Ópera en Bilbao
Diálogos fracasados
(Por Otis B. Driftwood)
55 Temporada de Ópera de OLBE-ABAO. Palacio Euskalduna. Bilbao, 27 de Marzo de 2007. Dialogues des Carmélites, ópera en tres actos y doce cuadros. Música: Francis Poulenc. Libreto: basado en la obra teatral del mismo título de Georges Bernanos, inspirada en la novela "La dernière à l'echafaud" de Gertrud von Le Fort y en un guión cinematográfico de Philippe Agostini y el reverendo Raymond Bruckberge. Estrenada en Milán, Teatro alla Scala, el 26 de enero de 1957. Blanche de la Force: Ainhoa Arteta Mme. Lidoine: Denia Mazzola. Mme. Sw Croissy: Kathryn Harries. Mère Marie: Natasha Petrinsky. Soeur Constance: Elena de la Merced. Soeur Mathilde: Nuria Orbea. Mère Jeanne: Anna Tobella. L'Aumônier: Christian Jean. Chevalier de la Force: José Luis Sola. Marquis de la Force: Christophe Fel. L'Geôlier/Monsieur Javelinot: Alberto Arrabal. Thierry /L'Officier: Alberto Feria. Premier commissaire: Jon Plazaola. Deuxième commissaire: Fernando Latorre. Monjas Carmelitas: Coro Intermezzo. Produccion: Teatro dell"Opera de Roma. Director Musical: Carlo Montanaro. Idea original de Producción: Alberto Fassini. Director de Escena: Joseph Franconi Lee. Escenógrafo y. Figurinista: Pascuale Grossi. Iluminador: Franco Marri. Bilbao Orkestra Sinfonikoa. Coro de ópera de Bilbao. Director del Coro: Boris Dujin
"Dialogues des Carmélites" es una obra que si no es bien servida, con una adecuada propuesta, tanto musical como escénica, pierde completamente su sentido dramático y corre el riesgo de convertirse en un soniquete repetitivo y monótono, terriblemente aburrido. Al fin y al cabo, tan sólo en dos de los doce cuadros, los que cierran el primero y el último acto, sucede "algo". En el resto, son la música y el texto, desnudos de acción escénica, los que deben mantener la atención del público.
El caso es que no se anduvo demasiado lejos de tan incómoda situación de tedio en esta representación, como las abundantes deserciones que se produjeron entre el público en los entreactos dejaron bien de manifiesto.
Principal responsable de este desaguisado es, sin duda, el director Carlo Montanaro, que realizó una lectura de la obra no demasiado afortunada. La música de Poulenc sonó demasiado estridente, demasiado fuerte y sin apenas matices. Aunque mejoró algo en el segundo y tercer acto, el primer acto fue un auténtico desastre. Montanaro levantó desde el foso un muro de sonido orquestal tan poderoso e impenetrable que hasta el más heróico de los tenores wagnerianos, y me atrevo a decir que hasta Kirsten Flagstad o Birgit Nilsson en sus mejores tiempos, hubieran tenido dificultades en superar.
Y si a esta "antipropuesta" musical se le une el nada imaginativo montaje escénico de Joseph Franconi Lee, desarrollando una idea de Alberto Fassini, ya se pueden suponer que la función no resultara demasiado apetecible. No soy demasiado amigo de las ideas escénicas rompedoras, pero este montaje clásico resulta casi tan perturbador de la esencia de esta ópera como lo puedan ser muchas de las propuestas "novedosas" que se nos suelen presentar. El montaje, que solemniza y subraya constantemente lo obvio y lo accesorio para olvidarse del drama íntimo que es toda la obra, es más propio de una película de aventuras al estilo de "La pimpinela escarlata". La escena final, con el escenario pletórico de una turba de "sansculottes", tocada con gorros frigios, enarbolando banderas tricolores, picas y espadas, resulta del todo improcedente y distrae del núcleo del drama de ese martirio colectivo, que culmina en la muerte-fuga, que no sacrificio, de Blanche.
Resulta muy difícil, por tanto, con estos antecedentes, juzgar la labor de los cantantes, porque resulta complicado determinar que parte de su actuación corresponde a la concepción propia del personaje que interpretan y que parte es sencillamente una adaptación a las peculiares condiciones del montaje.
Ainhoa Arteta, de poderosa vocalidad, buena presencia escénica y excelente actriz, canto con firmeza y sirvió una Blanche de la Force, demasiado decidida. No fue la mujer llena de miedos que busca refugio primero en la regla carmelita y después en la muerte, aunque gracias a esta personal visión consiguió hacerse entender por encima de las circunstancias del entorno.
Junto a ella, es de destacar la actuación de Natasha Petrinsky, una sensacional Mère Marie. El personaje, en este caso, si que es una mujer decidida y valiente. Y la estupenda voz de Petrinsky transmitió constantemente el sentido dramático del personaje, cantando además con exquisito gusto y ajustada dicción. Bien también, Elena de la Merced, una hermana Constance adecuadamente ingenua y juvenil y José Luis Sola, como Chevalier de la Force, aunque este último, por mantenerse fiel al espíritu del personaje y de la partitura, tuvo en ciertos momentos algunas dificultades para hacerse oír por encima del escándalo orquestal.
Del resto del reparto se puede decir como mucho que cumplió sin más. Y en algunos, su actuación no fue demasiado afortunada. Es el caso de Kathryn Harries, cuya interpretación de la muerte de la priora Mme. Croissy, cantada con deliberado feismo, como nada sutil recurso expresivo, resultó más cercana a un exorcismo que a la manifestación de las angustias y dudas de una agonizante. Algo mejor, aunque demasiado gritona y con cierta tendencia a perder el control de la voz estuvo Denia Mazzola, como Mme. Lidoine.
Buena la intervención del Coro Intermezzo en la escena final. Aunque también aquí la guillotina cayó, pese a las indicaciones del autor, de una manera demasiado predecible y rítmica.
Es una lástima que la última en subir al cadalso fuera Ainhoa Arteta. Había otros que merecían más subir los escalones, aunque fuera simbólicamente

