Ópera
La dirección de escena en la ópera: una mirada crítica
(Por Enid Negrete)
“En los comienzos fue el canto.
No el verbo. Ni siquiera el pensamiento. No la acción.
En los comienzos fue el canto. Quiere decir el sentimiento
Quiere decir: el alma que se manifiesta”.
Kurt Pahlen
Luchino Visconti y Maria Callas en un ensayo para la ópera La traviata de Giuseppe Verdi en el Teatro alla Scala de Milán en 1975
“Un hombre desnudo que cruza el espacio mientras otro lo mira” eso es el teatro para Peter Brook. Ojalá fuera tan sencillo para la ópera. Para comenzar la definición de ópera implicaría que el hombre cantara, y cantara como muy pocos hombres pueden cantar. Después implicaría que hubiese, por lo menos, otro instrumento para acompañarlo (normalmente un piano, que no es fácil de manejar) y su ejecutante. Y entonces la lista comienza a crecer...
Sí ella, la ópera, nació grandilocuente. Nació híbrida y complicada, extravagante, absurda y burguesa. El arte escénico más caro, el que requiere más gente con una preparación especializada, el que necesita más ejecutantes, e incluso en sus versiones de cámara es más grande que cualquier versión modesta de las otras artes escénicas. Fue hija de los nobles, de los burgueses, de los ricos y de los nuevos ricos. Sirvió para afianzar poder económico, social y político. ¿Se podría pensar en una teoría que como la de Grotowski hablara de una ópera pobre?... casi inimaginable. Y sin embargo no hay aficionados más fervorosos que los de la ópera y ellos sí pertencen a todas las clases sociales. Son capaces de llegar a los golpes por defender sus ideas, de dejar de comer a cambio de oir a su cantante favorito, de hacer viajes sólo para oir y ver determinada producción, ¿quién que haya ido a la ópera regularmente no se ha encontrado una trifulca entre espectadores inconformes?. ¿Porqué?, ¿qué les da la ópera a cambio?.
Marie France Castaràde se ha aventurado a contestar esta pregunta desde el psicoanálsis: “… lo propio de la ópera es ofrecer al inconsciente de cada oyente un espejo (con mayor o menor fuerza reflectante, según el genio del compositor) de sus fantasmas originales: fantasmas del nacimiento y de la muerte, de la escena primitiva, de al diferencia de sexos, de la seducción, de la castración. Todos estos enigmas han exigido, en el imaginario del compositor, respuestas que éste nos entrega a través de una historia ofrendada a nuestra fantasmagoría personal. De esta suerte, el oyente espectador es invitado a una regresión onírica (…) el arte lírico constituye el reencuentro posible con el amor perdido” (1).
Cuando le pregunté a un cercano amigo como inició de su desmedida pasión por Maria Callas me dijo: “Yo tenía nueve años cuando oí la Habanera de Carmen con ella y, no sé… me cambió la vida”. ¿Cómo puede la voz de una grecoamericana, nacida medio siglo antes cambiarle la vida a un niño mexicano?, él no entendía el francés, ni conocía España, ¡ni siquiera tenía una referencia en imagen antes de oirla!, esto entonces destruye toda la teoría de que una persona debe “saber” o “entender” para disfrutar de la ópera.
Hay, en los últimos 30 años con más fuerza, un despliegue enorme de actividad operística en todo el mundo. La gente hace filas interminables bajo, la lluvia, la nieve o el frío para conseguir boletos en las grandes casas de ópera del mundo. Los salarios de los cantantes estrella son millonarios, y los gastos de producción de una ópera podrían cubrir entre 10 y 15 producciones de otras artes escénicas.
Normalmente un director teatral con mucho o poco talento se acerca a la ópera por primera vez queriendo tratar a los cantantes como actores
¿Qué hacemos los directores de escena con la ópera?, la cambiamos de época, la llevamos más allá del absurdo de su propia naturaleza, la montamos con la reproducción de la época en detalle exhaustivo, la acercamos a nuestros días, la alejamos a lugares remotos e intocables, la odiamos, la endiosamos, la criticamos, la amamos. Pero creo que rara vez la analizamos.
Normalmente un director teatral con mucho o poco talento se acerca a la ópera por primera vez queriendo tratar a los cantantes como actores y pidiendo de las obras características que tiene el teatro contemporáneo, pero que la ópera de ciertas épocas no.
Un director que se respete comprenderá que la ópera necesita una especialización, un trabajo sensible y con atención a cuestiones que no son las comunes en un trabajo teatral: necesidades de los cantantes, quienes normalmente tienen una disciplina y una forma de trabajo muy distinta a la de los actores, que se debe conocer para poder aprovechar; necesidades de producción normalmente no tomadas en cuenta en una producción teatral como particelas o partituras o ensayos musicales especializados; y una de las más importantes diferencias: la relación con el director de orquesta, asunto que siempre se vuelve un problema con los directores de escena acostumbrados a ser la única cabeza de una obra teatral . ¿Se puede tratar una ópera con el mismo procedimiento que una obra teatral?, ¿cuáles son, además de los elementos antes mencionados, las características que hacen de la ópera un género distinto a las demás artes escénicas?, ¿es necesaria una especialización en el género o no?
Difícilmente encontramos teorías teatrales que se refieran a la ópera, se han hecho muy pocos estudios (casi ninguno) sobre la teoría de interpretación actoral, o de construcción de un personaje desde al especialidad del cantante. No tenemos un análisis genérico que realmente explique las diferencias entre ópera, opereta, zarzuela, comedia musical, singspield, etc. Es un género diferente que, al ser híbrido de otras disciplinas, tiene necesidades propias.
Sabemos que el teatro no sólo es literatura, tal como la ópera no sólo es música. Pero su naturaleza no ha sido suficientemente cuestionada, y creo que tanto la falta de propuestas realmente novedosas como la cantidad exorbitante de experimentos escénicos, (por desgracia no siempre acertados, y no por innovadores o rompedores eficientes), rara vez están basados en un estudio cuidadoso y metódico de lo que este género puede hacer y ser para el espectador.
Si pensamos que es uno de las labores más difíciles que puede abordar un director de escena ¿por qué nos faltan tantas reflexiones sobre el trabajo escénico de la ópera?. ¿Realmente cualquier director de escena puede abordar el montaje de una ópera?, ¿es válido dirigir escénicamente ópera si no se tienen conocimientos mínimos musicales?, ¿cuál es realmente el papel del director de escena en una ópera?, ¿es el mismo que en el teatro? ¿Qué tipo de público es el que va asiduamente a la ópera? ¿Se parece al de otras artes escénicas?. Estas preguntas son al base de la reflexión que desarrollaré en mis próximas entregas.
(1)Castrade, Marie-france. El espíritu de la ópera. La exaltación de las pasiones humanas. Trad. Julia de Jordá. Barcelona, Paidós, 2003. Pág. 23 y 192

