Poesía

De música y poesía

(Por Hertha Gallego de Torres)

Los poetas y los compositores comparten muchas veces un territorio común, en el que se encuentran a veces con singular fortuna , y cuando eso ocurre la unión de la palabra y la música produce alquimias de raro valor. A veces, el arte sonoro engrandece una poesía: es el caso de Schubert con Chamisso. Pero otras, la nobleza de los términos y de las expresiones empleadas, y la magia de la palabra, convierte en oro todo lo que toca, como en los innumerables versos de Víctor Hugo, puestos en música por los principales compositores franceses.

En nuestro país, tenemos un poeta y escritor, Javier Alfaya, por el que parecen sentir predilección muchos compositores actuales, lo que no nos extraña, dada la belleza de su producción poética. Periodista y escritor, ha escrito un libro de relatos y dos novelas largas (más otra terminada que espera publicar el año próximo), además de un par de ensayos histórico-políticos. Es, además, traductor –con su mujer, Bárbara MacShane ha puesto en castellano algo así como setenta libros, desde Joseph Conrad hasta Salman Rushdie, pasando por Graham Greene, Iris Murdoch, Nadine Gordimer, y un largo etc…También edita libros de música. Ha trabajado en semanarios importantes ya pasados a mejor vida (el conocidísimo “Triunfo”, “La Calle”) y ahora le podemos encontrar en Scherzo. Pero, quizá con modestia, no se ha preocupado por posar de poeta. Y sin embargo lo es. Y cómo.

El primer compositor que se fijó en los versos de Alfaya fue Eduardo Rincón, que compuso una canción sobre “Arcadia”, un amargo poema que aparece en el libro “La libertad, la memoria”.

“Allá en lejanas tierras

Habrá un lugar: la casa solitaria,

Los árboles un poco envejecidos,

Sin manos que los cuiden,

Los pájaros, los montes azulados

Y tú, tumbado en la hierba,

Verás pasar las nubes,

Ahíto ya de Historia, de dolor y de ira.

Y con un dedo venido desde el sueño

Trazarás en el aire,

Muchacho solitario,

Aquel futuro que llegó a ser tuyo

Y ahora escupes contra el aire vacío”.

Este muchacho que escupe se hace existencialmente apto para entender lo que es el anonadamiento y la existencia, el ser y la nada, y, sobre todo, su mutua relación, su esencial afinidad. El desconsuelo, la insatisfacción, el problema de la inseguridad vital, todo está ya contenido en estos versos.

Joaquín Homs, a quien Javier Alfaya no conoció personalmente, sino solamente a través de una charla telefónica para preguntarle por su maestro Roberto Gerhard, también se inspiró en una de las “Oraciones” del poeta para ponerle música. Las “Oraciones”, en realidad tres hermosos poemas amorosos, cantan el poder de la belleza de la amada en los afectos del escritor.

“Pues la belleza es un poder extraño

del que nunca se sabe la última

palabra y que cuando te miro

sé que está ahí, en ti y por ti vive

también en mi,

reflejo que hago mío

y que oculto bien hondo

dentro de mi ser”

(Oraciones I)

Oraciones II, después de una cita de Yves Bonnefoy “Ardue est la beauté, presque une énigme…” prosigue intentando desentrañar el misterio del cuerpo y sus hechizos:

“Pero el enigma para mi no existe

Eres tú la belleza: el resplandor

De tu mirada, tan cambiante, y luego

La caricia envolvente de tu piel.”

Para finalizar triunfante en Oraciones III (la salvación en el amor):

“Y ahora quien reina en mi eres tú sola,

tu cuerpo, tu sonrisa, tus palabras.

Y de ese amor haré tal cosa

Como voy a decirte:

Que cuando esté muy lejos

Para que aquella sombra

No se atreva a volver,

Con su hálito de nieve,

Le pediré a la tuya

Que se quede conmigo.”.

Además de poesía, Javier Alfaya ha escrito novela. Una de las más logradas es “Leyenda o el viaje sentimental”, una suerte de homenaje a Laurence Sterne, que transformada en libreto por el propio autor, sirvió de texto para una ópera de Carlos Cruz de Castro, que se estrenó bajo la dirección de Maximino Valdés con la OSCM en la temporada 2004-05.

También Zulema de la Cruz le ha pedido un poema sobre “Don Quijote “ para un trío estrenado en la Fundación March. “El viaje a la ínsula” le está dedicado a la compositora y comienza así:

“Ya se ha abierto la cámara del sueño

y el viejo hidalgo duerme entre el estruendo

De la fanfarria y de las locas danzas

Que dibujan su sombra en las paredes”

La conclusión del poema también se vuelca hacia el arte sonoro:

“Y morirá escuchando viejas músicas,

Danzas lejanas, ruidos y tumultos,

Palabras que se pierden sin sonido,

Y el trino intemporal de los vencejos.”.

Últimamente, David del Puerto está trabajando en una serie para voz y orquesta sobre una selección de poemas de nuestro autor y también Marisa Manchado quiere ilustrar musicalmente otro poemario. No extraña, porque la puerta del misterio, del amor, de la muerte, que se abre en muchos de estos poemas, nos lleva a un mundo de palpitantes sugerencias, de abismos apenas entrevistos:

“Cuando vayas,

cuando vayas a las islas,

cuando entre mapas, cabrestantes y hélices,

cuando navegues,

cuando dejes atrás mustios jardines (….)

cuando te vayas, cuando no vuelvas más,

cuando el codaste, cuando la rueda del timón,

cuando la brújula te sirvan y navegues

lejos, tan lejos que este absurdo mundo donde tú y yo crecimos

sea tan sólo una palabra amable, dime, dime entonces,

si las viejas sentencias sirvieron de algo,

si aquel vivir que quemó tantas lágrimas,

que se hundía en las gélidas ventanillas del tiempo,

si aquel viento, o la sangre o la música o el miedo o el silencio,

si nuestra muerte en fin, como la tuya

sirvió para algo, sirvió para ser algo”.

La música, siempre presente en los versos de Alfaya.  Como en la misteriosa “Elegía sine nomine” que concluye de dos maneras distintas, según las versiones:

“Hubo un largo silencio sin campanas,

Hubo susurros y un andar muy lento,

Y entonces, solo entonces

Sonó la vieja música,

Y supimos

Que te habías marchado para siempre”.

O, en otra versión,

“Hubo un largo silencio sin campanas,

Hubo susurros y un andar muy lento,

Y entonces, solo entonces

Sonó la vieja música, plegamos,

Y vino aquel después.”

¿Cuál prefiere el lector? ¿Con cuál se queda el compositor que añada el contrapunto sonoro a tan musicales versos? Hondura poética y plenitud existencial no les faltan. Y así parecen reconocerlo grandes creadores de ahora que se aprestan a musicalizarlos con rigor y entusiasmo.

Escribir a Hertha Gallego de Torres