Los trágicos amoríos de Marie Pelissier-1
Los trágicos amoríos de Marie Pelissier...
y alguna otra aventura menos siniestra.
(Por Manuel M. Martín Galán)
Marie Pelissier (1707-1749), cantante de la Ópera de París, fue una de las figuras más destacadas y populares de la farándula francesa en el segundo cuarto del siglo XVIII. “Era la primera por su forma de interpretar”, decía un contemporáneo. Pero concluía: “y una de las primeras de su especie por la coquetería”. Lo que, dada la reputación de las filles d’opéra, era mucho decir. De una de sus más sonadas y trágicas aventuras y de otra más festiva nos haremos eco en estas páginas.
Mlle. Pelissier como Flora, por Hubert Drouais, a partir de un grabado de Jean Daullé. Louvre
EL TRIÁNGULO...
Nacida de una relación amorosa que no llegó a oficializarse, la infancia de Marie permanece en la sombra. Debutó en la Académie Royale de Musique a los 15 años, pero pronto marchó a la Ópera de Rouen, contrayendo matrimonio con su director, Monsieur Pélissier, antiguo cantante de la Académie, en 1726. La inmediata quiebra de la empresa, paradójico regalo de bodas, llevó de nuevo a los esposos al seno de la casa madre parisina. Con fortuna. En octubre de dicho año ella, con sólo 19 años, obtuvo un resonante triunfo en el estreno de Pyrame et Thisbé, primera ópera de Rebel y Francoeur, eslabón inicial de una serie casi ininterrumpida de éxitos prolongada a lo largo de dos décadas y que incluyó el estreno de las cinco primeras óperas de Rameau.
Aunque no disponía de una voz potente, “se hacía oír de un extremo al otro de la sala y tan claramente, que no se perdía ni una sílaba”, apunta otro testimonio. Poseía, igualmente, un extraordinario dominio de la expresión corporal y brillaba, sobre todo, en los papeles graciosos y tiernos. Sus partidarios mantuvieron una enconada rivalidad con los de Mlle. Lamaure o Le Maure, semejante a la que en Londres hubo entre los seguidores de Francesca Cuzzoni y Faustina Bordoni. Aunque, eso sí, las diosas francesas no llegaron a las manos en escena, como las italianas de la Royal Academy of Music. Voltaire, que apreciaba a ambas, expresó en un conocido verso sus cualidades: Pélissier par son art, Lemaure par sa voix.
Mlle. Pélissier -ya se ha dicho- no sólo era sensible en los escenarios. Repartía también ternura y afecto fuera de ellos. Lo sabía bien, entre otros, François Francoeur (1698-1797). Miembro de una familia de músicos, era violinista y compositor, aunque -curiosa peculiaridad- siempre escribiera en perfecta simbiosis con su amigo del alma François Rebel (les deux François, los llamaron). También era intrigante. Se movía bien por los vericuetos no siempre limpios del teatro y la música institucionales. Dicho de otro modo, sabía trepar (lo hizo, y mucho, durante toda su vida). Y buen mozo y echao p’alante, era muy dado a las aventuras amorosas. No pasó mucho tiempo desde su primer encuentro hasta convertirse en amante de la Pélissier.
Pero en 1729 llegó a París en viaje de negocios un holandés de procedencia francesa, banquero y judío, más que talludo, llamado François Du Liz (o Du Lys o Dulis o incluso López, alias con el que se recordaban sus orígenes remotos). Se dedicaba, sobre todo, a los grandes préstamos internacionales y estaba podrido de dinero. Melómano apasionado, en los salones de su mansión de La Haya acogía a los más renombrados intérpretes que, residentes o de paso, había en la República y entre los invitados a sus conciertos privados se contaba lo más granado de la sociedad local y cuantos notables extranjeros visitaban el país (Jean-Marie Leclair, como vimos en otro momento, estuvo a su servicio después de este episodio). Decían sus enemigos que era un poco simple, vacuo, aburrido y pretencioso. Y que hedía, despidiendo “un vapor ponzoñoso que salía de los tres pares de calzones que no se quitaba nunca”. Pero el perfume de su dinero neutralizaba esos nauseabundos vapores y otros peores que hubiera exhalado.
Mlle. Pélissier -ya se ha dicho- no sólo era sensible en los escenarios. Repartía también ternura y afecto fuera de ellos
En París era obligado asistir a la ópera. Mucho más para un melómano como él. Además de la música, le gustaron algunas actrices y, sobre todo, su aureola galante. Y tras algunos escarceos, se encaprichó de la Pélissier. No es que tuviera un físico especialmente agraciado (las semblanzas literarias hacen pensar que el retrato de Drouai idealiza a la modelo), pero su juventud y la gracia de sus movimientos le resultaron irresistibles. Quiso hacerla suya. Era tan fácil como fijar un precio aceptable para las dos partes. No faltaron intermediarios, incluyendo alguna aristócrata medio arruinada. Si hemos de creer al señor de Boisjourdain en sus Memorias, hasta el mismísimo marido, acostumbrado a obtener beneficios de lo irremediable, “le escribió a Dulis que su esposa estaba a su servicio si quería dar 15.000 libras para ella y 10.000 para él”. Fuera con quien fuere, se concluyó el acuerdo. Du Liz empezó a gozar de la Pelissier y ella, de las ventajas de tener un amante riquísimo. Todos sus antojos eran satisfechos. Salía de paseo como una princesa, en una carroza de seis caballos. Y aparecía en el escenario ataviada con los más ricos vestidos y cargadita de joyas. Después de todo, no fue Marilyn Monroe quien descubrió que los diamantes son los mejores amigos de las chicas. Hoy un dije, mañana un camafeo, después un collar, la Pélissier entró en posesión de una verdadera fortuna en pedrería.
Pero el ricachón terminó por sospechar que su niña no sólo tenía ojos para él. Había un musiquillo que se tomaba demasiadas libertades con la mocita. Porque ésta, mientras estaba con el banquero, no había olvidado a su amante por amor. Un criado fiel se lo confirmó: apenas salía aquél de la habitación de su amada, Francoeur, que había permanecido oculto en un vestidor, entraba.
¡La que montó Du Liz! La cantante creyó que se le caía el cielo encima. No por los gritos -que fueron muchos y fuertes- ni porque la despidiera con aire fresco -que la despidió, faltaría más-. Lo peor fue que exigió la devolución de todas las joyas que en su apasionada ceguera le había entregado. Aseguraba Du Liz que pertenecían a su santa esposa -al final, siempre pagan inocentes- y sólo se las había prestado a la Pélissier para lucirlas en sus actuaciones operísticas. Pero ella se resistió con uñas y dientes a entregar lo que más apreciaba en esta vida. El banquero denunció el caso a la policía y, queriendo partir inmediatamente para Holanda, se hizo representar en el proceso que se avecinaba por un clérigo que recibiría como estipendio parte de la mercancía recuperada. La situación tenía algo de surrealista: un judío en adulterio con una católica (si el matrimonio entre miembros de las dos confesiones estaba legalmente prohibido, las relaciones extraconyugales, prohibidas hasta entre católicos...), cantante de la ópera por más señas (una diablesa, pues, para la iglesia), ofrecía el precio del pecado a un cura (que, para más inri, tenía peculiares connotaciones personales que no vienen ahora al caso) y no precisamente por arrepentimiento. La rechufla en París fue general. Y comenzaron a proliferar cancioncillas, sátiras y panfletos. En uno de ellos se decía que la cantante, clarividente, había defendido sus derechos ante la policía afirmando que “por grande que sea el valor de los regalos entregados a una damisela, queda siempre mucho por lo que recompensarla”.
Pero repentinamente, y con Du Liz todavía en París, el proceso se interrumpió. No se sabe si había logrado recuperar las joyas o buena parte de ellas, pero cabe pensarlo por la suspensión de las actuaciones policiales y por lo que vino después. Porque entonces Francoeur, transformado en caballero de honor de su dama, entró violentamente en escena, defendiendo los derechos de aquélla... o los suyos propios: los rumores, siempre malintencionados, situaban al músico no sólo como beneficiario, sino como impulsor del affaire de su amante con el banquero para exprimirlo juntos. Fue el caso que Francoeur se plantó repentinamente y con muchas ínfulas en la residencia del holandés exigiendo explicaciones y diamantes. Pero tuvo un recibimiento por todo lo alto: apenas asomó, los criados del banquero lo cogieron sin miramientos y lo habrían arrojado de punta cabeza por la ventana si su amo, que no quería líos mayores, no hubiera ordenado calma. Pero en el barullo alguien dijo dirigiéndose al músico: “¡Te daremos de bastonazos!”.
Y de momento no hubo más y se hizo la calma. A mediados de marzo de 1730 una gacetilla recogía que “el señor Du Liz, judío que se alojaba en el palacio de Lery, donde se dejó notar mucho, partió hace unos días para Holanda, tras haber dado muestras públicas de extraordinaria generosidad hacia sus criados y los pobres”. Pero en el viaje un solo pensamiento ocupaba su cerebro: la venganza es un plato que se come frío.

