Opinión
¿Música clásica?
(por Daniela Renjel Encinas)
Si me preguntan qué tipo de música canto digo “lírica”, y supongo que queda perfectamente claro. Ahora, si le preguntan a mi pianista qué tipo de música toca, dice “clásica”, y lo que se entiende -estoy segura- es que pasa horas frente a, por ejemplo, Rachmaninov, Grieg o el mismo Chopin, al margen de sospechar que tuvo una formación académica e interpreta el dificultoso repertorio de “los grandes compositores”. Lo que me da vueltas actualmente es el hecho de que el término “clásico”, tan comprensible por comunicable, es inexacto, inadecuado, o en el mejor de los casos ambiguo.
¿A qué hace referencia lo clásico? A un periodo histórico. Y justo ahí encontramos el primer tropiezo. ¿Tocas música del tiempo de Mozart? ¿Algo de Haydn tal vez? ¿Algunas sonatas de Beethoven? Y es que todo lo que no comprenda el período clásico deja de ser clásico (¿acaso?). Entonces, apelemos a otra acepción de lo clásico, y digamos: lo que no pasa de moda. Segundo tropiezo, porque “Con tu pollera coloraá” es un indudable clásico de la cumbia, de ahí que por la misma vía surja la pregunta lógica: ¿Clásico de qué es una Suitte de Bach? ¿de Bach?
No falta quien percatado de dicha desavenencia históricoestilística sugiere que mientras practica la buena lectura escucha música “selecta”, y yo me pregunto entre qué colección de éxitos eligió sus propios hits, ya que antes de empezar mi sesión de aeróbicos, yo también selecciono la música que considero apropiada. Selecta ante qué, contra qué, por quién.
Y finalmente, otro término en circulación, de los más originales, es el de música “culta”, cosa que me parece podría hasta llegar a ofender, no digamos a un indígena y su tradición pentáfona, sino a la propia Celine Dion que no creo esté de acuerdo en aceptar que ella hace música inculta. De qué estamos hablando entonces. De, nuevamente, ¿un discurso de poder que nombra y se nombra a partir de lo que cree ser? ¿de una visión europeizada y europeizante que clasifica, selecciona y pretende culturizar su propia práctica? Pero la cosa no se queda ahí, porque, por si fuera poco, la noción de “música contemporánea” ni siquiera roza a Alejandro Fernández –que yo sepa más vivo que nunca y cantando por aquí y por allá- sino solamente a la misma tradición que proclama que es “la música de hoy”, pretendiendo negar tácitamente el hecho de que el 80 % de la música que acaricia mis oídos, y a veces los tortura, es contemporáneo.
Aunque lo he hecho, el sentido de estas reflexiones no apuntaba a una crítica reivindicatoria del yugo que la academia, y todo lo que ésta connota, ejerce sobre el mundo musical. En nuestro boliviano presente, no me interesa recalcar el hecho de una colonización –además- sonora (para eso tenemos que descolonizar nuestras mentes primero) y mi propuesta no va por ese terreno, sino por otro -modestia aparte- algo más general.
Extraña o previsiblemente, y si mi ignorancia no lo desmiente, el mundo entero está aquejado –digo yo- por la carencia de un concepto, digamos un término, que nombre a cabalidad de qué música estamos hablando si digo Schumman o Puccini en vista que, como hemos visto, ni clásico, ni selecto, ni culto ni… obedecen a un criterio que dé cuenta de líneas comunes al género y lo diferencie -para los fines que convenga- de otras vertientes musicales. El problema radica en la inexactitud de cualquier calificativo, puesto que evocando al opuesto correspondiente (música seria vs, música jocosa???) vemos que se cae por su propio peso, y si no es equivocado, es al menos insuficiente, ambiguo e impreciso.
Luego de dar vueltas a la idea, encuentro que una veta común de “este tipo de música” es su tradición escrita, frente al otro amplio mundo, llámese música popular, que no se difunde gracias a un lápiz (y en muchos casos, dados) en mano. Hay un soporte gráfico en esta manera de pensar y explorar el sonido, aunque queda claro que no todo es o puede ser registrado. El arte siempre deja en silencio (pero no por eso en ausencia) una parte importante –tal vez la más-de su esencia. Pesa más lo indecible que lo que se oye, porque lo que no se dice emite una discursividad propia, o sea, se escucha, también en la música. De igual forma, en este ejercicio de registrar hay cosas que siempre quedarán salvadas a la sensibilidad y el buen criterio del intérprete, pero con esa libertad -acaso limitada- de la tradición que mencionamos. Me dice el reconocido compositor boliviano, Javier Parrado, hace unos días en un i-mail: “existe una tensión resuelta por los músicos de varias maneras entre el instante que nacen las cosas (algo como el “tinkazo”) y el olvido que crece, como la piedra de Prometeo. La notación-creación, una parte de la composición, se siente a veces como un paliativo para calmar esa tensión, y las notaciones abiertas (incluso una sonata o un lied) trasladan tal tensión al campo de lo-que-no-se-escribe-pero-se-toca” de tal suerte que la escritura del “tinkazo” queda corta frente al impulso que lo lleva a la acción, en vista que estamos frente a una manifestación artística que por antonomasia va a, sino superar, al menos traspasar el lenguaje. En este sentido, el lenguaje musical se valdrá de signos que no están simplemente en el papel, sino soportados, a su vez, por cinco líneas que configuran un sistema sonoro –sea tonal o no, en cuanto se sirven de este ordenamiento. No menciono a toda la corriente atonal, serial, aleatoria, y las otras experimentales que prescinden de las cinco líneas ya que no se los llama clásicos ¿no? Hablo básicamente del ordenamiento tonal y las primeras rupturas atonales. No por nada clasificar a Piazzolla, por ejemplo, se torna una incertidumbre que no pocos han tratado de responder, en vista que en su caso tenemos una tradición popular, es decir, ágrafa (el tango), pero ordenada, repensada y escuchada, al final, desde un papel. De ahí que Piazzolla está en un umbral interesante: entre el tango arrabalero y los sones… ¿de la academia? (no, porque hoy por hoy también se enseña jazz y rock en la academia (de ahí que hablar de música académica sea un doble sinsentido)), digamos mejor, los sones que toman distancia del arrabal. Lo mismo: cuando se transcribe un bolero y se lo interpreta a partir de ese arreglo algo extraño pasa ¿No es cierto?
Retomando: esta forma de concebir la música es gráfica, tetra o pentagrámica, a diferencia de las otras creaciones cultas, selectas, clásicas etc. que a lo sumo sólo cifran lo que va a interpretarse con una gran libertad, ya que guardan lo demás en la memoria y en el mismo tacto. Recalquemos: para los que tratamos de ser fieles a la letra, mezzo forte no es mezzo piano. Entonces, si de dar un adjetivo se trata, un adjetivo que promueva alternativas, es decir, que no se circunscriba a estilos determinados (el clásico), pero que a su vez siente una diferencia evidente y pueda acercarnos a la comprensión de una tradición, creo que la noción de música pentagrámica -o grámica simplemente- sería sumamente válida, ya que no sólo atiende a la escritura, sino a la importancia del signo en el mismo pentagrama, vale decir, a todo lo que se decodifique en cuanto signo y nos dé, a partir del significado, una forma de entender la configuración de todas esas manchitas en el papel. Está desde el simple inicio: el Sol me da una clave, un orden, una sonoridad que no se parece al Fa o al Do, ni qué decir de la armadura, el registro, las escalas, el idioma, etc. Que esta música, que dicho orden, me suene claro, calmo, culto, serio o aburrido, no depende de nadie sino de mi propia concepción estética y el buen manejo del marketing. Esta música tiene su partida de nacimiento el día que se la escribe. Se la da a conocer, se la analiza, se la interpreta, se la pone en el mundo a partir de un papel, si bien puede haber estado años en la mente del compositor, y no de grabaciones o conciertos que son posteriores. Acá, diría Descartes, la premisa va más o menos así: leo, luego toco. (Wiettgestein diría: los límites de mis dedos son los límites de mi visión y Sócrates… conoce tu partitura). Creo que hablar de una tradición grámica se acerca a la diferenciación que, insisto, para los fines que convenga, puede ser útil hacer.
Finalmente, en esta búsqueda del nombre perdido, he recogido un aporte interesante de un amigo que, transitando el camino de los orígenes, concibe a la música grámica como música, a su vez, “incunable”, término que me parece precioso para nombrar este modo de ser y hacer. Los libros “incunables”, son los libros bebés, los primeros en ser impresos, de forma rústica claro, pero los que inician la revolución gráfica; sin embargo, y al mismo tiempo, también pueden ser vistos de un modo más personal. Dice el Dr. Leis en Ondelaguamana. msn.com. enero 2007, que también hacen mención a los primeros libros de los que tenemos memoria… esos que nos leían las madres, hermanos, nanas para que logremos dormir y cuyas historias recordamos toda la vida. Desplazando la idea, él sugiere que “esta música nos remite a la primera música que nuestros oídos pueden recordar y que formaron una tradición gracias a la escritura de la misma”. Aquella música que comenzó a registrase sirviéndose de cuatro o cinco líneas y que es parte de un pasado infinitamente reactualizable (recordemos que “lo contemporáneo” ya va en otro tren). Escucho que alguien refuta y sí, bien sabemos que siempre hay otra tradición paralela, la llamada popular, que puede probar que antes de escribir se hacía todo tipo de música prescindiendo de soportes gráficos y con fines hasta sagrados, pero lo que he querido es barajar un par de términos que nos permitan otra forma, tal vez más específica, de nombrar una intención sonora y un hacer determinado.
¿Clásica? Sí, en algún sentido. ¿Culta, elitista, seria? Son términos, gracias a Dios, demasiado subjetivos para nombrar algo que siendo subjetivo también permite nombrarse con mayor rigurosidad. Es rescatable, no lo niego, que lleguemos a entendernos pese a estas inconcordancias de la lógica y el lenguaje; al final de cuentas, “subí arriba” también comunica, pero estoy segura que una opción para recrear el mundo de la lengua nunca está de más.

