Ópera
El público de la ópera
o ese monstruo de las 1000 cabezas
(Por Enid Negrete)
A todos los que, como yo, piensan que la ópera
no es una afición o un oficio, sino una razón para estar vivos
Enid Negrete
Hay un aspecto que rara vez tomamos en cuenta los directores de escena cuando nos acercamos a la ópera, y es el tipo de público al que nos dirigimos con nuestro trabajo. Consideramos que es, de entrada, burgués, tradicionalista y retrógrado, que no está abierto a los cambios ni a las propuestas innovadoras. Nos sorprende que diga cosas como que no le importa lo que digan los cantantes o qué tan creíbles sean físicamente en relación con el papel que interpreten, siempre y cuando canten bien o tengan una gran voz. Y que esperen un aria o un dúo determinado para enloquecer y llorar nos puede resultar incluso cursi y risible.
No parece que nos enteremos siempre de quién es el espectador medio que acude a la ópera cotidianamente, y siempre es más fácil llamarlo inculto, que entenderlo. Porque para entenderlo tendríamos que ser uno de esos abonados que, mes con mes, se sientan desde hace 50 años en el mismo lugar del teatro, que ha visto las buenas y las malas épocas del teatro y que, en muchos casos, aunque no se dediquen a la ópera en ninguno de sus ámbitos, su vida gira en gran medida entorno a ella. ¿Qué hace esa gente? ¿Todos son venerables ancianos aferrados a sus recuerdos y nada más? ¿Realmente no aceptan cambios? No podemos ser tan radicales, ni de un lado ni del otro.
Cuando presenté recientemente mi tesis doctoral, uno de mis jurados me criticó el hecho de usar la palabra fanático para definir a los aficionados sin freno de la ópera. Yo le expliqué que nosotros mismos nos llamamos así, y además con un orgullo casi de casta y noble herencia. Y sí, claro que nuestra afición cae en el fanatismo.
Conozco gente que escoge pareja dependiendo de los gustos musicales de los pretendientes, que hipotecan su casa para poder ir a ver una producción determinada, que buscan hacer vacaciones en lugares donde haya festivales de ópera, que tienen en las alacenas de su cocina programas del teatro del que son abonados en lugar de comida o platos y vasos. Gente que cruza continentes para ver a un cantante o una producción o una ópera determinada o que van a ver una mala producción cinco veces para poder gritar su desaprobación al final. Familias mexicanas que llegan a una ciudad europea y que antes de saber dónde se van a hospedar o qué van a comer, van a al teatro de ópera con todo y su equipaje, para comprar las entradas que encuentren. Personas que han aprendido a leer música para poder seguir las óperas, que dirigen sus cds como si tuvieran a la orquesta delante, que cuentan los segundos que dura cada agudo. Conozco gente que enloquece por la ópera de la misma manera que lo hace la Lucia de Donizetti.
En el Insitut del Teatre de Barcelona hay una colección de miniaturas de escenografías (que incluye una reproducción del Teatro del Liceo) que hacía un fanático para representar a sus invitados óperas en teatritos cuando la temporada había terminado. Y una serie de fichas hechas por un señor casi ciego, que registran cambios de reparto o de repertorio de las funciones de ese teatro. En ninguno de los dos casos estas personas ganaron ningún provecho económico por su minucioso y laborioso trabajo.
...como consecuencia de esta pasión desmedida, el espectador medio que acude a la ópera tiene conocimientos que muchos musicólogos quisieran
Y el asunto es mundial, no se circunscribe a los países de larga tradición operística. En Latinoamérica y más específicamente en México, el fanatismos por la ópera llega a grados de violencia en las butacas y gritos de gallola, incluso ahora que la actividad en ese país operística no está en su mejor momento.
Entonces, como consecuencia de esta pasión desmedida, el espectador medio que acude a la ópera tiene conocimientos que muchos musicólogos quisieran, ha escuchado a cantantes que no han sido registrados en grabaciones y a veces, por desgracia, sabe más que muchos de los que están en el escenario y en las oficinas de los teatros. Evidentemente no se puede decir que es la totalidad de los espectadores, pero sí un gran porcentaje.
Pero además no es un asunto de edad. Hace poco me encontré a un chico de alrededor de 25 años que, a pesar de ser sólo un estudiante, tiene 4 abonos del Gran Teatre de Liceu, para no perderse ningún elenco. Otro ejemplo es uno de mis mejores amigos, que apenas pasa de los 30 años y posee una de las colecciones más completas sobre Maria Callas que hay en México o uno de mis compañeros del quinto piso del Liceu, que compra además de las entradas que incluye el abono, otras para las demás funciones de cada ópera y el hombre no llega a los 30 años.
No, no tenemos nada que ver con el público de teatro que acude cotidianamente a las temporadas teatrales. Siempre tan correcto, tan abierto a todas las novedades, que le guste o no le guste la obra siempre aplaude, ¿cómo puede compararse con la bola de salvajes en la que se convierte el público de la ópera tanto cuando hay un agudo roto como cuando una función es maravillosa? ¿Alguien ha visto en una obra teatral que los espectadores lleguen a las manos porque tienen opiniones distintas sobre el montaje?
Somos un tipo de espectador que se sabe la obra antes de verla y muchas veces la considera SU ópera, que no quiere verla como si fuera la primera vez, sino que básicamente quiere que suceda un milagro. ¿Y qué es el milagro que buscamos?
El milagro de Maria Callas o de Franco Corelli, Teresa Stratas o Plácido Domingo, el milagro de los montajes de Visconti, Cheréau o Pizzi, de las óperas de los ballets rusos, de las interpretaciones de Carlo Maria Gulini o de Claudio Abbado. Esos milagros que pasan de generación en generación (“mi abuela estuvo cuando Caruso hizo…”, “mi padre fue a la función cuando debutó…”) y que marcan la vida de las personas de una forma contundente (“y cuando lo oí algo cambio para siempre…”, “entendí lo que significaba la esperanza…”) Queremos ese hecho mágico y portentoso que significa el cantante perfecto dando el sonido perfecto, acompañado por la orquesta perfecta, que interpreta la partitura perfecta, en el escenario perfecto. Lo queremos todo, primero porque ya ha habido quien lo diera todo, y segundo porque estamos dispuestos a darlo todo a cambio.
¿Por qué? Porque ahora, como hace cuatrocientos años, una soprano (que se puede llamar Adelina Patti, o María Callas o Edita Gruberova) da un mi bemol sobreagudo y por quince segundos dos mil espectadores dejan de respirar al mismo tiempo y algo precioso, único, irrepetible se vuelve suyo para siempre. Eso ha sido, es y será la ópera.
Y el director de escena, puede estar de acuerdo o no, puede querer cambiarlo o criticarlo o reinterpretarlo, pero antes tiene la obligación de saberlo.

