Ópera en Barcelona
Estreno del Don Carlos parisiense a lo reality show
(Por Ovidi Cobacho Closa)
DON CARLOS; ópera en cinco actos, música de G. Verdi sobre libreto de J. Méry i C. Du Locle. Giacomo Prestia (Felipe II), Franco Farina (Don Carlos), Carlos Álvarez (Rodrigue), Eric Halfvarson (Gran Inquisidor), Dan Paul Dumitrescu (Monje), Adrianne Pieczonka (Élisabeth de Valois), Sonia Ganassi (Princesa de Eboli), Ana Nebot (Thibault), Eliana Bayón (voz celestial); Orquestra Simfònica i Cor del Gran Teatre del Liceu. Dirección musical: Mauricio Benini. Dirección escénica: Peter Konwitschny. Producción: Wiener Staatsoper i Gran Teatre del Liceu. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, 27-I-2007.
Hubo lleno absoluto en el coliseo barcelonés en la esperada estrena de la versión original francesa del Don Carlos de Verdi, una coproducción con la Ópera de Viena que recuperaba los cinco actos originales, la música del ballet (aunque no danzada) y los cortes que el mismo Verdi realizó previamente a su estrena (1867). Una sesión de más de cuatro horas de música que no dejó a nadie indiferente, debido más al show de su puesta en escena que a lo estrictamente musical.
Más allá de las valoraciones propiamente escénicas, cabe celebrar la ocasión de poder escuchar algunos pasajes suprimidos en la versión italiana de 1884, la más difundida, y que albergan sin duda un innegable interés musical: el primer acto en Fontainebleau, con el delicioso dúo de Don Carlos y Élisabeth que contiene algunos de los temas musicales que volveremos a reencontrar en el acto final, el hermoso dúo entre la reina y la princesa de Éboli o una tercera aria de ésta suprimida también posteriormente por Verdi, entre otros fragmentos varios. Una partitura colosal que contiene ya todos los elementos de madurez y sabiduría compositiva que encontraremos desarrollados en las últimas creaciones del maestro italiano. Una producción donde brillaron, con esmerada entrega, la práctica totalidad de los solistas concertados, entre los que destacaron muy especialmente la plétorica y exquisita princesa de Éboli de Sonia Ganassi, el sólido e impecable Rodrigue de Carlos Álvarez y el contundente y elegante Felipe II de Giacomo Prestia. Muy destacables también estuvieron la Elisabeth de Adrianne Pieczonka, de acentos más líricos que dramáticos, y el Gran Inquisidor de Eric Halfvarson. El Don Carlo de Franco Farina estuvo muy por debajo del rendimiento de sus compañeros, con un registro agudo frecuentemente calado, constantemente estrangulado y siempre tenso y gritado, a pesar de apuntar intenciones de matiz y contraste en el fraseo. El resto de coprimarios, encabezados por el atractivo Thibault de Ana Nebot y el impoluto monje de Dan Paul Dumitrescu, rindieron a un altísimo nivel.
Con no poca responsabilidad a sus espaldas, Mauricio Benini salió muy aireado de su labor al frente del foso, con una lectura matizada, efectiva y atenta al detalle que logró un alto nivel de rendimiento, no siempre habitual en la orquesta titular del teatro. Mención especial también merece la notable labor del coro, reforzado para la ocasión con Intermezzo Programaciones Musicales y el coro Savina del Conservatori de Cervera.
Por lo que toca a la dirección escénica, cabe destacar a su favor la excelente labor en el movimiento de las masas y la cuidada gesticulación y movimientos de los intérpretes, todo ello envuelto en una puesta en escena de absoluta austeridad y desnudez minimalista. Otra cosa es la transformación y libre adaptación de determinadas escenas, como el ballet convertido en una fantasiosa pantomima familiar – “El sueño de Éboli”-, y la provocativa transposición del auto de fe por los pasillos y la platea, convirtiendo el teatro en una especie de plató -cámaras y presentadora incluidos- con público interactivo. Sin duda la respuesta de este último no se hizo esperar, abucheos y bronca de un sector y aplausos y bravos de otro. Una división encendida de pareceres que volvió a manifestarse al salir a saludar Konwitschny, a quien, lejos de molestarle, parecían estimularle los abucheos. Si lugar a dudas, su escenificación rompedora logró el éxito de no dejar indiferentes, otro cosa es hacer justicia a la dramaturgia y al sentido musical de la partitura.

