Editorial
Sobran abandonos y cancelaciones
Diciembre de 2006, el Teatro alla Scala, de Milán, anota en su historia un gran escándalo que reproducen y amplifican los medios de comunicación del mundo: en plena representación de Aida, el tenor italo–francés Roberto Alagna, abandona la escena, dejando con la palabra en la boca a su compañera Ildiko Komlosi, y siendo sustituido por Antonello Palombi, que salió a cantar en traje de calle,
La historia de la ópera registra los suficientes abandonos como para establecer una clasificación. Los hay que se producen antes del estreno, otros durante los ensayos por discrepancias con directores de escena o de orquesta; algunos han cancelado por otro contrato más rentable, económica o artísticamente. No faltan casos de enfermedad ficticia, incluso con justificante médico de por medio. Hasta se sabe de cancelaciones producidas porque el cantante considera no estar en las condiciones adecuadas y no desea dar un mal espectáculo.
Estas suspensiones provocan incomodidades, disgustos y decepción en el público, pero suelen ser entendidas y comprendidas. Lo que el público no soporta son aquellas cancelaciones, abandonos o huidas en los que sospecha engaño, fraude o desprecio. Tampoco las que ponen en duda sus conocimientos y su cultura; eso de que le desprecien o le tachen de ignorante no lo admite.
Es frecuente que quienes protagonizan sucesos de este tipo declaren que el público es ignorante cuando protesta, pita o patea, pero no opinan lo mismo cuando ese mismo auditorio les aplaude y vitorea. Es frecuente también, que se declaren víctima de “manos negras”, de complots, de “grupos de presión”; un recurso habitual, una excusa común; la culpa siempre la tienen otros, ellos son pobrecitas víctimas.
Ninguna de estas razones es válida ni admisible. Al público se le debe respeto y cualquier profesional, sea cantante, actor o director de escena, está obligado a dárselo. No es de recibo ofenderle ni molestarle gratuitamente. Alagna, para demostrar sus cualidades, cantó, uno o dos días después, en la puerta del Teatro, un fragmento de Madama Butterfly, Esto es una provocación en toda regla, fuera de lugar.
Un profesional debe saber qué es lo que puede y lo que no debe cantar, y asumir las consecuencias de sus decisiones. Y si no está preparado para llegar al célebre Do de pecho, no debe echar la culpa a la supuesta “ignorancia” del público que se lo recrimina. A ningún cantante le obligan a interpretar lo que no quiere o no puede. Tampoco a cantar en un teatro determinado. Los profesionales saben que ciertas plazas son más “peligrosas” que otras; la Scala está entre las de mayor dificultad. Pero también es cierto que cuanto más riesgo, mayor gloria.
No es admisible que se modifiquen las ideas de los creadores hasta el punto de hacer irreconocible su obra. De esto saben mucho algunos directores de escena, pero por seguir con el tema del canto, recordemos el ejemplo de la “Celeste Aida”, fragmento en que se produjo la “espantá” del tenor Alagna. Los tenores se quejan de que es un aria muy dura, que han de cantar sin apenas tiempo de calentar la voz… pero sabiendo esto, lo que deben hacer es prepararse adecuadamente, o elegir otra ópera.
En primera instancia, las cancelaciones, abandonos o incumplimientos, son achacables a quien las protagoniza, pero no siempre es el único responsable.
¿Y el público? ¿Es admisible que se comporte groseramente? Desde luego que no. Nunca se puede dar la razón a quien, aprovechando la impunidad y el anonimato da la masa, se muestra maleducado, grosero, violento y déspota. Claro que tiene derecho a manifestar su desacuerdo, pero nunca de manera colérica, furibunda, intolerante e incívica. Quizá el silencio sea una forma de desaprobación muchísimo más dura.
¿Y la industria?. Alrededor de la ópera, arte indiscutible, existe una industria que funciona con objetivos financieros, en la que se dan algunas prácticas empresariales que pueden enrarecer el ambiente. Hay gerentes que no contratarán nunca a determinado cantante, porque no se llevan bien con él; hay agentes que obligan a contratar “lotes”: si quieres a la primera figura, tienes que ajustar a su esposa. Hay teatros que sufragan los caprichos más tontos –y caros– de la diva que viene a cantar media hora, y apenas pagan a los pobres cantantes que comienzan. Prácticas de este tipo existen y no son beneficiosas para la ópera. No son fáciles de demostrar, naturalmente, pero como las meigas…
¿Y los medios de comunicación que nunca se ocupan de la música, excepto cuando hay escándalos? Ya sabemos que los responsables de estos medios justificarán su comportamiento con aquello de “la información”. No les falta algo de razón, la prensa debe informar, pero también es verdad que no vendría mal de vez en cuando, “formar”, ofrecer datos que pueden dejar un poso de cultura, respeto y educación en sus lectores/oyentes.
¿Y la crítica? Sin que pretendamos aprovechar el río revuelto, ni arrimar el ascua… situaciones de este tipo son las que justifican la existencia de la crítica, porque es ella quien tiene la obligación moral de orientar al público, tratando de emitir un juicio justo sobre el suceso en cuestión. Cuando un divo da una “espantá” como la del señor Alagna, los comentarios, justificaciones, causas, orígenes… son numerosos. Ya lo hemos entrevisto: que no está preparado, que si el público es intransigente o inculto, que si lo cantó como está escrito, que si siguió la tradición de los grandes … En este maremagnum hace falta la orientación sensata, desapasionada, conocedora y todo lo objetiva que sea posible, para que las gentes vayamos aprendiendo a distinguir la paja del grano.
Es sabido que el mundo de la ópera es algo especial, en el cual, entre un gran número de personas sensatas –profesionales y aficionados–, destacan los divos caprichosos y endiosados que rozan el ridículo, los aficionados intransigentes, los “expertos”, los poseedores de la verdad absoluta … Una fauna que, entre todos, profesionales y aficionados, deberíamos desterrar. Uno va a la ópera, o a cualquier espectáculo, a disfrutar, a sentir el arte, a pasar un buen rato, no a verse rodeado de energúmenos que gritan como posesos, ni a que le den gato por liebre.
Aunque haya quienes piensen que estas broncas vienen a demostrar que la ópera está viva, pero no parece que la intolerancia, la mala educación, la grosería, la falta de respeto, de unos o de otros, sean buena compañía.

