Centenario de Tapia Colman 1906-2006

Recuerdo mexicano

(Por Hertha Gallego de Torres)

Conocí a Simón Tapia Colman cuando él estaba al final de su vida, y yo al comienzo de la propia e inclemente juventud. Vino a España, después de un largo exilio mexicano, con su mujer Esperanza, que traía un porte a lo María Félix –y que, como ella, era de fuerte carácter, exquisitas maneras y, no sé si igual que la actriz, gran corazón. Venían a disfrutar de la recién estrenada democracia y a visitar su Aragón natal (era de un pueblecito llamado Aguarón). En este viaje se hicieron muy amigos de mi familia y nos visitaron muchas veces en Madrid. Siempre nos invitaban a México y a mí me parecía un destino idílico. Tanto, que convencí a mis padres para que me dejaran ir. Así tuve la oportunidad de tratar a un gran patriarca de la música mexicana, excelente compositor al que todavía no se conoce bien en nuestro país, hombre de una gran cultura, sentido del humor y, sobre todo, un superviviente, que había arrostrado toda clase de peligros con gran valentía y arrojo. Todo ello conformaba una personalidad muy atractiva, y yo era confusamente consciente de su importancia, a pesar de la brecha de edad que nos separaba.

En la casa de Esteros a la que fui a parar –inolvidable, con sus recámaras donde a veces se paseaban los fantasmas queridos (había una hija de Simón, Pelancha, que había muerto hacía mucho, pero su espíritu vagaba por la casa como en las mejores novelas de Isabel Allende), toda la familia hacía lo imposible porque yo me sintiera a gusto. Simón había conocido a Esperanza en México, adonde había llegado exiliado como Rodolfo Halffter, Jesús Bal y Gay, Adolfo Salazar, Otto Mayer Serra o tantos otros y se había enamorado rendidamente. De esa unión nacieron muchos hijos. Los de mi edad eran Rodrigo y Rafael. Yo siempre estaba riéndome con ellos. Luego venía Cecilia (¡claro! en un músico …) y una cantante melódica que tenía un éxito enorme en aquella época –año 88- y a la que llamaban Prisma, creo recordar….y cómo no, Miguel Angel Tapìa, director de orquesta, casado en aquel entonces con una mezzosoprano de voz angelical y gran personalidad , Encarnación Vázquez. Y había más, todos encantadores.

¡Cuántas cosas aprendí en México!¡Cuántos amigos dejé! Recuerdo que le hice una “entrevista” a Simón en la que me hablaba de las obras que entonces estaba componiendo. Yo en aquel momento no sabía que él había sido violinista, ni que había estudiado en París con Vincent d´Indy. Un día, paseando con él por Chapultepec, le empezó a saludar gente y no paró en todo el camino. Entonces me enteré de que había sido director (1971-72) y catedrático en el Conservatorio Nacional de Música e investigador musical en el Instituto Nacional de Bellas Artes. También con él y con Esperanza y algunos de los hijos íbamos mucho al Coro de la Comisión Federal de Electricidad que él había fundado y dirigido y que era un nombre que entonces me hacía mucha gracia. La verdad es que no paraba de oir un batiburrillo de músicas. Tan pronto estaba escuchando por la radio a Luis Miguel o a Rocío Dúrcal –cosas que en España jamás se me hubieran ocurrido, pero que allí cobraban sentido- como me iba a un concierto sinfónico dirigido por Enrique Bátiz o saltaba al Trío prehispánico de Simón. La atmósfera propiciaba esa suerte de mezcolanzas.

Años después me emociono cada vez que se programa en nuestro país una obra de Tapia Colman. Puede ser la sonata “El Afilador”, que por momentos nos recuerda al mejor Turina, con su estética de depurado nacionalismo. O la Sonata para violín solo, obra despojada y lírica, intensa en su abstracción. O el Trío que antes cité. O tanta y tanta música de cámara. Pero Simón Tapia Colman también compuso música sinfónica, para coros, zarzuelas, canciones, la ópera Iguazú…..¡Me gustaría tanto, y sería tan de justicia, escucharlas en los atriles de nuestras orquestas!

No le volví a ver más después de mi viaje. Preocupado por la polución del distrito federal, planeó irse a vivir a Irapuato –ya dije que era un superviviente nato- pero lo que nunca previó es que su mujer, mucho más joven que él, moriría antes. Poco después de irme yo, Esperanza, tomando un café, falleció casi en el acto. Simón, que llevaba mucho tiempo luchando valerosamente contra un cáncer, no pudo resistir este último embate de la vida y la siguió al poco tiempo.

Mi recuerdo de México queda indisolublemente ligado a ellos, a su familia y a su música. Ya, en los viajes que haga “alrededor de mi cuarto” rememorando épocas pasadas, estaré en Coyoacán, con Cernuda y con Rodrigo; o iré en el metro de Barranca del Muerto (¡qué nombre!), leyendo “Tobeyo o del amor” mientras fuera me hechizan sus calles y su zócalo. Y siempre, siempre, las miradas socarronas de Simón y las más maternales de Esperanza para la española bulliciosa que ha pisado su casa de Esteros, me acompañarán, cómplices y sonrientes, dejándome dormir confiada.

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