Crítica de discos

El sexteto de Salón

(Por José Prieto Marugán)

Autor–Obra: Jacinto Guerrero. El sexteto de Salón. (Arreglos de: Los gavilanes. La rosa del azafrán. Lo que va de ayer a hoy. La montería. Los faroles. El huésped del Sevillano. Martierra).
Intérpretes: Ensamble de Madrid.
Sello–Refer: AUTOR–756
CD. Durac. 69’35 min.
Grabación: Convento de las Clarisas, de Griñón (Madrid), junio y diciembre, 2001.
El sexteto de Salón

Hubo un tiempo en que era habitual en los cafés, salones, restaurantes y otros locales, la presencia de un conjunto musical cuyo tamaño variaba en función de la categoría del local. La música que hacían se basaba en arreglos y transcripciones de las obras más conocidas y populares, entre las que, naturalmente, estaban las zarzuelas de mayor prestigio y las de éxito más reciente. Se ha escrito mucho sobre este tipo de músicas; las opiniones van desde el entusiasmo hasta la descalificación; no falta, incluso, quien ve en ellas una especie de crimen de “lesa” música. Tema hay para discutir.

Con la desaparición de estos conjuntos hemos perdido muchas cosas, algunas de las cuales nos vienen a la memoria tras escuchar el disco titulado “Jacinto Guerrero y el Sexteto de Salón”, producido por la Fundación Autor y la Fundación Jacinto e Inocencio Guerrero, e interpretado por el Ensamble de Madrid, formado en esta ocasión por Roberto Mendoza y Esperanza Velasco, violines; Santiago Kuschevatzy, viola; Paul Friedhoff, violonchelo; Fernando Poblete, contrabajo y Ángel Huidobro, piano.

¿Qué ofrece un disco como éste? En primer lugar, música, buena música; porque un arreglo no tiene que ser una versión mala y pobre de una obra, sino la presentación de la música desde otra perspectiva, mediante la utilización de otros recursos que también exigen su conjunción y correcto ensamblaje. La utilidad de estos arreglos, fantasía, adaptaciones, transcripciones y popurrís, es mucha y tanto sirve para el profesional como para el aficionado de cualquier nivel. No siempre es posible disponer de una orquesta para escuchar una obra sinfónica.

Los arreglistas tienen ocasión de mostrar sus habilidades en un terreno que no es sencillo, pues han de demostrar su capacidad de síntesis para reducir toda la gama sonora de una gran orquesta a unos pocos instrumentos, sin que la música se resienta más de lo debido. Tienen necesidad de plantearse y resolver los problemas técnicos que van a surgir en la adaptación: conocer los instrumentos sobre los que trabajan, a veces distintos de los originales; saber cómo fusionan sus timbres; determinar los niveles dinámicos para que las distintas voces se escuchen, etc.

Los intérpretes también se benefician de este tipo de partituras porque pueden tocar obras a las que no siempre tendrían acceso; pueden hacerlo para su propio deleite y satisfacción; pueden tocar una música distinta a aquella que van a interpretar en giras o conciertos. Es una forma de ampliar horizontes. Podría ser, incluso, que alguno encontrara una manera de encauzar su vida profesional.

La zarzuela de salón ofrece más. Muchos profesionales alrededor de la música (editores, distribuidores, comerciantes...) también pueden beneficiarse por razones obvias.

Otro aspecto nada desdeñable es la posibilidad de hacer música en casa, costumbre hoy perdida. Sin embargo, cada día son más los estudiantes de música. ¿Por qué no intentar hacer música en casa? ¿Sabemos las ventajas que esto traería para la familia y para el individuo? Tocar juntos, e incluso cantar junto –sin molestar a los vecinos, claro está- aunque no tengamos el nivel de los grandes profesionales, tiene muchas ventajas individuales y colectivas. Es una experiencia grata que merece la pena intentar.

La grabación, mejor dicho, la producción de este tipo de discos es algo más barata que la de las grandes ediciones. No hacen falta muchos músicos, ni un estudio de grabación de grandes proporciones, ni sofisticados –y caros- medios técnicos. Aunque el resto de partidas (promoción, soporte físico, edición, montaje...) no se vean reducidos, parece que la aventura de producir un disco de este tipo es menos peligrosa, financieramente hablando, que otro con solistas de postín, coro, orquesta y un montón de ayudantes, coordinadores, etc.

No es menos importante la ocasión que significa poder escuchar obras –o fragmentos de ellas– que de otro modo no sería posible. Desgraciadamente son demasiadas las zarzuelas que sólo conocemos por los libros. Sirva como ejemplo el contenido del disco que ha motivado estas líneas. De sus ocho cortes, o pistas, la mitad corresponden a obras desconocidas, como son Lo que va de ayer a hoy, con un castizo y chispero chotis titulado “Cuplé de los ciegos”; Los faroles (representada por otro “Chotis” y un melancólico “Tango”), incluso Martierra, presente con una amplia y atractiva selección. El resto del disco lo forman selecciones de páginas muy conocidas (Los gavilanes, La rosa del azafrán, La montería, y El huésped del Sevillano), y muy bellas en estos arreglos que nos parecen muy atractivos y recomendables. Escuchándolos deberíamos reivindicar el arreglo como una forma de difundir la música, de ampliar su campo de acción como actividad profesional y estética. Y quién sabe si de conseguir que alguna obra diera el salto del tabladillo del salón al escenario del teatro.

Escribir a José Prieto Marugán