Ópera

El director de escena
y el repertorio operístico del siglo XX

(Por Enid Negrete)

Tomando en cuenta que uno de los aspectos básicos del trabajo del director de escena es el texto dramático, o en el caso de la ópera, la partitura y el libreto, me parece importante tocar este tema como parte de la serie de artículos sobre su figura en la ópera del siglo XX que he escrito en este espacio. El trabajo del director de escena en este sentido no está relacionado solamente con la capacidad de ilustrar estos textos, sino con aportar su visión personal e incluso, en algunos casos muy recientes, trabajar como parte integrante del equipo creativo primigenio. 

Einstein on the Beach

En cuanto al repertorio operístico en general y, especialmente al que se creó a lo largo del siglo XX existen muchos prejuicios basados, la mayor parte de las veces, en el desconocimiento, en la cercanía de la novedad que no permite la objetividad y también en mucho de los gustos y modas del momento.

Si bien es cierto que la ópera tiene bien merecida su fama de absurda (sobre todo con los libretos de los siglos XVIII y XIX, llenos de confusiones inverosímiles, muertes inexplicables y conflictos elementales), también es cierto que la gran mayoría de las tramas dramatúrgicas del siglo XX son obras que se caracterizan por una profundidad dramática muy compleja.

Existe la idea generalizada de que la ópera de este periodo careció de “las grandes” obras y de “los grandes” compositores del siglo XIX. Creo que se puede comprobar la riqueza de propuestas operísticas del siglo XX si nos damos la oportunidad de conocerla un poco más a fondo. A diferencia de lo que la mayor parte de la gente piensa, este siglo ha sido una gran fuente de repertorio que ha encontrado eco en el público. Y estoy segura de que hay algunas obras que seguramente se evidenciarán como reveladoras en los años por venir.

Si recordamos que de todas las óperas escritas por los autores más famosos de los siglos XVIII y XIX (como Mozart, Rossini o Donizetti) sólo una muy pequeña parte de ellas ha sido un éxito en su estreno, que muy pocas forman parte habitual del repertorio de las casas de ópera actuales, y que muchas de ellas han sido revaloradas posteriormente, entenderemos que el repertorio del siglo XX no está lejos de la azarosa vida de todas obras en todos los tiempos.

Por ejemplo hasta hace treinta ó cuarenta años la única obra de Rossini que se representaba constantemente era Il barbiere di Siviglia y no se hacía ninguna de sus óperas serias. Por su parte, Mozart sufrió un siglo y medio de olvido y tuvo que esperar a ser justamente revalorado a partir de la relectura de sus óperas, cerca de la mitad del siglo XX.  Y así como muchísimas obras fueron olvidadas, muchas de este siglo lo serán, pero muchas otras ya son parte del repertorio habitual de los teatros de todo el mundo y lo seguirán siendo.

La programación de las casas de ópera actuales tratan de integrar repertorio de todas las épocas, y como podremos observar en los siguientes cuadros la ópera compuesta en el siglo XX es tan variada y abundante como en cualquier otro momento histórico.

Debemos comprender que en la ópera, como en el ballet clásico, la tradición es algo que pesa mucho sobre la creación nueva, pero eso no significa que las propuestas actuales no sean tan válidas como las anteriores, ni que el repertorio del siglo XX se devalúe frente al de otros momentos de la historia. Todo lo contrario podemos ver una interesante evolución del género.

Una de las diferencias más contundentes entre la ópera del siglo XIX y la del XX es que en este último siglo la variedad temática y la diversidad de propuestas hacen muy difícil definir un estilo específico, como el bel canto o el verismo  del siglo XIX. Este aspecto, valiosísimo para muchos de nosotros, para otra parte del público asiduo a la ópera se ha convertido en un problema gravísimo: “La constante presión para encontrar nuevas formas de expresión músico-dramática (…) acabó provocando la desintegración de la ópera como género”. (1) ¿Qué podemos considerar como la “desintegración de la ópera como género”?.

La ópera es una representación teatral cantada. Si nuestro teatro y nuestra música evolucionan transgrediendo sus estructuras, es lógico y necesario que la ópera también lo haga. Lo que sí podría desintegrarla como género es el hecho de convertirse en un arte inamovible, el no evolucionar y alejarse del ser humano al que se supone que está representado, eso sí la desintegraría como género. Por consiguiente, nos planteamos ¿hasta qué punto está cerca la ópera del hombre de nuestros días?

Gloriana

Al igual que en nuestras cambiantes sociedades, la ópera de nuestro tiempo incluyó manifestaciones contradictorias y permitió la coexistencia de todo tipo de tendencias artísticas. Es eso lo que la mantiene como una forma artística viva y que tiene una complejidad difícil de encontrar en los autores del siglo XIX. Como podemos observar tenemos una enorme cantidad de propuestas estructurales, que abarcan desde la ópera de cámara (Albert Herring), a la Grand Opera(La hija del capitán), además de muchas tendencias musicales que van desde el verismo puro (Il trittico), hasta el dodecafonismo (Volo di notte), pasando por el postimpresionismo (L’amore di tre re) y el nacionalismo ruso (La guerra y la paz).

En mi opinión algunas de las grandes aportaciones del siglo XX a la ópera son: la nueva forma de abordar el trabajo dramatúrgico del libreto (lo que incluye la concepción del personaje), la diversidad de  formas estructurales que se encontraron para relacionar la palabra y la música. Otra gran aportación, que aún está por explotarse adecuadamente es en cuanto a la representación en sí misma,  porque es en este siglo donde encontramos obras que han sido concebidas para ser representadas fuera del edificio teatral convencional- como por ejemplo iglesias- o para ser transmitidas por radio o televisión. Además también tengo que mencionar  es que el grupo instrumental que las interpreta es sumamente variable, deja de tener la estructura orquestal tradicional y se comienza a escribir para agrupaciones instrumentales que incluyen música acústica y electrónica, integran manifestaciones como el jazz, se combinan lo previamente grabado con lo interpretado en vivo y su número de integrantes varía enormemente.

Todo ello nos demuestra que el devenir de las óperas nunca será algo realmente predecible, que no hay garantías ni fórmulas para el éxito, y menos con un público tan especial como el que ha tenido la ópera a lo largo de toda su historia. ¿La música manda a pesar de todo?, ¿la facilidad de comprensión es absolutamente necesaria? En mi experiencia personal no puedo demostrarlo con seguridad. Al final, creo que el tiempo decide la verdadera permanencia del repertorio de una manera que se antoja caprichosa e irracional.

Si nuestro teatro y nuestra música evolucionan transgrediendo sus estructuras, es lógico y necesario que la ópera también lo haga.

 En cuanto a los compositores mencionados en estos cuadros, creo que no es una exageración considerarlos como los grandes reformadores, no sólo de la ópera, sino de la música y del arte del siglo XX. Por supuesto hablar de Giacomo Puccini o Richard Strauss significa hablar de la gran tradición operística; tan grande como W. Amadeus Mozart o  Giuseppe Verdi en sus respectivos países y tiempos. Pero hablar de Benjamin Britten e Igor Stravinsky es hablar de cómo la ópera se convirtió en un vehículo distinto para expresarse. Hasta que ellos, junto a los músicos de sus respectivas generaciones, no lograron la nueva música, el hombre del siglo XX no se expresó por completo.

Los herederos de ese cambio, encabezados por Philip Glass y Hans Werner Henze, son los creadores de la ópera que ya no se divide en música y drama. Ellos se han enfrentado a los horrores de nuestro tiempo y de nosotros mismos. Todos estos compositores crearon formas nuevas de cantar, de representar, de estructurar, de oír y de ver y todos ellos convivieron en un sólo siglo.

Peter Conrad afirma: “La ópera del siglo XX está preocupada por su propia historia y se pregunta si es un arte cuyo tiempo ya pasó” . (2) Soy de la opinión de que si analizamos todas estas posibilidades de la dramaturgia operística del siglo XX, la respuesta es clara: La ópera de todos los tiempos siempre ha hablado de los hombres de todos los tiempos y por eso, el tiempo de la ópera es nuestro tiempo.

¿Se puede acusar a la ópera de superficial, o de anquilosada cuando se conoce el repertorio del siglo XX? Si bien es verdad que este género nació como una muestra del poder de las clases altas de la sociedad renacentista y a lo largo de su historia ha sido refrendada como tal, también es cierto que ha sido vehículo de expresión para todos los problemas humanos y que nuestro siglo se ha encargado de hacerla llegar a todos los niveles sociales posibles.

El trabajo más importante de cualquier artista siempre será explicarse y explicar al otro su visión del mundo, plantear su punto de vista de la realidad. El trabajo más importante del espectador siempre será abrirse a los lenguajes, posibilidades, opciones y cuestionamientos que el artista propone. La gran pregunta es si en este siglo XXI los dos bandos estamos cumpliendo con nuestra misión.

Quizá la aportación más importante del siglo XX a la historia de la ópera sea esta complejidad y ésta democratización del género, que nos hace ver que la ópera aunque rodeada de prejuicios, está todos los días ahí para hablarnos de lo que más nos importa: nosotros.

(1)Parker, Roger. Historia Ilustrada de la ópera. Barcelona: Paidós, 1998. Pág. 336

(2)Íbid Pág. 246

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