Crítica de libros
En busca de Arriaga
(por Joaquim Zueras Navarro)
En busca de Arriaga. Ramón Rodamiláns Ed. MINIMA 172 páginas ISBN 84-88196-58-2
Debemos agradecer a algunos biógrafos el hecho de haber mantenido en sus investigaciones una tenacidad a toda prueba. Reunir datos sobre una vida tan corta como la de Juan Crisóstomo Arriaga (1806-1826) requiere una paciencia digna de encomio, pues todo parece haberse confabulado para que de este compositor nos llegaran los mínimos datos posibles: Un padre que, quizás abatido por la muerte de su hijo, no mostró interés por ordenar los papeles, cartas y partituras, baúles que acabaron sirviendo de alimento para las ratas, panegíricos como el del musicólogo belga François Joseph Fétis, profesor de Arriaga en el conservatorio de París, que tienen más de elogiosos que de rigurosos, etc. Así pues, tal como confiesa Rodamiláns en su Introducción, bajo el título En busca de Arriaga, no sólo pretende ofrecernos un boceto biográfico del compositor, sino también relatar los problemas e interrogantes con los que ha tropezado, lo cual convierte el libro en doblemente interesante.
La primera parte trata de la vida de Arriaga en Bilbao (1806-1821) y se abre con el árbol genealógico, en el que destacan algunos clérigos y escritores de cierta relevancia. El padre, Juan Simón de Arriaga, demostró aptitudes musicales según se desprende de su trabajo como órganista de la iglesia de Barriatúa cuando sólo contaba diecisite años, más tarde se dedicó a los negocios e incluso fue escribano, por lo que se trasladó de Rigoitia (Vizcaya) a Bilbao. Su boda en 1787, a los veintiún años, es cuanto menos singular: Se celebró por poder y la ratificación de la misma solamente dos meses más tarde en la misma parroquia de Santa María de Guernica. ¿Qué asunto urgente o inesperado retuvo a Juan Simón lejos del lugar de la celebración?. En 1804 llegó a Bilbao acompañado por Rosa, su mujer, y sus siete hijos; el ambiente que encontraron es el retratado por Melchor Gaspar de Jovellanos en sus Diarios de viaje pocos años antes, tan distinto del actual.
En 1805, perdieron al hijo menor cuando Rosa estaba ocho meses en cinta de Juan Crisóstomo. Los primeros años de Arriaga hijo trancurrieron en medio de la guerra con Francia, que tanto empobreció a los españoles. Por eso sorprende que Juan Simón prosperara en sus negocios, llegando a ser el propietario de dos embarcaciones de pequeño porte. ¿Cuándo empezó Arriaga su educación musical? ¿Fue autodidacta como insinúa Fétis? ¿Recibió alguna formación de su padre? ¿Le impartió clases de violín un tenor bilbaino llamado Fausto Sanz?. Pese a que la vida musical en Bilbao era muy limitada, es probable que asistiera a conciertos dados en algunos salones y que él mismo tocara el violín con habilidad. En el libro hay un dibujo a pluma de Arriaga de uno de esos salones, que hizo a los once años y que tanto gustaba a Manuel de Falla. En 1817 compuso un octeto al que quizás alguien tituló Nada y mucho, que fue bien recibido por el talento precoz del músico y por su capacidad para crear y desarrollar ingeniosas ideas musicales. Al año siguiente compuso un “Nonetto” al que dio el número 1 de opus, por lo que tal vez menospreció sus pequeñas creaciones anteriores.
En el capítulo cuarto el autor se adentra en la ópera Los esclavos felices y apunta nuevas incógnitas, como la de si llegó a representarse en Bilbao. Olvidada la partitura en un desván, muy deteriorada por la humedad y las ratas, sólo se conservó la obertura y algunos pequeños fragmentos que Juan de Erase intentó reconstruir. Siendo una obertura espontánea y atractiva, que de nuevo refleja la capacidad creadora y el asombroso sentido contrapuntístico de un adolescente de trece años, ¿cómo sería el resto? Queda siempre la esperanza de que un día aparezca alguna copia del original.
¿Y qué sabemos de su carácter, gustos, ideas, costumbres y vida cotidiana? Su padre ya estaba resuelto a enviarlo al conservatorio de París, aunque consultó a otros músicos en los que confiaba. Así, Juan Crisóstomo Arriaga compuso y envió un Tema Variado que fue enviado a Francesco Vaccai, músico de la Casa Real de Fernando VII, y un Stabat Mater para someterlo al juicio de José Sobejano, organista de la catedral de León. Ambos confirmaron la admirable disposición de Arriaga.
La segunda parte es la de su estancia en París (1821-1826), por entonces ciudad de contrastes, cosmopolítica y sofisticada, pero con un alto índice de criminalidad. No nos han llegado noticias de su viaje ni de su acomodo. Parece que fue presentado al Conservatorio por el compositor y tenor sevillano Manuel García y por el cónsul de España, solicitando cursar las clases de armonía y contrapunto a cargo del prestigioso Fétis. El libro relata muy bien las tendencias conservadoras del Conservatorio durante aquellos años. ¿Además de la austera asignación bimensual paterna, recibió alguna ayuda económica? ¿Obtuvo algún trabajo remunerado? ¿Trabó amistad con el catalán Fernando Sor? ¿Acudió a alguna de las célebres veladas de Rossini?
En 1823 es nombrado “repetiteur” del Conservatorio. Un puesto más importante que el de auxiliar de cátedra de las universidades españolas, responsable de la clase durante todo el curso, pero sin sueldo; algo que hoy se me antoja una rareza. Sobre los tres excelentes Cuartetos publicados en París en 1824, cuando Arriaga había cumplido dieciocho años, el libro cita los interrogantes de José Antonio Gómez y su conclusión al respecto: “Puesto que ni Ph. Petit ni ninguna otra editorial de entonces se caracterizaban precisamente por divulgar o apostar sin más por la obra de jóvenes promesas –que en París las hubo siempre por docenas- es obvio que alguien debió pagar toda o parte de la edición de los Cuartetos de Arriaga”. En cuanto a su Sinfonía en Re, Enrique Franco ha escrito: “desde el punto de vista histórico, la Sinfonía funciona como un repuesto que España ofrece al mundo para cubrir el vacío de su prerromanticismo musical, a la vez que nos advierte sobre lo que podía haber sido la creación de un músico extraordinariamente dotado, capaz de imaginar en su temprana juventud partituras de tan alta madurez”. Cuando se encontró la obra, faltaban 170 compases del primer movimiento y 30 del cuarto que José Antonio Gómez se encargó de revisar, estrenándose en París el 21 de enero de 1994 por Jordi Savall y su orquesta El Concierto de las Naciones. En este libro se comentan ambas obras con detalle.
Son también importantes sus obras vocales compuestas en París. Ha desaparecido un Salve Regina, una misa a cuatro voces y una imponente fuga a ocho voces sobre las palabras del Credo “Et vitam venturi”, obra que impactó a Cherubini, director del Conservatorio. Arriaga debió de prestar esas obras a algunas parroquias y ya no sabemos más. Otras obras basan su temática en la mitología, en episodios del Antiguo Testamento o en argumentos relacionados con el Oriente Medio, siguiendo los gustos de la época. ¿Cuántas pueden haberse perdido?. Medea señala la apertura de Arriaga en el romanticismo, tanto por la elección del poema como por el amplio uso de la tonalidad.
La leyenda romántica describe los últimos meses del joven Arriaga como los de un ser atormentado por el trabajo en el Conservatorio y un deseo irrefrenable por componer, actividades que le conducirían a una muerte por extenuación. Sin embargo, parece que una tuberculosis fulminante, a la que tal vez ningún medicó atendió, fue el motivo de su fallecimiento.
El libro, encuadernado con mimo y con interesantes ilustraciones, añade un índice de composiciones muy útil y una extensa bibliografía.

