasta finales del siglo XVII sólo se utilizaba el órgano sujeto a un uso reglamentado e incluso restringido.

Pero la parte más sorprendente del libro es la que recoge la correspondencia entre el Padre Soler y el Duque de Medina Sidonia, melómano y discreto intérprete de clavicordio. Las cartas nos muestran a un Soler algo infantil, caprichoso y algunas veces exigente. Quizás viera en el duque la posibilidad de obtener algún cargo palaciego, pero el duque se limitó a encomendarle la enseñanza de un joven protegido, que viviría en casa del sacerdote de San Lorenzo y recibiría clases en el monasterio. Lo cierto es que Soler alargó lo que pudo la enseñanza del chico, viendo en ello un motivo para reafirmar su relación con el duque, del que no pocos obsequios recibía. Llama la atención el asunto del reloj: Soler se lamentaba que no oía con claridad las campanadas de la torre, pasando la noche en vela por no faltar al rezo de las horas canónicas. El duque le envió uno de oro, pero Soler se lamentó de que tanto lujo era impropio de un jerónimo, insinuando que uno de plata u otro metal se avendría mejor con su estado monástico. El duque, con los años y poca salud, fue espaciando y finalmente no respondía al religioso. En lugar de conformarse, Soler escribió a la duquesa, de la que tampoco obtuvo respuesta.

La corte, con un séquito de cientos de servidores y cortesanos, residía en El Escorial durante más de dos meses cada año, lo cual alteraba notablemente la vida monástica cotidiana. En la celda de Soler se daban cita los músicos que acompañaban a los reyes. Soler, que en Europa ya era conocido por su habilidad musical, mostraba sus novedades y de ese modo su música se expandía más allá de los muros del monasterio, mientras que a su vez conocía lo que componían otros. Además, durante esas estancias se encargaba de la enseñanza musical del infante don Gabriel, para quien compuso sonatas, quintetos y sus famosos seis conciertos para dos órganos, todo en un estilo galante y festivo, con claras influencias de Scarlatti. Pero otros jerónimos, al relacionarse con aquellas personas, fueron disipándose en la observancia de sus reglas. Así opina Fr. Juan Núñez: “Una de las malas semillas que pudieran aumentar esas espinas y cambroneras en los hijos de San Lorenzo es la familiaridad y trato de la Corte, que con sus acostumbradas jornadas frecuenta anualmente aquel Real Sitio y Monasterio. Como en las Cortes brilla y luce lo que en el mundo, estando éste con sus pompas, fastos y diversiones a la vista de los que por su profesión renunciaron a vanidades y embelesos, se hace precisa una advertida perpetua vigilancia para que tales objetos y sujetos no expongan al monje a que, puesta su mano en el arado, vuelva atrás sus ojos a ver y codiciar lo que abandonó”. El Prior, un hombre estricto “poco dado al trato y conversación con seglares, de donde viene a los Religiosos muchos daños, porque ni ellos entienden nuestro lenguaje ni nosotros el suyo, y siendo más fácil la corrupción e inclinación a aprehender lo malo que lo bueno, los seglares con su trato nos hacen seglares y nosotros nada les pegamos, ni inclinamos a lo Religioso” quiso con mano de hierro y poco tacto cortar de cuajo las conductas desordenadas, lo que hizo que la Comunidad se volviera intrigante, controvertida y enfrentada respecto a sus superiores y entre sí. Para colmo, el Prior tenía el Rey, tanto es así que mantenía con el Padre General por los motivos más nimios discursiones respetuosas pero que nunca concluían. En este ambiente ingrato, el Padre Soler determinó pedir su traslado al Monasterio de San Jerónimo de Granada, lo que motivó otra larguísima correspondencia entre el Prior y el General en la que, viendo Soler que su petición no se resolvía, incluso insinuó la posibilidad de secularizarse y finalmente olvidar su solicitud que había generado tan inacabable y cansina correspondencia por parte de sus superiores. Murió en El Escorial con 54 años y hay quien dice que tales largas aceleraron su muerte. Yo más bien pienso que se resignó a seguir como siempre.

El libro recoge la Memoria sepulcral del Padre Soler. Samuel Rubio la califica de raquítica y se pregunta si el Padre Soler no tenía amigos en aquel convento para escribir un texto más elaborado y laudatorio. Yo más bien la veo rutinaria, y si en ella no se menciona la crisis del Padre Soler es por esconder lo que en aquel tiempo fuera tenido como tentaciones no rechazadas y falta de perseverancia.

Finalmente, el libro da una lista de los criados que acompañaron a Fernando VI al Escorial en 1754, para que el lector comprenda el trastorno que significaba preparar alojamiento a tanto personal entre 150 frailes. Baste ver el grupo de la Real Ballestería: “El Ballestero principal, El Honorario, 7 Ballesteros, 4 Agregados, Un Ayudante de la Caballeriza, 6 Mozos de Trahilla, 3 Uroneros, El Criador de sabuesos y su Ayuda, El de lebreles, 2 Cajoneros, 2 Carromateros, 2 Mancebos para la Berlina del Ballestero principal, 23 palafreneros y 12 Monteros”; admirable. El libro incluye una nota bibliográfica y varias fotos de documentos.

Y ahora, una pregunta a título personal: ¿No hubiera sido más feliz el Padre Soler si hubiera continuado como maestro de capilla en Lérida y, dada su devoción, ordenándose sacerdote y quién sabe si obteniendo otros cargos musicales y difundiendo sus obras con mayor libertad, en lugar de ingresar en los Jerónimos, tal vez deslumbrado por tener conocimiento de aquellas visitas reales, pero con unos monjes de difícil convivencia, que han tenido por costumbre no franquear los muros del monasterio?

Escribir a Joaquim Zueras Navarro