Ópera

Divinas palabras, la ópera garciabriliana

(Por Esther Sestelo Longueira)

Divinas Palabras
Divinas palabras (1) , ópera, 1986-1992. Ópera en dos actos. Música de Antón García Abril, libreto de Francisco Nieva, basado en la obra homónima de Ramón María del Valle-Inclán. Su estreno tuvo lugar el 18 de octubre de 1997 en el Teatro Real de Madrid.

En 1996, con motivo de conmemorar el quincuagésimo aniversario de la muerte del dramaturgo Ramón María del Valle-Inclán, se organizan numerosas actividades como homenajes, exposiciones, conferencias, etc, celebrándose, también, y promovido por el Ministerio de Cultura, un Simposio Internacional en torno a la figura del mencionado autor, bajo la denominación general de Valle-Inclán y su tiempo. Al finalizar el mencionado simposio, donde se dieron cita profesores de universidad, gente de teatro, críticos, hispanistas y estudiosos de la obra valleinclanesca, se planteó una propuesta, al Ministerio de Cultura, consistente en la posibilidad de crear una ópera partiendo del texto de Divinas palabras. El Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música -INAEM- ofreció a García Abril la realización de este proyecto que, además, proponía su estreno en los actos de inauguración del Teatro Real. Hay que pararse a pensar lo que podía significar este encargo para un compositor español, primero, porque tener la oportunidad de componer una ópera es la culminación profesional de todo compositor, segundo, por tener la certeza de que no sólo iba a ser estrenada, sino que dicho estreno abriría las puertas de un Teatro Real enmudecido durante largos años y, tercero, muy pocos compositores españoles habían podido, antaño, acceder al escenario de nuestro Teatro Real por la invasión que la ópera italiana y alemana ejercía sobre aquella España.

“Pocas veces tuve una alegría más grande que en el momento de recibir, en firme, el encargo de componer la ópera Divinas palabras. Este texto era parte de un deseo que vivía en mí desde hacía mucho tiempo: era uno de mis grandes sueños… Inicié el proyecto con el deseo de crear una ópera auténticamente española, de ahí que el texto de Divinas palabras me cautivara, me subyugara, porque vi en él los elementos de impulso necesario para crear una ópera de nuestro tiempo: las cuatro figuras principales, Mari-Gaila, Lucero, Tatula y Pedro Gailo, conforman un cuarteto protagonista que me proporcionaba grandes posibilidades de trabajo, con las voces de soprano, tenor, mezzosoprano y barítono, además de otros personajes que cantan en fusión con las intervenciones corales a las que tanta importancia he dado al escribir la partitura. Todas las acotaciones que aparecen en Valle-Inclán invitan al compositor al vuelo y fantasía necesarios para crear espacios operísticos en los que la combinación de lo escenográfico con las voces solistas, el coro y la dramaturgia musical, que desarrolla los procedimientos orquestales, culmine en un lenguaje operístico que no requiera forzar o distorsionar el texto dramático original. He contado, para realizar el libreto, con la colaboración de Francisco Nieva. Su condición de autor, escenógrafo y director de escena nos presenta una personalidad idónea para acometer la tarea, nada fácil, de escribir el libreto. Ha sabido interpretar mis peticiones y transitar por el espacio y la exigencia que demanda e impone la técnica musical operística…” (2)

Y relata el autor del libreto:

“… Pronto me entregué al menester de desarrollar una dramaturgia que siguiera paso a paso las decisiones del compositor, cuya autoría del libreto estimo sinceramente en un setenta por ciento. Quizá como deba ser a fin de cuentas. Así pues, versifiqué o puse palabras aproximadamente valleinclanescas a cuantas escenas y personajes adoptaba el maestro como expresión de su particular modo de sentir musicalmente el argumento ideado por nuestro primer autor dramático…” (3)

En cuanto a la línea argumental de la novela, y como decía el compositor, estamos ante un texto con todas las posibilidades operísticas: destacan Pedro Gailo -barítono-, sacristán de San Clemente, que es un “viejo fúnebre, amarillo de cara y manos, barbas mal rapadas, sotana y bonete”; su mujer, “Mari-Gaila -soprano-, blanca y rubia, risueña de ojos, armónica en los ritos del cuerpo y la voz” y “Lucero -tenor-, que otras veces se llama Séptimo Miau y Compadre Miau”, amante de aquélla. En la acción se presenta una tragedia y un drama entrelazados. La tragedia es la de un pobre enano hidrocéfalo, Laureaniño -actor- cuya explotación se disputan dos parientes de la madre y hermana de Pedro Gailo, Juana La Reina -soprano- y que muerto de un ataque epiléptico es comido, luego, por los cerdos. El drama es el adulterio de Mari-Gaila con Miau. Los descubre en un prado la gente del pueblo y Mari-Gaila es perseguida, desnudada y llevada, así, sobre un carro de heno hasta la iglesia. Pedro Gailo intenta suicidarse y se tira de cabeza desde el campanario, pero no se mata y, medio loco, conduce a la mujer al asilo de la iglesia después de apaciguar a la muchedumbre repitiéndole, en latín, las palabras de Jesús a los que intentaban lapidar a la adúltera. Otros personajes son: Poca Pena, manceba de Lucero -soprano-; Simoniña, la hija de Pedro Gailo y Mari-Gaila -soprano-; Rosa La Tatula, vieja mendiga -mezzosoprano-; Miguelín el Padronés, mozo leñador -tenor-; Marica del Reino, hermana de Juana La Reina -soprano-; Milón de la Arroya, pastor gigante -barítono-; Ludovina, tabernera -soprano-; Serenín de Bretal, viejo segador -tenor-; Quintín Pintado, pastor negro -tenor-; el soldado -tenor-; la niña blanca -soprano-; su padre -bajo-; su madre -soprano-.

Divinas palabras figura entre las obras preparatorias, y no es precisamente un mundo sentimental lo que nos presenta, sino de sensualidades e intereses. Todavía Valle-Inclán no ha abandonado el ambiente de su Galicia natal, de las Comedias bárbaras, pero si aquéllas muestran la tristeza de un mundo que se va, encarnado en Don Juan Manuel de Montenegro, y en sus hijos, Divinas palabras muestra la otra cara de la moneda gallega, el popular y semirreligioso de los sacristanes, de las romerías y de las fiestas. No se sabe que son palabras divinas hasta el final, cuando el sacristán las pronuncia en latín, en defensa de su mujer, la alegre Mari-Gaila. Para los gallegos, esto que se ve en Divinas palabras, como en las Comedias bárbaras, no es ni más ni menos que realismo, a la manera gallega entendido, que no excluye la presencia de trasgos y de la Santa Compaña, realidades que no hay por dónde cogerlas, mucho más que Maruxa, aquella zarzuela fracasada, cuyo argumento, cuyos personajes y cuya música no tenían de gallego más que el nombre; pero era bien entendido por el público, puesto que es lo que esperaba ver: un tópico tras otro; y la realidad de la región, que daba Valle-Inclán en sus comedias bárbaras y en algún que otro esperpento, seguían sin ser entendidas.

Divinas palabras es una muestra de ese teatro narrativo que se recrea en la presentación y reproducción de aquellos ambientes y personajes que Valle tan bien conocía y sabía inventar. ¿Quién no ha visto alguna vez, en alguna romería, el dornajo con el hidrocéfalo al que Mari-Gaila saca lindos cuartos? ¿Quién no ha visto en las mismas romerías al hombre con un ojo tapado que ofrece la suerte del pajarito? Todo lo demás es invención y documento, al mismo tiempo que regocijo y burla. Divinas palabras termina como tenía que terminar: la Mari-Gaila fornicando en un sembrado y el sacristán defendiéndola con palabras latinas, las divinas palabras que dan nombre a la comedia” (4)

Por todo lo comentado anteriormente, estamos ante una difícil tarea no sólo por lo que implica de complejidad componer una ópera, sino una ópera basada en unos textos de Valle-Inclán. Es bien sabido el particular lenguaje de este autor, el poder, casi intimidatorio con que el idioma valleinclanesco se expresa. Su poder de sugestión, su fuerza y su riqueza son, sin duda, incomparables, precisamente, por ser tan único y singular. Ya lo afirmaba Unamuno, en un artículo publicado poco después de la muerte del escritor gallego: “Hombre de teatro, Valle, su habla, su idioma dialectal o dialéctico idiomático era teatral. Ni lírico ni épico, sino dramático y, a trechos, tragicómico. Sin intimidad lírica, sin grandilocuencia épica” (5) .

Antón García Abril

Creo importante hacer hincapié en ello, porque eso refleja, como decía anteriormente, la dificultad musical de tratar un texto tan singular como el valleinclanesco y nos indica, a su vez, la seguridad de ideas y de lenguaje compositivo, de poética, que posee García Abril al musicarlo. Estamos ante un compositor no sólo con un lenguaje plenamente desarrollado, sino de dilatada experiencia en todos los campos y, muy especialmente, en todo lo relativo a la voz: cantatas, coro a capella, coro y orquesta, coro y diferentes conjuntos instrumentales, voz y piano… Todo y mucho ha experimentado García Abril en el mundo de lo vocal, hasta la culminación: su ópera, Divinas palabras.           

Divinas palabras es una obra que define a un dramaturgo y a un músico. Solistas, coro y orquesta cantando un texto valleinclanesco musicado por García Abril. Tras la audición de esta ópera podemos comprobar que, a pesar de la fuerza de la novela de Valle Inclán y de la fidelidad con que Nieva y García Abril tratan sus textos (hago también partícipe al compositor de la autoría del libreto, ya que es el propio Nieva quien lo afirma), su música traspasa, con vehemencia, ese poder ayudando a dar sentido a un sin sentido de variados personajes y complejas personalidades. Todo se organiza y se resuelve con solvencia, a través de una música con una fuerza arrolladora desde su principio hasta su fin. 

Para la ópera Divinas palabras el compositor nos presenta una extensa plantilla orquestal, para que un amplio abanico tímbrico juegue con todas las posibilidades expresivas que la línea argumental vaya marcando: 3 flautas -flautín-, 3 oboes -corno inglés-, 3 clarinetes -requinto y clarinete bajo-, 3 fagotes -contrafagot-, 4 trompas, 3 trompetas, trombón bajo, tuba, piano, celesta -opcional-, 2 arpas, cuerda y 5 percusionistas ejecutando un amplísimo dispositivo: árbol de agua -2-, árbol de campanas, bombo I-II, caja, caja II, campanas -pequeñas, medianas, grandes-, chismes -cristal, madera, metal-, castañuelas, crótalos, güiro, lámina de trueno, látigos, lira, maracas, pandereta, panderos -agudo, medio, grave-, piedras, platos, platos frotados, platos suspendidos, quijada, rana metálica, tam-tam, tom-toms, triángulo pequeño-grande, timbal I, timbal II, vibráfono, word-bloks, xilófono, zuecos.

Los aparentes antagonismos garciabrilianos están presentes también en esta ópera. Máxima exuberancia en una orquesta al pleno explotada en todos sus registros y posibilidad tímbrica, un coro participando casi tanto como los solistas en una obra eminentemente coral, complejidad desembocada en lucimiento del tratamiento técnico-musical de las partituras de los cantantes, riqueza contrapuntística, multiplicidad métrica, pedales, tónicas móviles, pantonalismo, atonalismo libre… Todo está implícito y explotado al máximo, pero a la vez desde la más desnuda pureza, desde la esencia, desde las entrañas del compositor, desde su espiritualidad. Porque esta ópera, culminación compositiva de un músico, parte de tres notas, tres sonidos son el punto de partida para construir el entramado de una elaborada intelectualidad que se hace comunicativa por su humanidad, a veces espiritual, a veces religiosa. Sib, Dob, Lab son los tres sonidos germinales, que se descubren al profundizar en esta partitura.

Los aparentes antagonismos garciabrilianos están presentes también es esta ópera.

Como en muchas óperas, casi todos los materiales están extraídos de la primera escena, que funciona a modo de obertura. Dos principales motivos, que denominamos a y a1, porque ambos parten de los tres sonidos comentados -Sib, Dob, Lab-. El motivo a1, con mayor fuerza expresiva por ser más cantábile, y el motivo a, de carácter más acompañante, con la grafía de las habituales y circulares células garciabrilianas. Estos dos motivos evolucionan y se transforman a través de múltiples variaciones y técnicas compositivas -retrogradación, espejo, aumentación, disminución, transportación, cambios métricos…-. Después de la exposición de estos dos motivos aparece otro también determinante en el desarrollo de esta ópera: el motivo que denominamos b. Tiene carácter sincopado y será también transformado cuantas veces la música lo demande. A continuación, en una especie de sección central o paréntesis y después de la participación del coro de hombres, comienza el coro de mujeres introduciendo, junto con las flautas, un nuevo motivo, lo denominaremos c. A estos cuatro principales motivos temáticos, que funcionarán a modo de leitmotiv, se unen otros que, aún no teniendo la entidad temática de los comentados, tienen una relevancia ya demostrada en el singular lenguaje garciabriliano. Dos notas cortas, nota larga; nota larga y grupetos; nota larga y diferentes grupos irregulares en sus tan singulares arabescos y melismas, todo con una dominancia motívica descendente…, están presentes en el complejo entramado contrapuntístico protagonista de esta composición.

Aunque la primera escena de esta ópera da comienzo, en la introducción de la cuerda y para crear ambiente, sobre una pedal de Sib funcionando a modo de tónica móvil, a la ópera en su conjunto le debemos otorgar el carácter compositivo clasificado dentro del atonalismo libre, sin olvidar que el lenguaje garciabriliano es muy difícil de determinar, precisamente, por la necesidad del compositor de utilizarlo todo cuando le conviene, cuando la música se lo reclama; tiene necesidad de sentirse libre y cualquier encasillamiento le priva de esa libertad. Pantonalismo, cromatismo, atonalismo libre, armonía nota-contra-nota y la utilización constante de la armonía por cuartas, clusters y glisandos… son recursos muy utilizados a lo largo de toda esta composición.

Relativo a los antagonismos comentados, nos referimos ahora a la orquesta y su tratamiento. Si muchos son los momentos de escuchar, en esta ópera, los explosivos tutti donde los divisis y una amplia gama de colores en las maderas, con la potencia de los metales, el protagonismo del piano utilizado en ocasiones desde los ostinatos más percusivos, y la abundancia desde lo exótico de los instrumentos de percusión, también encontramos numerosas ocasiones de la orquestación más puntillista, desde la modernidad más actual, para ensalzar y resaltar el protagonismo de la voz.  El todo y la esencia también están presentes en la precisa y majestuosa orquestación garciabriliana. La orquestación de ambiente y del doble enunciado debussyniana, la orquestación por capas stravinskyana, la orquestación de quietud de notas tenidas y movimientos repetidos o desde el cromatismo hasta el cluster tipo Ligeti, o ligetiana, todo hace presencia en el lenguaje garciabriliano, configurado en la singularidad de la utilización de todas esas técnicas junto con su habitual multiplicidad métrica, abundancia en las polirritmias, la polimelodiosidad de sus múltiples líneas contrapuntísticas cantadas por las diferentes familias orquestales en lo que denomino humanización del sonido… En conclusión, exuberancia y brillantez en la orquestación, y desnudez en la misma, en la coherencia de apoyar a un texto al que García Abril se pone al servicio.

El todo y la esencia expresando ahora el papel del coro y su tratamiento. El todo para explicar que, en la ópera garciabriliana, el coro no es un elemento decorativo como ocurre en muchas óperas de la literatura universal, sino que, en Divinas palabras, es un personaje protagonista. Esencia en su sentimiento homofónico cantando, unas veces, a unísono y otras, doblado a dos (sopranos-tenores, contraltos-bajos); entradas canónicas, armonizaciones con quintas huecas sonando a música medieval, vocalizaciones indeterminadas, parlatos, articulaciones libres... Momentos de máxima emoción para el coro garciabriliano, muy experimentado a través de su música coral y del mundo de sus cantatas.       

Divinas palabras, que se abre con esa Alborada oscura y tétrica donde a través de su exposición se intuye todo lo que va a venir después, y se cierra con el acertado y casi religioso final de la última escena del Acto II, es una ópera de relevancia en lo individual y de relevancia en lo colectivo. Lo vocal atendido desde la brillantez y dificultad de las individualidades en las arias y dúos de sus cantantes, y lo colectivo en la majestuosidad de los momentos corales.

Destacamos el dúo de Mari-Gaila y Lucero en su primer encuentro; es la escena XIII del Acto I. Musicalmente comienza alternándose, en violines I, arpegios de acordes de terceras y cuartas; lo tonal y lo atonal en convivencia. Se inicia por una breve participación del coro, a modo de parlato: una especie de rezo monótono y rítmico. A la vez inicia Lucero su intervención con el que dialoga, seguidamente, Mari Gaila. La orquesta, mientras, acompaña de forma puntillista donde, violines I y, a veces, II realizan diseños melódicos en colaboración con el dúo incorporándose más tarde, en esta función, flautas, oboes y clarinetes. Mientras, cellos y violas realizan ostinatos rítmicos. Quiero resaltar los cuatro últimos compases donde Lucero y Mari-Gaila cantan a la vez, pero con diferente texto, unos motivos entre notas repetidas e intervalos próximos, interrumpidos por determinantes silencios que otorgan al momento profunda belleza y emoción. 

El españolismo universal garciabriliano, a través de las escenas alusivas a las romerías gallegas, hace acto de presencia. La Mari-Gaila garciabriliana, como la Carmen de Bizet, en el dúo con Lucero a modo de Habanera. Muiñeira y Pandeirada en los característicos compases de subdivisión ternaria de los bailes gallegos, que nada tienen de folklóricos y todo de espíritu de un pueblo a través de la visión valleinclanesca.

Carga dramática al máximo en la Muerte de Laureaniño -escena V, Acto II- donde, después de la entrada del Piu mosso en el 2+2+3 en corcheas y pasar a las semicorcheas en 4+4+6 en una clara aumentación de las figuraciones, y diluir de nuevo la orquestación para resaltar la intervención de los personajes, aparece la habitual célula garciabriliana de dos notas cortas-nota larga que ejecutan las cuerdas. Después, el efecto llamada por medio de las corcheas acentuadas en saltos descendentes de cuartas, en maderas y metales, iniciadas por un mordente de entrada, dando pasos a pizzicatos en las cuerdas mientras fagotes lideran la parte cantábile. A continuación, en el Poco meno mosso, vuelve el motivo llamada de las corcheas acentuadas en dinámica fortísimo en maderas, cuerdas, percusión y piano, presagiando la terrible y gran tragedia. Y la crueldad del drama valleinclanesco en el Acoso del pueblo a Mari-Gaila -escena XVII, Acto II- donde los oscuros rasgos humanos, plasmados en el contenido del texto, son apoyados y resaltados por la música garciabriliana con gran precisión y fidelidad.

Divinas palabras, ópera española de finales del siglo XX, y creación poseedora de los cánones requeridos para formar parte de esa larga y gloriosa literatura operística universal.

Menciones especiales deben tener el Aria del Destino y “Por arcos de luna” de Lucero, el tenor, y “Habré de caminar toda la noche”, aria con la que Mari-Gaila abre el Acto II o “Por las estrellas coronada” última escena del Acto I, que escogería como uno de los momentos cumbres de esta ópera. Es la intervención del Coro con Mari-Gaila: la soprano comienza su canto en la última sílaba del coro, que está en nota larga, y el coro retorna después de su intervención y de un silencio. Destacar la profundidad de emoción que esos silencios producen. Otra relevante sección, en esta misma escena, donde el coro, en perfecta homofonía y gran parte del tiempo en unísono, interrumpe frases, semifrases y palabras del texto con silencios -a la vez canta Mari-Gaila incorporándose, después, Lucero-. Queremos señalar la importancia y profundidad del tratamiento de los silencios, del sonido y de la ausencia de él en el lenguaje garciabriliano que se hace lírico y poético: “Licencioso vuelo al mar -silencio- Mari-Gaila -silencio- desgraciada suerte tuya -silencio- Mari-Gaila -silencio- descarriada del confín -silencio- amargura de ser, amargura de sentir -silencio- Mari-Gaila -silencio- sendero de dolor, -silencio- anochecer -silencio- del caminar -silencio- muerte -silencio- ciega -silencio- suerte negra, -silencio- noche cerrada -silencio- sin libertad”. A continuación, se inicia el tutti orquestal en dinámica pianísimo y esa plenitud orquestal, delicada y alejada, se va diluyendo en los tres últimos compases permaneciendo, en el último, las notas tenidas con calderón en las violas, cellos y contrabajos. Con esta profunda emoción contenida finaliza esta escena y concluye el Primer Acto.  

Divinas palabras, ópera española de finales del siglo XX, y creación poseedora de los cánones requeridos para formar parte de esa larga y gloriosa literatura operística universal. Libertad creadora, actual y valiente, plasmada con técnica, oficio e imaginación, en la ópera que lo engloba todo con la singularidad del que puede microseccionarlo todo. En eso consiste la genialidad: el papel pautado está pensado y trabajado, pero, al final, suena libre e inspirado. Divinas palabras, forma de contar un texto grande que la música engrandece todavía más.  

Esther Sestelo Longueira es doctora en Musicología por la Universidad Complutense de Madrid y Licenciada en Historia y Ciencias de la Música por la misma universidad. La Dra. Sestelo dedicó más de seis años de estudio e investigación a su Tesis Doctoral -Antón García Abril: el camino singular de un humanista en la vanguardia, continuador de la cultura española de su tiempo- que leyó el 24 de marzo de 2006 en la Facultad de Geografía e Historia de la universidad madrileña antes mencionada, obteniendo la máxima calificación, Sobresaliente Cum Laude. En posesión de los títulos de Profesor Superior de Piano, Profesor Superior de Música de Cámara y Profesor Superior de Solfeo, Teoría de la Música, Repentización, Transposición y Acompañamiento, la Profa. Dra. Esther Sestelo es Funcionaria de Carrera perteneciendo al Cuerpo de Profesores de Música y Artes Escénicas, en la especialidad de Piano, plaza obtenida mediante oposición y concurso y fijada, de forma definitiva, en la capital de España.

(1)Equipo Artístico: Dirección musical, Antoni Ros-Marbá; Dirección escénica: José Carlos Plaza; Escenografía: Francisco Leal y José Carlos Plaza; Vestuario: Pedro Moreno; Iluminación: Francisco Leal; Diseñador de movimiento: Arnold Tarraborelli; Caracterización: Juan Pedro Hernández; Ayudante de la Dirección musical: Manuel Valdivieso; Ayudante de la Dirección escénica: José Pascual; Ayudante de la escenografía: Rafael Garrigós; Ayudante del vestuario: Miguel Crespi; Repetidores: Patricia Bayes y Ángel Huidobro; Apuntador: Jaime Tribó. Reparto: Mari Gaila, Inmaculada Egido; Lucero, Plácido Domingo; Rosa la Tatula, Raquel Pierotti; Pedro Gailo, Enrique Baquerizo; Juana la Reina, Marina Rodríguez-Cusí; Simoniña, Isabel Monar; Miguelín el Padronés, Santiago Sánchez Jericó; Milón de la Arroya, Juan Jesús Rodríguez; Marica del Reino, Soraya Chaves; Poca Pena, María Rodríguez; Ludovina, María Rodríguez; Soldado, Emilio Sánchez; Laureaniño, Luis Rallo; La niña blanca, Clara Mouriz; La Madre, Amalia Barrio; El padre, Carlos García Parra; Serenín de Bretal, Gustavo Beruete; Quintín Pintín, Javier Ferrer; Bacante, Thais Martín; Mozas, Ada Allende e Isabel González; Mujeres, Victoria Marchante, Ada Rodríguez y Lyda Triana; Hombres, Julio Incera y Felipe Nieto. Bailarines. Coro del Teatro de la Zarzuela, director, Antonio Fauró. Coro de la Comunidad de Madrid, director, Miguel Groba. Escolanía de Nuestra Señora del Recuerdo, director, César Sánchez. Orquesta Sinfónica de Madrid. 

(2) Notas del compositor al programa del estreno.

(3) Notas de Francisco Nieva al programa del estreno.

(4)Notas de Gonzalo Torrente Ballester al programa del estreno.

(5) Unamuno, Miguel: El habla de Valle-Inclán, Visiones y comentarios, Colección Austral núm. 900, Madrid, Espasa-Calpe, 1972.

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