Los trágicos amoríos de Marie Pelissier-2

Los trágicos amoríos de Marie Pelissier...
y alguna otra aventura menos siniestra.

(Por Manuel M. Martín Galán)

Marie Pelissier (1707-1749), cantante de la Ópera de París, fue una de las figuras más destacadas y populares de la farándula francesa en el segundo cuarto del siglo XVIII. “Era la primera por su forma de interpretar”, decía un contemporáneo. Pero concluía: “y una de las primeras de su especie por la coquetería”. Lo que, dada la reputación de las filles d’opéra, era mucho decir. De una de sus más sonadas y trágicas aventuras y de otra más festiva nos haremos eco en estas páginas.

Marie Pelissier

Mlle. Pelissier como Flora, por Hubert Drouais, a partir de un grabado de Jean Daullé. Louvre

...y sus trágicas consecuencias

El asunto coleó durante unos meses en salones y mentideros. Incluso se estrenó con éxito en el Teatro Italiano una comedia de Boissy con vodeviles de Mouret titulada El triunfo del interés (8-11-1730) en la que, pese a haber intervenido el lápiz rojo de la censura, sólo faltaban los nombres propios de los protagonistas.

Pero la vida continuaba. La Pélissier siguió cantando y haciendo de las suyas. Francoeur entró en los veinticuatro violines en octubre de 1730 y un mes más tarde (20 de noviembre) hizo un intento de sentar la cabeza (o vivió un episodio más de su vida galante y de cazadotes, que todo pudo ser) contrayendo matrimonio con Elisabeth-Adrienne, hija (legitima, según su partida de bautismo; natural, según todos los rumores) de la gran actriz Adrienne Lecouvreur, fallecida en misteriosas circunstancias poco antes (no duró mucho, por cierto, el matrimonio y el proceso de separación fue particularmente ruidoso). Y otros escándalos no menos llamativos pasaron a primer plano.

Ahora bien, François Du Liz era tan rencoroso como rico. Y rumió la venganza. La paliza que para Francoeur pidió alguno de sus criados el día de marras podría no ser mala idea, concluyó. Sería un buen escarmiento. Habría que hacer algo también contra la Pelissier. Quizá desfigurarle la cara con alguna sustancia corrosiva, aunque esto habría que mirarlo más despacio. Encargó a uno de sus hombres de confianza que buscara un ejecutor. Se eligió a François Aline, alias Joinville, un hampón capaz de matar a su padre por unas monedas. Cuánto más por 15.000 libras, que era lo que se le ofrecía en este caso (el grueso de la remuneración, por supuesto, lo recibiría al concluir el trabajo). Los ojillos le brillaron de codicia. En su vida había visto semejante cantidad junta. La tarea no parecía difícil.

Joinville buscó en las tabernas y tugurios parisinos a algunos soldados de fiar, les contó el plan y prometió 24 libras a cada uno (un regimiento podía haber contratado por esa cantidad y aún le habrían quedado ganancias). Dicho y hecho. El domingo, 4 de marzo de 1731 él y otros dos compinches, armados con bastones, esperaron a Francoeur a la salida de la ópera. El músico, sin embargo, apareció en nutrida compañía y aunque le siguieron hasta cerca de su casa, no encontraron el momento propicio para el asalto. Hubo que aplazarlo...

Pero en el ínterin hicieron su aparición los agentes de la policía, interesados por el complot. ¿Se había ido de la lengua alguno de sus compinches? ¿Habló demasiado él mismo, borracho de dinero y alcohol? ¿O fue la persona que le leyó las instrucciones de Du Liz, dado que él era analfabeto? Nada se sabe, aparte de que el tal Aline-Joinville dio con sus huesos en la cárcel. En un bolsillo le encontraron una carta del banquero interesándose por el cumplimiento de sus órdenes. No llevaba firma, pero la Pélissier aportó de mil amores los datos necesarios para hallar documentos autógrafos con que comparar y autentificar el papel. El juicio (abril de 1731) fue rápido, considerándose -no se andaban los jueces con muchas sutilezas- la prueba concluyente. Du Liz y Aline fueron declarados culpables. “Du Liz -rezaba la sentencia-, de haber contratado y ajustado por dinero y Aline, de haber sido contratado y ajustado por dinero y de haber querido contratar y ajustar también por dinero a algunos soldados... para extralimitarse con François Francoeur”. Y aunque las penas fueron durísimas, al fiscal no le pareció suficiente y la recurrió. La apelación se vio en el Parlamento de París a principios de mayo de 1731.

Aline confesó que ni siquiera sabía exactamente la causa de la paliza y aunque en el interrogatorio salió lo de marcar la cara de la Pelissier, él dijo que sólo tenía instrucciones de hablar mal de ella y difamarla -pero ¿ante quién podría hacerlo alguien de su catadura y medio social?-. Fue sometido al procedimiento extraordinario (tortura, dicho a la pata la llana). Ocho vueltas de soga en el potro le dieron. Para no conseguir que ampliara la confesión ni delatara a más cómplices que los ya mencionados en el procedimiento ordinario. Y, por supuesto, para desgraciarlo físicamente. Tras la sesión extraordinaria, todavía tuvo que someterse a un careo con los soldados que le acompañaron la tarde de autos, que lograron salir airosos a costa del desgraciado (todos fueron indultados). Aline -era lo habitual en casos similares- no pudo ni siquiera estampar la señal con que suplían su firma los analfabetos, “dado el estado en que se encuentra”, anotó con rutinaria, fría y hoy diríamos que sarcástica prosa burocrática el escribano.

La sentencia fue, como pretendió el fiscal, más dura que la primera. Además de incrementar las penas pecuniarias, se condenó a Du Liz (en rebeldía) y a Aline-Joinville a “romperles vivos las piernas, muslos, brazos y riñones en un cadalso que para este efecto se levantará en la plaza de Grève en esta ciudad de París; hecho esto, sus cuerpos serán puestos en una rueda, con la cara mirando al cielo hasta acabar sus días”. Se ejecutó el 9 de mayo. Pero, como solía suceder, con ciertas modificaciones. Du Liz fue ahorcado en efigie. Y a Joinville se le aplicó el denominado Retentum de la Cour: para ahorrarle sufrimientos, fue humanitaria y piadosamente estrangulado antes de poner en práctica sobre su cuerpo los demás detalles dictados por los jueces.

Una ejecución por lo que, a fin de cuentas, no fue más que un complot sin consecuencias prácticas.

Una ejecución por lo que, a fin de cuentas, no fue más que un complot sin consecuencias prácticas... “Este juicio ha sido bastante rudo -escribía en sus memorias un reconocido testigo de su tiempo, el abogado Barbier-, tanto más cuanto que los bastonazos ni siquiera se dieron. Sin embargo, es un ejemplo necesario, sobre todo, para los extranjeros que, saliendo del país, creerían poder vengarse impunemente de cualquiera que quisieran”. Así se las gastaba la justicia y así se pensaba en aquellos refinados tiempos... dependiendo de quiénes fueran los implicados y afectados. También esto llamó entonces la atención. Y fue glosado con amarga ironía en unas coplillas que circularon por París:

“Admirez combien l'on estime / le coup d'archet plus que la rime. / Que Voltaire soit assommé, / Thémis se tait, la Cour s'en joue; / que Francœur ne soit qu'alarmé, / le seul complot mène à la roue, / le supplice de la roue”. Que viene a decir: “Admirad cuánto más se estima la arcada que la rima. Que Voltaire sea apaleado, Temis [personificación mitológica de la Justicia] se calla, la Corte se divierte; que Francoeur no sea más que amenazado, el mero complot lleva a la rueda, al suplicio de la rueda”. [El apaleamiento de Voltaire ocurrió en 1726 y había sido ordenado por el caballero de Rohan-Cabot. Cuando Voltaire, como respuesta, desafió en duelo a su agresor, fue encerrado en la Bastilla y liberado después con la orden de exiliarse. Marchó a Inglaterra, donde residió durante dos años y medio].

Y DESPUÉS...

“Ya que se ha sido tan rígido en este asunto... se debería actuar contra Mlle. Pélissier, pues hela ahí vehementemente sospechosa de tener comercio carnal con un judío, lo que está prohibido bajo penas. Además, es una pícara que por su libertinaje ha causado todas estas desgracias. Teniendo un amante como Du Liz, que le hizo mucho bien, no debía estar en desenfreno con Francoeur. Por esto sólo merecería haber sido encerrada. Pero como se tiene necesidad de Mlle. Pélissier para la Ópera de París, se la ha dejado y se mira esto como una gentileza. Y como no se tenía nada que esperar del señor de Joinville, se le rompió en la plaza de Greve”. Es el abogado Barbier quien -olvidando, por cierto, al multicornudo primario, Mr. Pélissier- escribe de nuevo. Y, en efecto, no se actuó contra la soprano, a quien las tremendas consecuencias del incidente que había protagonizado no le afectaron lo más mínimo, como si le fuera ajeno.

Antes de transcurrir un mes de la ejecución del desgraciado Joinville se vio de nuevo en el ojo del huracán. Aunque esta vez no estaba sola. Fue el 4 de junio de 1731. Aquel día, Maximilien-Claude Gruer, director de la Ópera, dio un banquete en su residencia, situada en el denominado Almacén de la Ópera.

Andre Campra

Andre Campra

Era éste un vasto edificio levantado en las postrimerías del reinado de Luis XIV en la calle de Saint Nicaise como anexo de la Academie Royale de Musique que alojaba la administración de la ópera, los archivos, los talleres de los sastres y servía también para almacenar vestuario, máquinas y decorados ya usados. Allí se efectuaban, bajo la dirección del maître de musique, los primeros ensayos de las óperas. Y había también una escuela de danza donde se formaba a las futuras figurantes y coristas. Aunque, en realidad, las filles du Magasin aprendían mucho más. De todo, menos virtud. No se debía a habladurías sin fundamento la escandalosa reputación del Almacén. “Ne connaissez-vous pas cette école de vices / où l’on fait jour et nuit des charmants exercices, / séminaire nouveau du sexe féminin, / nommé communément sérail sulpicien?”, se leía en una sátira aparecida a raíz del asunto que nos ocupa [¿No conocéis esta escuela de vicios / donde día y noche se hacen encantadores ejercicios, / nuevo seminario del sexo femenino, / llamado comúnmente serrallo sulpiciano? -alusión a un cura de San Sulpicio, asiduo visitante del almacén-].

En el banquete de Gruer participaron el venerable compositor André Campra (71 años gravitaban ya pesadamente sobre sus hombros), por entonces Inspector General de la Academie Royale de Musique y uno de los vice-maestros de la Chapelle Royale; el joven Pancrace Royer (c.1705-1755), director de la orquesta de la Ópera; un socio del director llamado Magnac o Mogniac y un tal Péronne, del que poco o nada más que esto se sabe. No estaban mal acompañados: compartían mesa con ellos tres damiselas de la Ópera. Eran Mlle. Pélissier, salsa de todos los guisos picantillos, la célebre bailarina Marie-Anne Cupis de Camargo, que parecía querer olvidar la reciente pérdida del amor de su vida entregándose a una vorágine de aventuras y placeres, y su colega Duval de Tillet, tan ignorada profesionalmente como famosa por sus galanterías, y más conocida como La Constitución o La Bula, porque la vox populi la hacía hija de monseñor Cornelio Bentivoglio, nuncio papal y gran promotor de la constitución apostólica o bula Unigenitus, condenatoria del jansenismo. [Algún relato posterior a los hechos escrito por una autoridad en la materia cita, quizá por equilibrar géneros, a otras dos participantes: Mlle. Petitpas, notable soprano, y a una hermana de La Constitución, también bailarina y llamada por extensión La Breve, en alusión al documento pontificio de este nombre. Pero los papeles contemporáneos sólo hablan de las tres citadas]. Todas andaban por la veintena y -no habría ni que decirlo- sus cuerpos estaban en plenitud.

Y ya se sabe... La primavera, la comida copiosa, los caldos espirituosos... Poco a poco la cabeza se ofusca, los controles mentales se relajan, los sentidos se enardecen, la conversación se va haciendo insinuante, la sangre, sin sentir, entra en ebullición y... Alguien se preguntó en voz alta quién de las tres tendría el trasero más hermoso y turgente. La interrogación no cayó en el vacío. Hubo un intercambio cómplice de miradas acuosas y se oyeron unas risitas golfuelas. Que tú, que yo, que sí, que no, que vamos a verlo... Dicho y hecho. Las ninfas se levantaron de la mesa, se despojaron de su ropa, adoptaron la posición adecuada... et voilà: entre exclamaciones de admiración y sorpresa, los tres esculturales culos quedaron al aire para someterse al veredicto del jurado. Cuya adopción no resultaba fácil. Cada una de las concurrentes tenía, objetivamente, serios y sobrados méritos para alzarse con el premio. Y adoptaban posturas y actitudes voluptuosas para atraer la atención de los árbitros, desbancando a sus rivales. Los jueces, por su parte, no querían decidir a la ligera y se tomaron su tiempo para examinar detenidamente las cualidades de las candidatas (se dice que el viejo Campra, medio cegato, era el que más interés ponía en ello, supliendo con el tacto lo que la vista ya no podía apreciar).

... Dicho y hecho. Las ninfas se levantaron de la mesa, se despojaron de su ropa, adoptaron la posición adecuada...

Lamentablemente, desconocemos con certeza el veredicto. Alguna fuente supone que fue la Camargo la vencedora; otras afirman que, para poner a todas las vanidades de acuerdo, los jueces se confesaron incapaces de discernir entre tanta belleza, declarándose el concurso desierto... Pero, en cualquier caso, aquella misma tarde el concurso se conoció en todo París: durante la orgía, las ventanas del salón habían permanecido abiertas y, atraídos por voces y risas, la gente del almacén y cuantos curiosos quisieron meter la narices fueron testigos de la fiesta. En menos que canta un gallo corrieron panfletos, sátiras -una de las de más calidad, debida al poeta Gentil Bertrand y titulada Les orgies, se recreaba con una alegoría mitológica de la velada- y letrillas adaptadas, en popurrí, a las melodías de moda. Y el lugarteniente de la policía, M. Hérault, probablemente instigado por los socios de Gruer, que no estaban muy a bien con él, se interesó también por la alegre sobremesa. Finalmente, rodó la cabeza de Gruer, destituido como director de la Ópera en septiembre de 1731. Pero arreciaron las hojas volanderas, siempre del lado de los investigados y recordando que el propio Hérault, atento a la paja en el ojo de los demás, no veía la viga en el propio. Vean dos ejemplos:

Si de la Constitution / le trop tendre Gruère / dans un instant d’émotion / a baissé le derrière, / Hérault, laisse gronder les gens, / ce cas est graciable: / Ce que tu fais depuis quinze ans / est-il punissable? [Si de la Constitución / el demasiado tierno Gruère / en un instante de emoción / ha besado el trasero, / Hérault, deja murmurar a la gente, / este caso es indultable: / lo que tu haces desde hace quince años / ¿es castigable?].

Au magasin de Saint-Nicaisie / trois belles montrent à leur aise / cul mol, cul noir et cul vilain. / Hérault, dit-on, s’en scandalise. / Elles sont dans leur magasin, / c’est pour montrer leur marchandise [En el almacén de Saint-Nicaisie / tres bellas muestran a su gusto / culo suave, culo negro y culo villano. Hérault, se dice, se escandaliza. /Ellas están en su almacén / es para mostrar su mercancía].

Y no hubo más.

Escribir a Manuel M. Martín Galán