Reseña de libros

El arte de escuchar la música

(Por Joaquim Zueras Navarro)

El arte de escuchar la música
Título: El arte de escuchar la música
Autor: Claudio Casini
Editorial: Paidós Ibérica
Fecha de publicación: 1/4/2006
Número de páginas: 216
ISBN: 84-493-1881-5

Nos encontramos frente a un libro redactado por quien fuera profesor de Historia de la Música en la segunda Universidad de Roma y por tanto, además de ser una interesante guía de audición para convertirse en un oyente perspicaz, explica todo aquello que resulta indispensable saber sobre lenguajes, composiciones e intérpretes, formas musicales y estilos. Es pues muy útil para quienes ejercen la enseñanza y para quienes quieran adentrarse en el amplio y complejo mundo de la Música, enriquecido con sabrosas anécdotas, prescindiendo de excesivas y farragosas explicaciones. Preside el libro la siguiente declaración: “Amar la música significa sobre todo estar convencido de que se forma parte de un mundo maravilloso y mágico en que la tradición convive con las innovaciones, en una infinita variedad de alternativas y de tendencias por explorar con nuestros propios oídos y nuestro propio cerebro”.

El libro se inicia con la reflexión ¿Con qué se escucha la música?, que trata sobre la cualidad del oído frente a la misma, desde la “sordera musical” (cuentan que Victor Manuel III era incapaz de reconocer la Marcha real, por lo que necesitaba quien le avisara para ponerse firme) al llamado “oído absoluto” como capacidad de reconocer la altura y el timbre del sonido con exactitud. La actitud de concentración en la audición, la riqueza de las diferentes interpretaciones de una misma obra y la valoración comparativa entre CD, DVD y Sala de conciertos.

A continuación aborda el tema de La interpretación en la música, el estilo del intérprete como inseparable fusión de la técnica y la expresión, los errores técnicos habituales, la fidelidad a la composición a través de sus inflexiones y matices, las diferentes escuelas europeas y su ocaso por el concepto “aldea global”, el canto como la dicción y expresión nítida de una hermosa voz (opina que Callas no la tenía, pero sí una gran expresividad dramática), el director de orquesta como concertador y su impronta en la orquesta (orquestas que a vecen entran en tensión con el estilo de un compositor determinado, como por ejemplo ciertas orquestas alemanas ejecutando a Vivaldi de un modo excesivamente recio), perspicaces comentarios sobre Karajan, Berstein, Toscanini, etc, la cuestión del historicismo y el papel del cronista musical o crítico, en que, por encima de una reseña justa o errada, debe prevalecer la calidad del artículo.

En el tercer capítulo el autor se pregunta: ¿Qué expresa la música? y, después de dividirla en arquitectural (p. ej. la de Haydn) e imaginativa (p. ej. la de Debussy), sostiene que en cualquier caso la capacidad mnemónica del oyente es la verdadera guía frente a un arte móvil y efímero. Un recorrido sobre las técnicas, épocas y estilos musicales concluye con un canto admirativo a la música de Mozart “que a primera vista parece fácil y accesible pero, conforme se la escucha y se la conoce, cada vez se vuelve más laberíntica, alusiva, ambivalente y, en algunos casos, francamente enigmática”.

Y ¿Para qué sirve la música? Bajo esta desconcertante pregunta, Claudio Casini subraya la percepción y el uso de la misma en diferentes ámbitos geográficos de la cultura europea: En Francia más como ornamento que como elemento de la vida intelectual, en cambio, en Europa Central ha sido percibida como la expresión de lo absuluto e inalcanzable, en Italia como evasión más que como arte, en los Países anglosajones como una forma de consumo, de lenguaje accesible dirigida a un público muy amplio, y en Rusia como un conjunto de formas y estilos europeos importados, con una adecuada dosis de rusificación y una tendencia inmovilista basada en el culto decimonónico por el arte en general.

Siguen unos consejos irónicos, muy en la línea de aquellos otros que diera Benedetto Marcello en su libro El teatro a la moda: Pequeño manual de urbanidad musical, como “El oyente de pura cepa procura que le sobrevenga la tos en los crescendo y en los fortissimo; a los demás, les sorprenderá en los pianissimo”.

Música descriptiva es una disección de evocaciones al servicio de la imagen: La onomatopeya (desde los antiguos clavecinistas franceses hasta Wagner), la música ideológica (haciendo hincapié en los ideales filosóficos de Beethoven), evocaciones literarias (Sueño de una nochede verano, de Mendelssohn), correspondencias y transgresiones (el timbre orquestal en la Sinfonía Fantástica, de Berlioz), el poema sinfónico (Liszt, Smetana, R. Strauss), el realismo (los Cuadros de una exposición, de Músorgski), el impresionismo (Debussy) y un último apartado, casi poético, sobre distintos modos de imaginar el mar en la música.

Palabras y música nos sumerge en la música y la poesía (madrigal, lied, mélodie), el recitativo y el drama wagneriano, el teatro musical y la dramaturgia (oratorios, pasiones y misas).

Unos pocos rudimentos sobre teoría musical nunca están de más, sobre todo cuando el lenguaje es claro e inteligible. Los elementos de la música constituye una amena incursión al respecto: La idea musical, la tonalidad, armonía y disonancia, el modo, la dodecafonía, los instrumentos y la orquesta. Con el mismo afán de ilustrar sin aburrir, en Formas de la música se exponen algunas nociones sobre la sonata, la fuga, las variaciones, etc.

Los dos últimos capítulos, una Guía de audición muy bien comentada y la Discografía recomendada, sirven para poner en práctica lo aprendido.

Hay en el libro curiosas opiniones sobre Estética musical con la que el lector podrá estar o no de acuerdo, pero que no dejan indiferente. Termino con una anécdota: Poco antes de adquirir el libro, había vuelto a escuchar la Misa de la Coronación de Mozart, del sello Deutsche Grammophon, dirigida por Herbert von Karajan el 29 de junio de 1985, festividad de San Pedro y San Pablo, grabada en la basílica de San Pedro del Vaticano durante la Celebración Eucarística y que yo había seguido por TV. Por tanto, en aquella misa no sólo se oyó la música de Mozart, sino también el Evangelio en recto tono, alguna antífona gregoriana y la estrofa O Roma felix, con música alla Palestrina, compuesta por Domenico Bartolucci. Siempre me he preguntado, desde un punto de vista artístico, por la validez de aquel acontecimiento. Ahora he podido leer en el primer capítulo del libro: “Se produjo un contraste muy extraño: Las austeras polifonías de la Sixtina al estilo cinquecentesco y la declamación gregoriana del Evangelio resonaron con la debida solemnidad bajo las bóvedas de la basílica vaticana. La misa de Mozart asemejaba una gentil y piadosa señora, excesivamente frívola ante la augusta presencia del Papa, de los cardenales... ¿Qué había pasado? La misa mozartiana, pensada para las iglesias barrocas de Salzburgo y de Viena, no se adaptaba al gran entorno de San Pedro, donde, en cambio, las armonías de la Sixtina y la entonación gregoriana, en virtud de su majestuosa simplicidad, habían logrado expandirse sugestivamente por los grandes espacios arquitectónicos”.

Escribir a Joaquim Zueras Navarro