Editorial

¿Le han preguntado a Mozart?

Cuando escribimos estas líneas se ha apaciguado la polémica surgida a propósito de la suspensión por la Deutsche Oper de Berlín, de reponer la visión de Hans Neuensfelds de la ópera Idomeneo, Rey de Creta, de Mozart. La causa fue la existencia de una llamada telefónica avisando de las posibles consecuencias que esta reposición podría tener, ya que algunos islamistas radicales se habrían considerado ofendidos y podrían tomar represalias.

Como todos ustedes saben, el problema es que en este montaje hay una escena en la que el Rey de Creta aparece con un saco del que extrae las cabezas cortadas de Neptuno, Jesucristo, Mahoma y Buda. Según Neuenfelds este planteamiento es una crítica personal a las religiones por “todas las muertes que han originado durante siglos”.

Todos los medios de comunicación, incluso aquellos que para nada se ocupan de la ópera ni de la cultura, se hicieron eco de este hecho y clamaron a los cielos por lo que consideraron un atentado contra la libertad de expresión. Personajes importantes de la política, de la cultura, y del mundillo de la ópera, declararon que era inadmisible aceptar este tipo de presiones y amenazas; que la ópera debería ofrecerse como estada previsto; algunos ofrecieron sus teatros como alternativa; otros propusieron que las representaciones se hicieran con especiales y rigurosas medidas de seguridad…

Se oyeron muchas voces sobre este tema, pero muchas menos sobre la transgresión de Neuenfelds de la obra escrita por Giovan Battista Varesco, puesta en música por Mozart y estrenada en Munich el 29 de enero de 1781.

Para que ustedes tengan elementos de juicio les resumimos el argumento de Idomeneo, Rey de Creta: Mientras Idomeneo se encuentra en la guerra de Troya, gobierna su reino su hijo Idamante, que también se ocupa de custodiar a los prisioneros troyanos; entre estos se encuentra Ilia, una de las hijas de Príamo, el rey troyano. Entre los jóvenes ha nacido un sentimiento amoroso no confesado.

Mientras regresa a Creta, Idomeneo es sorprendido por una gran tormenta en el mar y para aplacar a Neptuno, el monarca promete sacrificarle al primer ser humano que encuentre cuando llegue a las playas cretenses. Desgraciadamente, el primer humano que ve, apenas puesto el pie en la arena, es Idamante. Idomeneo trata por todos los medios de que su hijo abandone la isla, pero ante la presencia de un gran monstruo enviado por Neptuno para recordar al monarca su promesa, Idomeneo se ve obligado a señalar a su propio hijo como la víctima predestinada. Ilia, horrorizada, confiesa su amor y se ofrece como víctima en lugar de Idamante. La tensa situación se resuelve porque Neptuno interviene: Idomeneo deberá abdicar en su hijo, el cual se casará Ilia y ambos reinarán en la isla.

Como ustedes habrán advertido ni Mahoma, ni Jesucristo, ni Buda tienen nada que ver con la historia que se cuenta en esta ópera.

A la vista de todo esto, se nos ocurren muchas preguntas, ¿Qué tiene que ver un episodio mitológico relacionado con la guerra de Troya con los fundadores de las grandes religiones monoteístas? ¿Se pueden relacionar imaginados episodios mitológicos con hechos constatados protagonizados por seguidores de ciertas religiones? ¿Hay alguna intencionalidad no declarada en ese tipo de montajes? En todo caso, ¿no parece más lógico pensar que, en el fondo, el desenlace de la ópera pudiera ser un manejo del rey Neptuno, es decir un manejo político? ¿No consigue Neptuno cambiar al monarca, sin que haya derramamiento de sangre? ¿No podría pensarse, por otra parte, que el mismo Neptuno lo que hace es facilitar los amores de dos personas que, por sus orígenes, serían imposibles, teniendo en cuenta que sus reinos están en guerra?

Estas preguntas se refieren a la posible visión de la obra mozartiana, pero tenemos otras que tienen que ver con la producción eliminada: ¿Se habría suspendido la reposición, si sólo hubieran salido del saco las cabezas de Jesucristo, Buda y Neptuno? ¿Alguien ha preguntado a Varesco y a Mozart si les parece bien este planteamiento de su ópera? ¿Hasta donde puede llegar eso tan pomposo de la libertad de expresión? ¿Debería alguna entidad determinar si con estas “adaptaciones” se conculcan los derechos intelectuales de los autores? ¿Ha de valer todo, con tal de llamar la atención? ¿Se deben gastar los dineros públicos en espectáculos que ofenden a parte de quienes los generan con sus impuestos? ¿Tiene alguien derecho a poner en peligro a otros como consecuencia de sus actos, puntos de vista u opiniones?

Terminamos con un pequeño detalle: La ópera se estrenó en Berlín en marzo de 2003 y no se armó ninguna polémica de estas dimensiones. Entonces la situación era diferente pero aquélla, como ésta, no era Idomeneo.