Reseña de libros

El retorno de Nannerl

(Por Hertha Gallego de Torres)

Nannerl, la hermana de Mozart, Rita Charbonnier, Edhasa, 2006, ISBN 84- 350- 6131-0, Título oríg. La sorella di Mozart, Trad. Mª Eleonor Gorga.
Nannerl, la hermana de Mozart

“Whatever / returns from oblivion returns / to find a voice”: Lo que vuelve del olvido retorna para encontrar una voz, nos dice un hermoso verso de la poeta norteamericana Louise Glück. Así nos ha pasado con esta Nannerl, a la que entreveíamos en todas las biografías de Mozart, tocando a dúo brillantemente con su hermano, por las cortes europeas, para luego desvanecerse misteriosamente pasada la adolescencia. Alguien tenía que atreverse con su misterio. Y ha sido Rita Charbonnier, actriz y guionista, buena narradora, quien ha recogido el guante y se ha lanzado con una novela hermosa, pero erizada de peligros (suele pasar en las obras de “tesis”): La de la autora es clara: Nannerl es la víctima del genio de Wolfgang, obligada a sufragar con su talento de profesora la carrera de su hermano, y a renunciar a sus propias composiciones, ante la indiferencia de todos.

No dudamos de que la suerte de la hermana de Mozart fue desgraciada, ni de que hubiera sido sustancialmente distinta en caso de ser varón. Pero echarle la culpa de todo a Leopold, el padre; presentar a Mozart como un ser lujurioso y egoísta que se ríe de los sentimientos de su hermana; hacer de Constanze una viuda ávida de dinero que sólo atiende a Nannerl por los florines que le lleva…es demasiado. Y se contradice con otras biografías que hemos leído del genio salzburgués. La realidad es menos simple, más triste, más sutil, más difícil de novelar. Las mujeres no tenían espacio en el mundo de la composición musical, ocupaban un lugar secundario en todos los órdenes de la vida, les faltaba “la habitación propia”. Ya hace mucho que Virginia Woolf fantaseó con lo que hubiera sido la vida de una hermana dotada con el mismo genio de Shakespeare: se hubiera quitado la vida, creo recordar, en las heladas aguas del Támesis, sin haber logrado publicar una sola línea…En fin, no quiero abrumarles. Charbonnier ha construído lo que un avispado crítico llamó una “gran mala novela”: Posee pulso y sentido del ritmo, escenas muy bonitas, y se lee con sumo placer. Pero una voz en nuestro interior acecha, susurrándonos que algo falta. Un aplauso a la esmerada traducción, de Mª Eleonor Gorga.


Rhadopis, una cortesana del Antiguo Egipto, Naguib Mahfuz, Pocket Edhasa, 2001, ISBN 84—350-1672-2, Título oríg. Radobis, trad. María Luisa Prieto y Muhammad al-Madkuri.
Rhadopis, una cortesana del Antiguo Egipto

Siempre he pensado que ser mujer es como nacer portugués. Si una se lo toma con sentido del humor y es un poco culta, acaba sabiendo muchas cosas. De la cultura dominante y de la suya propia, un tanto escondida, aunque aparentemente esté al alcance de todos y con claves que sólo la interesada –y el portugués- saben descifrar. Venía yo pensándolo porque después hay autores muy listos que conocen todos los entresijos del alma humana y sorprenden con miradas muy profundas hacia interiores que parecía difícil conocer. La muerte del gran Naguib Mahfuz me sorprendió mientras leía su novela “Rhadopis, una cortesana del Antiguo Egipto”, un libro de belleza inigualable. En esta obra hay una historia de amor maravillosa, con dos mujeres que cortan el aliento: la protagonista del libro, y la Reina de Egipto, Nitocris, que ve su amor arrebatado por la belleza candente de la bailarina. La traducción, muy bien hecha, sólo tiene un inconveniente. Cuando “los sacerdotes del templo entonaron el himno del Nilo al son de violines y flautas y al ritmo de panderos, creando bellas y emocionantes melodías”. Estos violines, que se oyen también en otros momentos de la novela, me han chocado muchísimo. Digamos que este instrumento apareció en el transcurso del siglo XVI (después de Cristo) y la novela se sitúa en el Egipto de los Faraones…Dentro de los cordófonos, el rabel –con reservas- ,las arpas, las cítaras, hubieran sido más apropiados, aunque no tengo ni idea de lo que pone en el original. En todo caso, hoy ya existen buenas obras de referencia, como la de Rafael Pérez Arroyo: “Egipto. La música en la era de las pirámides” (Ediciones Centro de Estudios Egipcios, 2001) que se lo ponen más fácil a los traductores en estos espinosos temas.

Para terminar la disquisición sobre tantas mujeres interesantes (aunque es inevitable ¡siempre se “cuela” algún hombre! Cómo son…) , citemos a una más. Edith Södergran, la poeta finlandesa, al yacer en su lecho de muerte escribió casi el único de sus poemas que conozco con referencia a la música. Lo encontraron debajo de su almohada (tenía treinta años). Lo cito en la bella traducción de Carmen Díaz de Alda Heikkilä:

He aquí la orilla de la eternidad,

Aquí murmura a su paso la corriente,

Y la muerte toca en los arbustos

Su misma monótona melodía.

Muerte, ¿Por qué te quedas silenciosa?

Hemos venido desde tierra lejana

Y estamos sedientos de escuchar,

No tuvimos jamás una nodriza

Que supiese cantar como tú.

La corona que nunca adornó mi frente

La deposito en silencio a tus pies.

Tú me mostrarás un país maravilloso

Donde las palmeras son altas,

Y donde entre hileras de columnas

Los deseos se precipitan en oleadas.

Escribir a Hertha Gallego de Torres