Ballet de Bordeaux en el Liceu
Picasso en escena 90 años después
(Por Enid Negrete)
El pasado 22 y 34 de octubre tuvimos la oportunidad de ver una reconstrucción de tres de los ballets que Picasso diseñó para la compañía de Diaghilev entre los años 1917 y 1919. Esta reconstrucción, realizada por el Ballet de Bordeaux, vino al gran Teatre del Liceu de Barcelona como parte de la conmemoración del año Picasso.
Desgraciadamente la música estaba grabada, y aunque se trata de una muy buena grabación, siempre es más interesante apreciar una interpretación en vivo. Por supuesto esto no fue ningún obstáculo para apreciar las composiciones de Satie, Falla y Lifar (ésta última con orquestación de Honegger y Szyfer).
La telonería con coloridos poco usuales en el Picasso más conocido, pero con una composición plástica que inevitablemente pertenece a este autor, no sólo servía como marco para la coreografía, sino que participaba como un personaje en movimiento en el ballet de Ícaro y hacía una referencia clara al colorido orquestal y rítmico de la música. Ver cómo la plástica cubista daba vida de los personajes, y los convertía en medios hombres, medios títeres, medios cuadros pictóricos, fue una de las aplicaciones más interesantes de las artes visuales que he visto en la escena.
Es muy gratificante observar que ni las coreografías reconstruidas de Léonide Massine y sergei Lifar, ni la estética escénica de Picasso, han envejecido noventa años después. Tanto en el escenario blanco y negro de perspectivas equivocadas de Parade, como en el estallido de color que nos transportaba con dos trazos a la luz de Andalucía del Sombrero de tres picos, o la relectura de la estética griega de Ícaro, comprobamos la vigencia de la búsqueda estética que lograron estos artistas inolvidables.
Todo esto también nos hace pensar en si hemos evolucionado como espectadores desde entonces.
Un acierto de la organización del teatro fue hacer al mismo tiempo una exposición tanto de vestuarios como de fotografía y críticas de la época, acerca del estreno estos ballets en la primera década del siglo XX. Es casi increíble que podamos leer descripciones como esta: “…si Parade está hecho en serio, hay que tomarlo a risa; si por el contrario es broma a tal extremo llevada, pues es broma de mal gusto” (Fausto. “Música y teatros. Liceu. Bailes rusos. Parade.” La vanguardia, Barcelona, 11 de nov. 1917). Evidentemente hay muchos elementos novedosos para su tiempo que justifican la sorpresa y el rechazo, como ciertos movimientos casi gimnásticos que se alejan por completo de lo que se consideraba “elegante” en ese momento, la música vanguardista o una estética que, al romper con el realismo reinante en la escena de principios de siglo, debió de haber sorprendido enormemente al espectador. Y es quizá, esas mismas características, que entonces se consideraron defectos, las que conservan su vigencia casi un siglo después.
Por ello, es interesante reflexionar sobre qué es lo rechazamos de la escena contemporánea que quizá, en un futuro, sea lo que le dé vida y conserve las artes escénicas en el porvenir. ¿Contamos en la actualidad con una propuesta estética tan sólida como la que fueron capaces de crear este conjunto de artistas irrepetibles?
Sería importante reflexionarlo.

