Historia

¿Quién mató a Jean-Marie Leclair?(2ª parte)

(Por Manuel M. Martín Galán)

La investigación se fue ampliando progresivamente. Pero no avanzó mucho en profundidad. En los mentideros parisinos se seguía apuntando al robo como móvil del crimen. Los investigadores, sin embargo, se inclinaban por algo muy distinto: un asunto de celos profesionales o algo relacionado con el entorno familiar del compositor. O ambas cosas juntas.

Jean Marie Leclair

En poco tiempo, las contradicciones y falsedades en las declaraciones de algunos testigos llevaron a que se fueran perfilando algunos sospechosos. Incluso muy sospechosos. Éstos fueron los principales:

1.- JACQUES PAYSANT, EL JARDINERO. Un poco tópico, ¿no? Bueno es que haya un criado, aunque no sea el mayordomo, para cargarle con el muerto. Pero siempre pueden existir rencores y agravios personales entre criado y amo que hacen explotar a espíritus vengativos. Además, en este caso, el jardinero era una auténtica joya: borrachuzo, pendenciero, charlatán, amancebado y antiguo inquilino, por dos veces, del calabozo.

Por si fuera poco, mintió descaradamente en su declaración. Dijo haber llegado el día de autos a casa a las 19,30 h. Pero su amante declaró que lo hizo a las 22,30, poco más de media hora después de que el músico fuera visto por última vez. También le contradijeron los vecinos sobre la hora en que se encontró el cuerpo, que él retrasaba mucho. Dijo que Leclair no tenía reloj (pero se sabía que lo había consultado al salir del billar). Y que tampoco tenía dinero (cuando se halló bastante repartido por la casa).

Los espías que camufló la policía en el entierro no le vieron entre los asistentes, pero sí a su hermano, que estuvo todo el rato pendiente de las conversaciones de los demás. Cuando se daba tierra al cuerpo de Leclair, una mujer de la vecindad dijo en voz alta: “Paysant me ha dicho que le iba a hacer a mi marido lo mismo que a Leclair”.

Hay que hacer constar, sin embargo, que los antecedentes carcelarios no eran especialmente graves ni lo pintaban como asesino: el primero se debió a un problemilla que tuvo siendo soldado; el otro, por un hijo que le hizo a una amante anterior y que no quería reconocer.

Llegó a estar detenido. Pero fue liberado porque en las alturas policiales se consideró que las pruebas no eran concluyentes (se andaban con mucho ojo al respecto, que estaba muy reciente un escándalo de aúpa por un asunto similar).

2.- MADAME LECLAIR. La policía sospechó algo y lo anotó en el expediente, pero, sorprendentemente, apenas fue investigada. Su interrogatorio fue superficialísimo, poco menos que para darle el pésame, peguntarle su filiación y punto. ¿Qué motivos podría tener? El matrimonio siempre es un buen motivo para un asesinato, se afirma entre detectives. En este caso, hay que subrayar unas relaciones a todas luces malas (aunque no se conozca la intensidad de las tormentas ni si iban acompañadas de mucho aparato eléctrico) que culminaron en la separación.

No pareció muy afectada por la muerte de su esposo, no fue al entierro y parece que su única preocupación tras el crimen fue vender cuanto antes los bienes del marido, incluidos los dos violines y la espineta que se hallaron en su casa. Pero unos días antes de su muerte le había pagado religiosamente sus derechos de autor, que le llevó Guillaume Vial, un sobrino del marido, con el que -todo lo contrario que éste- mantenía muy buenas relaciones. Tampoco perdió la ocasión de obtener algún dinerillo más de la inspiración de su difunto marido, publicando dos obras póstumas, un Trio pour Deux Violons et Basse (Opus XIV, 1766) y una Sonate à violon seul et Basse Continue (Opus XV, 1767).

Un detalle más. El arma homicida, fina, larga y muy aguda, pudo ser un punzón de impresión.

3.- GUILLAUME VIAL, EL SOBRINO. Violinista de 40 años, era hijo de una hermana de Leclair y llevaba casi quince años en París tratando de abrirse camino en la profesión. Estaba empeñado en que su tío le recomendara al duque de Gramont. Pero Leclair, se ignora por qué -¿porque le conocía demasiado bien?-, no le hacía ni caso. Tuvieron más de una bronca por el asunto: en la casa la policía encontró cuatro cartas suyas pidiendo perdón al tío por las “horribles ofensas” que había proferido contra el anciano el día anterior a cada una de ellas. Aunque con la tía, ya lo hemos dicho, estaba a partir un piñón.

“Menos mal que estaba fuera de París, dijo nada más verse ante un policía, porque si no, me habrían culpado a mí”. Y dijo muy insistentemente que había estado en Conflans, en la residencia arzobispal. Lo malo es que su coartada, convenientemente investigada, resultó completamente falsa: en Conflans nadie tenía noticia ni siquiera de su existencia.

No quiso ver el cadáver “porque sabía muy bien cómo estaba”. Repitió a diestro y siniestro que su tío era una mala persona, que “había cometido con él muchas injusticias” y no le había ayudado y que ahora que había muerto, podría, por fin, hacer carrera (se equivocó de cabo a rabo, por cierto); que era “un lobo” que vivía apartado de la familia y sin preocuparse de ella, “que quería morir de repente o asesinado, sin sufrir” y “que se había llevado su merecido”. Se le oyó intentando convencer a algunos testigos para que cambiaran ciertos detalles de sus declaraciones, ajustándolas más a las propias. Y todo ello, casi a voz en grito. O sea, que además de violinista y sobrino, Vial era un perfecto imbécil.

Su porte coincidía con el del hombre alto y vestido de oscuro declarado por aquella testigo asustadiza, pero de buena y selectiva vista. Pero, que se sepa, no se le probó el sombrero hallado junto al cadáver por si encajaba en su cabeza.

Jean Marie Leclair

Para terminar, en el entierro tuvo un comportamiento extraño. A los sabuesos de la policía no se les pasó por alto que le acometió “un temblor y sorprendente agitación”. Sospecharon vehementemente de él: “Hay que seguirle de cerca”, se anotó junto a su declaración.

Pero lo más extraño de todo es que la investigación se interrumpió repentinamente un mes después del asesinato, el 28 de noviembre, y no se inculpó formalmente a nadie (queda, no obstante, la duda de si se destruyó parte de la documentación, depositada en la Bastilla, durante la Revolución). El crimen quedó sin resolver y el asesino, “sin duda, uno de esos monstruos que no son ni de su país ni de su siglo y no tienen de hombre más que la figura humana”, según se dijo en uno de los numerosos elogios fúnebres del difunto publicados, quedó sin castigo.

Dos siglos y pico después, se siguen haciendo conjeturas sobre el crimen. Y esto es lo que opinan los detectives histórico-musicales:

  • Nadie culpa al jardinero. Todo lo más, se cree que pudo robar el reloj y hasta algo de dinero. Pudo hacerlo en dos momentos: o bien entró en la casa nada más ser avisado por su colega Bourgeois (hay que suponer que entró, cogió el reloj y el dinero, cerró la puerta y se llevó las llaves; luego volvió a ver a Bourgeois contándole sólo lo que había visto en el jardín y pidiendo compañía para entrar en la casa) o bien aprovechando el barullo de la visita vecinal, tal vez quedándose un poco rezagado al salir. Las falsedades en su declaración, entonces, serían maniobras para tapar dichos hurtos. Y, más en general, para alejar sospechas, sabiendo que sus antecedentes le ponían directamente en el punto de mira de la policía. Porque no parece el tipo idóneo para ser elegido como cómplice por nadie con dos dedos de frente (aunque... ¿los tenía Vial?).
  • A la viuda sólo la considera autora material del crimen N. Slominsky (1948). Pero se alega en contra que era tan anciana como Leclair. ¿Tendría fuerza para pelear con otra persona, aunque también mayor, pero no debilucha? Ahora bien, en un crimen no sólo hay autores materiales. Puede haber inductores que se mantienen alejados del lugar de los hechos... ¿Fue éste el papel de Louise-Catherine?
  • La mayoría de los dedos acusadores señalan a Vial, el sobrino. N. A. Zaslaw llega a afirmar que el único misterio de aquel crimen es por qué no se empapeló al sobrino. Pero también hay quien añade algo parecido a lo de solo o en compañía de otros: A. Borowitz no descarta que pudiera estar compinchado con la viuda. ¿Pudo tener como cómplice al jardinero? Pudo, pero si fue así, no se entiende el silencio de éste cuando estuvo detenido.

En definitiva, Guillaume Vial (con o sin inductores y cómplices) es hoy tenido por el asesino de Leclair... a no ser que tenga razón el recientemente fallecido Gérard Gefen con su bizarra teoría lanzada en una obra a caballo entre la novela histórica y la historia-narración (1990) que tiene como base los documentos policiales del asesinato, seguidos prácticamente al pie de la letra.

En sus últimas páginas, tan bruscamente como acabó la investigación oficial, Gefen da un quiebro en la línea seguida hasta entonces, presentando un documento-confesión cuyos párrafos más importantes pongo a continuación, literalmente, en cursiva.

Atribuye el documento a un conocidísimo escritor exiliado de Francia para burlar una orden de detención dictada contra él, que en octubre de 1764 habría viajado fugaz y secretamente a París para entrevistarse con su editor, empujado por la burda actuación de la censura policial con un manuscrito anterior suyo. Allí, andando de noche, solitario y hambriento, por una callejuela, vio a una persona que, iluminándose con un farolillo, trataba de abrir la puerta de su casa.

Cuando estuve cerca, el hombre hizo un pequeño movimiento hacia atrás y levantó su farol para contemplarme. Con gran estupor mío, le oí gritar: “¡Qué! ¿Vos? ¡Jean-Jacques Rousseau! ¿Qué hacéis aquí?”

Reconocí entonces al viejo Leclair, excelente músico, pero muy enemigo de mis ideas. En el pasado nuestras disputas habían sido violentas, pero me sentía más ofendido que ofensor. Sectario fanático de Rameau y de los franceses, Leclair sabía componer excelentes arias italianas y nunca comprendí cómo este discípulo de Somis y Locatelli podía traicionar así a su verdadera naturaleza.

Por el momento, apenas me acordaba de nuestras querellas. Mi primera reacción fue explicar los motivos de mi viaje a París y la discreción que deseaba guardar. Contaba, le pedí, con la suya, pero Leclair no me respondió. Manteniendo una mano en la llave, que no llegaba a girar en la cerradura, apretaba su pecho con la otra, como si le acongojara alguna angustia. “¿Qué os pasa?”, le pregunté. “No sé, dijo él jadeante, quizá haya andado demasiado deprisa”.

Faltándole el aliento, abrí la puerta y manteniendo firmemente al anciano por el brazo, le ayudé a atravesar el jardín. En mitad del camino desfalleció, dejando caer al suelo su sombrero y su peluca. Conseguí, sin embargo, arrastrarlo al interior de su casa, al vestíbulo, donde (...) lo extendí suavemente sobre el suelo. Dos objetos se salieron de su traje: el rollo de papel pautado que usaba sin duda para marcar el compás a sus músicos y un libro, por lo demás, indiferente.

Pensé que necesitaba una sangría (...). Sin embargo, en el momento en que iba a salir a buscar un cirujano, Leclair abrió los ojos: “No será nada, afirmó, recuperando rápidamente el ánimo y el color. He pasado ya dos o tres crisis de esta clase y no me han matado. ¡Bah! A mi edad, hay que resignarse a estos males”.

Con mi ayuda, pero necesitando menos esfuerzo del que me hubiera imaginado, Leclair se levantó por fin. “Ved, dijo a guisa de agradecimiento, no hemos sido nunca buenos amigos. Os aseguro, sin embargo, que no he sumado mi voz a las maldades que se cuentan de vos. Vuestro comportamiento esta noche me muestra que no estaba equivocado y que tenéis el corazón de un hombre honrado. Vamos, a condición de no hablar nunca de música, juremos que no disputaremos más”. Lo juré de buen grado. Luego, sacando un cuchillo de su cinturón y cogiendo una fruta del frutero, me dijo con la cortesía de un huésped que ofreciera una pieza rarísima: “¿Queréis una manzana?” Con el estómago crispado por el hambre, pero ya resignado a esa minúscula cena, me acerqué muy deprisa, con mi cuchillo de herbolario en la mano.

Leclair dio entonces algunos pasos hacia una puerta que supuse la de la cueva: “¿Queréis un poco de vino? Tengo del que el duque de Gramont me ha dado y me parece excelente”. “Ya lo sé”, respondí sin pensar. Leclair se paró en seco, como alcanzado por un rayo. “¿Cómo lo sabéis?” “El duque de Gramont también me lo envió a mí, por varias obras de música que, a petición suya, compuse para él”.

¿Cómo pintar la terrible y súbita metamorfosis que convulsionó entonces la cara del anciano? Con los rasgos deformados por la cólera, la mirada turbada, el pelo encrespado, me fulminó horribles injurias sin cesar de blandir el temible puñal con que estaba armado. Así que, aulló, las peores infamias que se contaban de Jean-Jacques Rousseau no reflejaban sino muy débilmente la verdad. Yo mancillaba los corazones más inocentes, engañaba a los espíritus más rectos, era un intrigante, un parásito, un emponzoñador. No hacía mucho le había robado al pobre Granet su Devin du village; hoy quería sobornar al duque de Gramont y acaparar sus gracias. ¡No podía ser! ¡Eso no pasaría! Había que entregarme al verdugo, como a mis libros.

Este hombre a quien había dado la mano me deshonraba; acababa de socorrerle y prometía denunciarme.

Tengo pasiones muy ardientes y, cuando me embargan, nada iguala mi impetuosidad; no sé de miramientos, ni respetos, ni temores ni decoros; soy cínico, desvergonzado, violento, intrépido; no hay vergüenza que me pare ni peligro que me asuste. Quitando el único objeto que me ocupa, el universo no es nada para mí. Avanzamos el uno hacia el otro. La rabia nos ahogaba. Ignoro quién golpeó el primero.

Cuando la razón volvió a mí, Leclair yacía en tierra y la fijeza de sus grandes ojos abiertos decía claramente que todo aliento de vida le había dejado. No supe ni siquiera discernir si había muerto por mi mano o si una nueva crisis le había abatido. Perdido de vergüenza, huí con la cabeza desnuda, sin pensar ni en recoger mi sombrero, caído desde los primeros instantes de la fatal algarada.

Fuera, la lluvia helada calmó mi fiebre, pero no mi desasosiego. Cerré cuidadosamente la puerta del desgraciado. No quería que algún ladrón ocupara el sitio de su asesino. La calle estaba desierta. A modo de exorcismo, tiré por encima de la valla mi cuchillo y las llaves, siniestros testigos de mi extravío.

[Tras andar errante durante un buen rato, buscó luego, en el sitio donde suponía estaría, a un pescador de Môtiers que le había traído a París. Y con él hizo el viaje de vuelta hasta dicha localidad]

Llegado a Môtiers, descubrí que eran mis llaves, y no las de Leclair, las que había tirado al jardín. He guardado el llavero del pobre músico. Si, por desgracia, me envilecía lo bastante como para tratar de olvidar mi crimen, este objeto sabría reanimar el remordimiento.

No, no habrá que cargar póstumamente sobre Rousseau la acusación de asesinato. Gefen, simplemente, lleva a cabo una recreación literaria de los acontecimientos y da una solución brillante, espectacular, pero ficticia. De verdad, los estudiosos de Rousseau ni se inmutaron cuando apareció el libro de Gefen. Pero no queríamos silenciarlo.

Escribir a Manuel M. Martín Galán