Historia
¿Quién mató a Jean-Marie Leclair?(1ª parte)
(Por Manuel M. Martín Galán)
El 23 de octubre de 1764, antes de amanecer, el jardinero Louis Bourgeois iba a una taberna cercana a su casa a echar el primer lingotazo del día. Al pasar ante la casa de Jean-Marie Leclair vio la puerta del jardín abierta. Le extrañó. Jacques Paysant, jardinero del compositor, llegaba en ese momento -se encontraban todas las mañanas ante los vasos de aguardiente- y se lo dijo. Apuraron el licor y se separaron. Al cabo de un ratillo Paysant, muy excitado, volvió sobre sus pasos y buscó a Bourgeois para contarle que en el suelo del jardín había visto el sombrero y la peluca de Leclair, que se temía algo raro y no quería entrar sólo en la casa. Llamaron a otros vecinos (nada: casi una docena) y con las llaves que tenía la mujer que le hacía los recados al músico (la puerta interior de la casa estaba cerrada) entraron, encontrando el cuerpo sin vida del anciano en el vestíbulo. Paysant dijo a la concurrencia que, sin duda, había muerto como consecuencia de un cólico. Últimamente le habían dado algunos.
El jardinero en persona fue a avisar a la mujer del compositor. Ésta envió a su ahijada, que llegó con un abogado y un inspector de policía. Poco después apareció el pintor Louis Quenet, yerno del músico. Quedaron consternados. Jean-Marie Leclair no había muerto de un cólico: había sido asesinado (curioso: parece que los vecinos no se habían fijado en el charco de sangre que había bajo el cadáver).
La noticia corrió pronto por París, provocando estupor. Leclair era un músico bastante conocido. Mal año para la música: sólo un mes antes había muerto Rameau. Inmediatamente empezaron los chismes y las conjeturas. El hecho de que no viviera con su mujer provocó casi tantos comentarios como el propio asesinato. Siempre había sido un cascarrabias insoportable, dijeron unos. Otros, en cambio, aseguraban que la insoportable era la mujer. Terciaron los que jugaban a la ecuanimidad, diciendo que los dos tenían muchos aqueles y que las desavenencias venían de lejos. Que además, el músico no parecía haber mostrado nunca gran apego a la familia, que se iba cuando le venía en gana y estaba años enteros por ahí tocando el violín, lo único que de verdad le interesaba en esta vida. Pero todos estaban de acuerdo en que podía haber elegido como lugar de residencia un barrio de mejor reputación: lo raro, viviendo donde vivía, era que no le hubiera pasado algo antes. Y en el motivo del asesinato: el robo, seguro.
También se repasó su vida. Los más viejos todavía recordaban su triunfal aparición en París, más de treinta años atrás. Entonces se dijo que era lionés, donde había nacido en 1697. Que había sido su padre, trabajador del arte de la seda y músico en sus ratos libres, quien le había inculcado, a él y a sus muchos hermanos, junto con su oficio, la pasión por la música (uno de ellos llevaba su mismo nombre y era también violinista, Jean-Marie Leclair Le Cadet). Que había empezado como bailarín en la ópera de Lyon...
Se casó muy pronto (1716) con una viuda joven, bailarina (por cierto, en el contrato matrimonial el novio figuraba como encajero) y fue luego a Turín (1722) a bailar y montar coreografías. También se dijo que entre Lyon y Turín había bailado en Rouen, donde le acompañó al violín Louis Dupré, pero “quedaron recíprocamente muy poco satisfechos (...) y ambos resolvieron cambiar de sitio. Dupré dejó la orquesta para llevar al teatro esa nobleza elegante, esa precisión, esas gracias que no se han vuelto a ver más que en Vestris, su discípulo. Leclair, por su parte, dejó el teatro por la orquesta y abrió pronto a la armonía una nueva carrera” (de un obituario contemporáneo). Ni la estancia en Rouen ni la anécdota son avaladas por otros documentos (de hecho, continuó bailando durante algún tiempo), aunque sí es probable que en Turín empezara a recibir clases de violín de Giovanni Battista Somis.
En 1723 realizó una visita a París, donde publicó su primer libro de sonatas, dedicado a un alto oficial de la Hacienda Real en Languedoc, su protector. Pero aunque este libro de sonatas fue bien recibido, volvió pronto a Turín. Le habían contratado de nuevo como maestro de baile (se sabe, al menos, de dos coreografías suyas para óperas turinesas en 1727). Pero esta vez, Somis le hizo olvidar definitivamente la danza. Y cuando en 1728 llegó por segunda y definitiva vez a París, ya sólo tocaba -¡y de qué forma!- el violín. Su éxito fue tal, que apareció doce veces en el Concert Spirituel. Pronto viajó a Londres, donde el avispado impresor J. Walsh publicó uno de sus primeros libros de sonatas, y a Kassel (Prusia), donde intervino en un concierto con P.A. Locatelli. Fue entonces cuando J.W. Lustig dijo que Leclair había tocado “como un ángel” y Locatelli, “como un diablo”, enfrentando la libertad rítmica y limpieza de sonido del francés a la aspereza de sonido y las acrobacias vistuosísticas del italiano.
No sólo triunfó como intérprete. Leclair fue muy apreciado como
profesor (hoy se le considera el gran fundador de la escuela francesa
de violín) y dio a la imprenta nuevas obras, todas con un refrescante
aire transalpino en sus notas. “Fue el primero que sin imitar
a nadie creó algo nuevo y bello que puede reclamar como suyo”,
escribió un contemporáneo. Y otro: “Es el primer buen sinfonista
que hemos tenido y el primero cuyas obras hayan sido estimadas
en Italia”. La impresora de sus Opus II y III fue Louise-Catherine
Roussel (había heredado la imprenta de su padre). Leclair era
ya viudo y sin hijos (se ignora, no obstante, la fecha exacta
del fallecimiento de su esposa). Pronto la relación laboral se
amplió a ámbitos más personales. Se casaron en 1730. El contrato
matrimonial refleja las buenas relaciones sociales del novio.
Y la sólida posición económica de la novia, que era quien aportaba
los dineros a la sociedad conyugal. El músico, desde este punto
de vista, apenas llevaba consigo más que la opción de futuro representada
por su violín y su talento como compositor. Tuvieron una sola
hija, Louise, que, andando el tiempo, se casó con el pintor y
académico arriba citado y ejerció también el oficio de la madre
(en el París diciochesco, por cierto, no escaseaban las mujeres
impresoras).
En 1734 entró junto con J.P. Guignon en la música del rey. Pero aunque compartía pupitre con los mejores instrumentistas de Francia y -honor infrecuente- pudo interpretar uno de sus conciertos ante la corte, no duró mucho allí. Abandonó en 1737. Se dice que la causa fue la rivalidad con su colega Jean Pierre Guignon. Mantenían ambos, el parecer, una agria disputa por actuar como primer violín, llegando finalmente a un acuerdo: lo harían por meses. Guigon, muy cortés, dejó a Leclair abrir el turno. Cuando acabó el primer mes, éste no soportó la idea de ser segundón e hizo mutis por el foro. Pero, de ser cierta, la anécdota no aclara qué ocurrió antes, durante los dos años en que estuvieron juntos. Además, la desaparición de Leclair del Concert Spirituel, donde hasta entonces había intervenido habitualmente, prácticamente simultánea a la salida de la música del rey, y su casi inmediata marcha de París hacen pensar en que aquella espantada formaba parte de todo un plan de huida motivado, quizás, por razones más personales -¿esas desavenencias conyugales?-. Estuvo fuera seis o siete años...
Fue primero a Holanda. Se da por supuesto que se encontró allí con Locatelli, al que admiraba como violinista, al menos, desde el concierto de Kassel. Pero documentalmente sólo se sabe que estuvo al servicio de la princesa Anne de Orange (la discípula preferida de Haendel en Londres cuando era jovencita), siendo condecorado por ella, y que firmó un sustancioso contrato por cinco años con el financiero François du Liz (un banquero judío que en 1729-1731 protagonizó en París un escándalo monumental por sus amoríos con la cantante de ópera Mlle. Pélissier, del que nos ocuparemos aquí mismo en otro momento) que no pudo terminar de cumplir por la quiebra del patrón (1742).
Volvió a París en 1743, pero por poco tiempo. El necesario para hacer las maletas de nuevo y marchar a Chambéry, llamado por el infante español don Felipe de Borbón, duque de Parma, aquel príncipe cuya melomanía le llevaba a levantarse a las más intempestivas horas de la noche para tocar el violoncelo y el pardessus de viola. En 1744-45 estaba de nuevo en París, recibiendo una pensión de una poderosa familia. Ya no se movió de allí, salvo algún fugaz viaje a Lyon.
Leclair fue muy apreciado como profesor (hoy se le considera el gran fundador de la escuela francesa de violín)
Dio entonces un giro a su carrera. Probó suerte con la ópera, estrenando Scylla et Glaucus (1746). No fue un fracaso, no, pero tampoco un éxito arrollador... No volvió a tratar el género. Entró al servicio de uno de los personajes más alegremente vividores, derrochadores y escandalosos de la época (y miren que la Francia de la época fue pródiga en especímenes de ese tipo): el duque de Gramont, que había sido alumno suyo en la niñez. Dirigió su orquesta y compuso para su teatro privado de Puteaux (a las afueras de París) un puñado de obritas teatrales (todas han desaparecido, por cierto).
Y nada más se sabe de su vida, salvo su apoyo a los franceses en la Querelle des bouffons, hasta que en 1758 se separó, sin formalismos jurídicos, de su mujer. Ella alquiló un apartamento amplio que amuebló más que confortablemente. Él compró por poco dinero una casita en un barrio de mala nota, que llenó con unos pocos muebles tirando a modestos. Se dice que sus próximos (sus pocos amigos más que sus familiares) estaban intranquilos y que el duque de Gramont le había convencido ya para abandonar el barrio e instalarse en su residencia. Demasiado tarde, sin duda.
Tras el hallazgo del cadáver, las formalidades e investigaciones no se demoraron. El cirujano que examinó el cuerpo comprobó que éste, que estaba vestido y tumbado boca arriba, presentaba tres heridas producidas “por un objeto largo y punzante”; una de ellas, en la tetilla izquierda y muy profunda, era mortal de necesidad. Notó que, además, tenía algunas magulladuras y erosiones en otras partes del cuerpo que sugerían resistencia por parte del anciano y forcejeo con su asesino.
En sus bolsillos no había nada raro: una tabaquera casi vacía, unas fundas de gafas, un par de pañuelos... Sólo un envoltorio con un poco de comida se salía de lo corriente, aunque tampoco fuera nada extraordinario. Llamó la atención que no tuviera reloj. También se fijaron desde el principio en algunos objetos que rodeaban el cuerpo, dando la impresión de una puesta en escena consciente: un sombrero que no era del difunto, una partitura enrollada (por cierto, con sólo tres notas escritas), de las que utilizaban los directores de orquesta a modo de batuta, un cuchillo de caza sin resto alguno de sangre (la funda la llevaba Leclair abrochada a la cintura) y un librito de anécdotas graciosas.
Pero apenas se concedió importancia a la cuestión de la posible puesta en escena. Y tampoco al libro y al canutillo de los pentagramas: podían haberse caído de sus bolsillos en el forcejeo. El sombrero, sin embargo, podía pertenecer al asesino. Y el cuchillo... ¿temía algo Leclair al llevarlo consigo? ¿Lo desenfundó para defenderse?
Había llovido mucho la noche anterior, por lo que fue difícil encontrar huellas en el jardín. Aunque sí encontraron un manojo de llaves que no eran de la casa y otro cuchillo, también sin restos de sangre (¿los eliminó la lluvia?).
Hablando de llaves. Las de la casa parece que habían desaparecido. No estaban puestas en la puerta (que se encontró cerrada), no las tenía Leclair encima y no se encontraron por la casa. Y cuando quisieron entrar los vecinos a cotillear, tuvieron que pedírselas a la asistenta. Además, se supo que Leclair había perdido (o le habían robado) otro juego de llaves unos días antes, pero tampoco esto llevó a conclusión alguna.
Un investigador actual habría dicho que la turbamulta curiosa de la mañana tenía que haber destruido huellas, dejando falsas pistas, pero los de entonces no parecieron caer en ello. En el examen de la casa se comprobó que, aunque la puerta principal estaba cerrada, varias puertas interiores y ventanas estaban abiertas. Los muebles, ya se ha dicho, eran modestitos. No había ninguna joya ni objetos de plata, aunque sí unos “globos terrestre y celeste montados sobre un pie de madera ennegrecida”. Su guardarropa, sin embargo, estaba bien repleto y con abundantes prendas elegantes y de calidad (de terciopelo, pequín, tejido de oro y plata, satén, un par de vestidos con botonadura de oro y una nutrida camisería). También vieron una biblioteca con más de doscientos cincuenta volúmenes (muchísimo más de lo habitual en un compositor de entonces: Leclair era un hombre muy leído). Instrumentos musicales, sólo dos violines y una espineta. También había un paquete “de letras de ópera” y música variada impresa. Y repartidas por varios cajones de muebles había diversas cantidades de dinero que hicieron descartar el robo como móvil del crimen.
El intento de reconstrucción de los movimientos de Leclair durante
el día anterior no arrojó mucha luz.
Sólo se supo que a la caída de la tarde, como solía hacer de vez
en cuando, había estado en un salón de billar jugando unas partidas.
Conocía al dueño y le invitó a cenar en un mesón próximo. Éste
declinó la invitación (tenía todavía clientela que atender) y
vio cómo se alejaba tras consultar el reloj y decir que se le
hacía tarde. No cenó, sin embargo, en el mesón, del que era cliente
más o menos habitual, pero sí entró en un par de tiendas que encontró
abiertas, comprando en una un poco de comida (la encontrada en
su bolsillo; esto llevó a fijar el momento de la muerte en la
noche anterior al hallazgo del cuerpo: no llegó a cenar) y en
la otra, mecha para el farolillo con que se iluminaba al andar
de noche. Nada raro. Pero nadie aportó ningún dato sobre lo que
hizo Leclair durante el resto del día. Ni en los días anteriores.
Las declaraciones de la mayoría de los vecinos y allegados tampoco fueron muy explícitas. No se habían notado movimientos extraños ni oído ruidos o gritos procedentes de la casa de Leclair o sus alrededores. Un centinela le vio, como otras noches, pasar por delante de su garita. Lo anormal vino después: un carro cargado de cacharros de cerámica que andaba sin conductor. Pero luego apareció éste y aclaró el misterio: había entrado a repostar a una taberna y los caballos echaron a andar a su aire. También vio a dos soldados, a los que el centinela no quitó ojo, por si robaban en el carro; pero no le hicieron ni caso. Uno de ellos entró en la calle de Leclair para volver corriendo al rato. No se llegó a saber qué hizo: no fue localizado.
Lo más interesante lo dijo una mujer que venía de visitar a una amiga: vio a un hombre alto y vestido de oscuro, sin peluca y con el pelo sin empolvar (no llevaba sombrero, pues), pegarse a la pared del jardín de Leclair, como queriendo esconderse o pasar desapercibido (y como suele ocurrir, fue esto lo que hizo que se fijaran en él). La mujer, que pese a su buena vista, no llegó a distinguir los rasgos de la cara, se asustó y salió corriendo.
Siguieron interrogando a todos los conocidos y familiares del músico. Husmearon hasta en la residencia arzobispal, fuera de París, para comprobar la coartada de un sobrino del músico. Se pidió incluso la colaboración del duque de Gramont, al que el jardinero Paysant dijo haber visto en la casa. El duque envió una carta, plagadita, por cierto, de faltas de ortografía -pero ¿qué necesidad tendría un duque vividor de conocer la ortografía?-, contradiciendo cortés, pero enérgicamente, la declaración del jardinero y acusándole sin contemplaciones.

