Crítica de libros
Lecciones de música y literatura
(Por Hertha Gallego de Torres)
La lección de música, Pascal Quignard, trad. Ascensión Cuesta, Ed. Funambulista, Madrid, 2005, ISBN 84-934532-1-8
Hay libros que por sí solos forman un pequeño universo de referencias cruzadas, misteriosas alusiones y enigmas maravillosos por resolver. Tal es el caso de muchas de las obras del gran Borges, y de “La lección de música” , que comparte más de un aspecto con las construcciones del escritor argentino. Muchos de nosotros conocimos un poco mejor la obra del compositor y violista Marin Marais gracias a la película “Todas las mañanas del mundo”, de momentos verdaderamente bellos. El film se basaba en el primer relato de este libro, una muy profunda meditación sobre la voz humana y su cambio o muda en la adolescencia, con las repercusiones musicales que ello conlleva. Pero la pequeña obra de Quignard –corta en extensión, que no en calidad- incluye dos relatos más: un episodio en la vida del joven Aristóteles –también de resonancias musicales - y la leyenda china en tono al virtuoso del laúd Pu Ya.
El libro es poético, filosófico hasta la extenuación, y sin embargo, se lee con facilidad, como si las frases que lo compusieran fuesen aforismos de una sabiduría antigua, mezclada con el sol y el viento del final del verano. “La vida como es, superponiendo/ planos de destrucción, rebuscadísima/ y sencilla a la vez, inasequible / al desaliento”. Los versos de Luis Alberto de Cuenca resuenan mientras Quignard, “rebuscadísimo y sencillo”, explica en el primer relato el arte de Marin Marais deteniéndose en el momento en que fue expulsado del coro de Saint-Germain-l´Auxerrois debido a la muda de su voz y pasó a ser alumno de Sainte-Colombe, quien en aquella época era el único virtuoso de la viola de gamba. La tesis de Quignard es que Marais, bruscamente apartado de toda esperanza de poder alcanzar el magisterio de la voz humana, imita la voz con el bajo de viola: “Con el torso inclinado sobre el instrumento y la mano errabunda por encima de las cuerdas, este hombre se esfuerza en domeñar la enfermedad sonora, en curar la afección de la voz humana masculina; en oponer el mayor virtuosismo posible a la marea que lo arrastra y se traga la marea sonora de la infancia, el arenal sonoro, no lingüístico, de la infancia”
El juego sonido-silencio, la dicotomía luces-sombras, la contraposición Oriente-Occidente es una constante.
El juego sonido-silencio, la dicotomía luces-sombras, la contraposición Oriente-Occidente es una constante. Marais se desliza debajo de una caseta de tablones que Sainte-Colombe, su maestro, ha levantado en las ramas de una morera, con el fin de escuchar cómo practica su maestro y disfrutar de algunos pasajes y toques particulares con el arco que a los maestros violistas les gusta reservarse para sí. El comentario de Quignard es, entre otros, éste “Esta anécdota del comisario de guerra –la cabaña, el suelo de la cabaña, casi el suelo resonador del nô- es una anécdota japonesa. Un discípulo del za-zen espía a su maestro inmóvil; es preciso encontrar la lección de este Koan”. Lo oriental se infiltra sutilmente. El tercer relato “La última lección de música de Chang Lien”, ya es directamente la ampliación de una vieja leyenda china, y resulta fascinante la delicadeza y los matices que el escritor francés sabe conferir a la leve anécdota (un viejo maestro educa a un joven, para que sea “el mejor músico del mundo”). En un momento del relato, Pu Ya, el joven aspirante, encuentra a un viejo restaurador que le dice que tiene once mil años y que se llama “Tonio Stradivarius. Soy el padre de Omobono y de Catarina. Mi maestro se llamaba Amati; mi amigo se llamaba Guarnerius…”. De nuevo, Oriente y Occidente mezclados. En algunos momentos, las imágenes evocadas recuerdan esos poemas chinos de Kenneth Rexroth que traduce tan bien Carlos Manzano y que algunos coleccionamos con auténtica delectación.
Otros temas presentes son el lamento por la infancia perdida, conjurado por la música, y el enigma del tiempo, evocado, recobrado. Todo desde una óptica de masculinidad sentida y vivida plenamente. Quignard habla del hombre y de su destino, y tiene para las mujeres unas palabras muy poéticas pero, como él dice, “escapan a la muda”. Por tanto las connotaciones filosóficas y metafísicas de tal hecho serán viriles. Y desde esa óptica está concebido el libro. Como estamos ante una obra literaria y no ante un tratado de pura objetividad histórica no cabe hacer objeciones. ¿ O sí?
El relato sobre Aristóteles es otro punto de vista sobre la muda de la voz, uniéndola a la invención de la tragedia griega. Hay que resaltar en los tres cuentos que componen “La lección de música” la excelente traducción, que se debe a Ascensión Cuesta, y que redobla el placer con que se (re)lee esta obra (ya tiene unos veinte años), que además está muy bien editada en su nueva aparición. Todo ello deja un buen poso al “saborear el rito/ con la pausa que merece un vino sabio” , por citar uno de los últimos versos de José Pérez Carranque y cerrar con poesía un libro que no se merece otra cosa.

