Ópera en Bilbao
Oberto, conde de la cabaletta
(Por Otis B. Driftwood)
55 Temporada de Ópera de OLBE-ABAO. Palacio Euskalduna. Bilbao, 23 de Enero de 2007. Oberto, Conte di San Bonifacio, Drama en dos actos. Música: Giuseppe Verdi. Libreto: Temistocle Solera, basado en una obra de Antonio Piazza. Estrenada en Milán, Teatro alla Scala, el 17 de noviembre de 1839. Oberto: Ildar Abdrazakov. Leonora: Evelyn Herlitzius. Ricardo: Carlo Ventre. Cuniza: Marianne Cornetti. Imelda: Nuria Lorenzo. Producción ABAO-OLBE. Director Musical: Yves Abel. Director de Escena: Ignacio García. Escenógrafo y Figurinista: Domenico Franchi. Iluminador: Vinicio Cheli. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Coro de Ópera de Bilbao. Director Coro: Boris Dujin.
Cuando Verdi repasaba, ya anciano, su larga vida de compositor, siempre desdeñaba sus dos primeras obras, e insistía en que su carrera comenzaba con el éxito del estreno de Nabucco, en 1842. Los intentos de sus amigos por “resucitar” Oberto obtuvieron una educada pero firme oposición del maestro. Se puede decir, con cierto fundamento, que Oberto, Conte di San Bonifacio no le gustaba ni a su autor. No me extraña. En apenas dos actos, parece difícil hacer semejante alarde de nulo valor dramático y escaso interés musical. La obra casi se puede calificar de caricatura de lo peor de las óperas verdianas,…si no fuera porque sería una paradoja que la caricatura precediera al original.
Y es que el libreto de Solera contiene todos los tópicos del género, (tormentas, “patrio suol”, “vendetta”, “gioa dell’amor”, “o padre mio”, y hasta escena de locura, aunque debo admitir que falta “mezzanotte”, lo que decididamente constituye una grave omisión), los personajes son de cartón piedra y todo lo interesante (hasta la muerte del protagonista) sucede fuera de escena. Si a tal memez dramática, de un estatismo escénico casi “parsifaliano”, se le añade una férrea estructura de números musicales al estilo belcantista, el resultado es esta especie de oratorio, una mera sucesión de coros, recitativos, arias, dúos, o tríos ninguno de ellos memorable, ni especialmente bello, y a los que sigue la inevitable cabaletta (pese a su velocidad, un freno que lo arrasa todo y que, sin remisión, arruina, con su ritmo pachanguero, cualquier tensión dramática que se haya podido crear hasta ese momento) o el concertante. Todo ello tras una obertura en la que uno cree escuchar ya melodías que luego aparecerán en “La Travista” o “La Forza” pero cuyo final es digna música de fondo para una pelea de tartas o una persecución enloquecida en una comedia desquiciada.
En fin, supongo que “disfrutar” de este Oberto es el primer precio a pagar (¡y los que quedan!) por esa idea del “Tutto Verdi.
Asumió el papel protagonista el bajo ruso Ildar Abdrazakov. Posee una voz de bello color y cálidos acentos baritonales (sospecho que no demasiado extensa hacia el registro grave, lo que en esta obra, y en Verdi en general, no supone demasiado problema) muy adecuada para la exigencia del personaje. Su fraseo es claro y elegante, su línea de canto es imponentemente noble, y su presencia escénica convincente. Un magnífico cantante, que protagonizó los mejores momentos de la representación. Destacaría especialmente su intervención en la escena “L’orror del tradimento” del segundo acto.
La soprano Evelyn Herlitzius, cantó con corrección, de forma no demasiado expansiva ni expresiva, el papel de Leonora, una parte sin demasiadas oportunidades para ofrecer una actuación conmovedora. Cumplió con creces la ingrata tarea, aunque quizá exageró demasiado su actuación en el final de la ópera. Más que enloquecida parecía atacada por los violentos espasmos de lo que en la época en que se desarrolla la ópera se hubiera considerado una posesión diabólica. Ahora diría que se ha fijado en un ataque epiléptico como modelo para su actuación.
Cumplió también, al menos vocalmente, la mezzo Marianne Cornetti, como Cuniza. A destacar especialmente su intervención en el segundo acto, “Oh, qui torna l’ardiente pensiero”, pienso que la parte más inspirada musicalmente de la obra. Además al estar seguida por una cabaletta algo más contenida que las demás, su efecto resulta más intenso. No obstante, Cornetti demostró una absoluta ausencia de sentido teatral, con una interpretación estática y prácticamente inexistente.
Asumió la parte de Ricardo el tenor Carlo Ventre. Su voz muestra en ocasiones un bello color, pero también -y esto de forma permanente- una notable falta de técnica, lo que hace que su canto resulte irregular, tan pronto opaco como al momento siguiente brillante, en ocasiones calante y bordeando constantemente la catástrofe vocal. Aunque supongo que no será fácil encontrar a un cantante dispuesto a aprenderse una obra con la que probablemente nunca volverá a subirse a un escenario.
Bien Nuria Lorenzo en el casi anecdótico papel de Imelda, cuyas principales intervenciones se sumergen en masivos concertantes. Pese a ello, se hizo oír en los números de conjunto, sin caer en la tentación de “esconderse”.
Yves Abel, con una dirección contenida, consiguió evitar (o al menos paliar en lo posible) las numerosas oportunidades que la partitura da para caer en la chabacanería y la pachanga más despendolada. Se moderó y moderó el conjunto. Lo que no es poco. Contó para ello con la eficaz labor de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, un grupo de estimable calidad y de espléndido sonido. Y también, correcto el coro, pese a los evidentes desajustes en su primera intervención.
La producción de Ignacio García para OLBE-ABAO es clásica y sin pretensiones de “çmodernidad, ni escándalo (si alguien cree que una obra como está inmunizada contra las "imaginativas" propuestas de los directores de escena, aunque solo fuera por lo poco que se representa, se equivoca: en 1994, se presentó un montaje en el que se trasladó la acción al siglo XX y Oberto era un clon de Mussolini). A destacar los magníficos decorados de Domenico Franchi, que se van modificando a la vista del público para pasar de una escena a otra. Sorprendentemente eficaz, por ejemplo, el paso del bosque al castillo y viceversa.
En cualquier caso diría que fueron demasiados mimbres para tan poco cesto.

