Urbanidad en la sala de conciertos-1

De las toses, estornudos,
carrasperas y otros sonidos corporales

(Por José Prieto Marugán)

Sala de Conciertos

De un tiempo a esta parte se advierte un notable incremento de la asistencia a conciertos, recitales y representaciones de ópera y zarzuela. Hay que felicitarse por ello, aunque no es cosa de dormirse en los laureles, sino que hemos de seguir trabajando para mejorar esos niveles de asistencia y pulir algunos detalles que la incorporación de nuevo público trae consigo, porque hemos observado que no siempre se conocen las mínimas reglas de urbanidad que han de respetarse en la sala de conciertos.

Antes de empezar un par de puntualizaciones. La primera: todos los consejos y recomendaciones que ofrecemos en estas líneas –y en otras que seguirán en números siguientes de nuestra revista– están encaminados para mejorar el disfrute de todos los asistentes; no deben ustedes verlo como una limitación a sus libertades o derechos. La segunda es que cuando nos referimos a sala de conciertos lo hacemos de manera general; todo lo que escribamos vale para estos locales y para los teatros de ópera o zarzuela; cuando haya alguna diferenciación lo indicaremos.

Hoy nos ocuparemos de ciertas manifestaciones sonoras de nuestro cuerpo, habitualmente involuntarias, pero de lo más molestas en el entorno que nos interesa.

El silencio de los espectadores en la sala de conciertos es fundamental y obligatorio. Es la única manera de escuchar la música y la única forma de permitir que la escuchen los demás. La música es absolutamente egoísta, si perdemos la atención un segundo, hemos perdido los sonidos que se hayan producido; no podremos recuperarlos. La música de fondo o la música ambiental, se “oye”, pero la música de una sala de conciertos se “escucha”. No lo olviden.

Hay muchas formas de alterar el silencio. Carraspera, estornudo y tos, son tres enemigos del concierto de parecida naturaleza, aunque de diferente gravedad.

Hay muchas formas de alterar el silencio. Carraspera, estornudo y tos, son tres enemigos del concierto de parecida naturaleza, aunque de diferente gravedad. La primera es un ruido, casi siempre voluntario, con el que se trata de suavizar la garganta para aliviar alguna pequeña irritación de la garganta, o para limpiarla antes de utilizarla. Para evitar este problema se pueden emplear ciertos “remedios”: aflojarse el cuello de la camisa, masajear suavemente la garganta o tragar saliva. Cualquiera de estas soluciones es sencilla y eficaz. Practique en casa y elija la que más le convenga. Por cierto, ¿se han fijado ustedes en que ningún cantante carraspea antes de empezar a cantar?

Un sonido más desagradable y más difícil de controlar es el estornudo, manifestación sonora de infinitas posibilidades y gradaciones. Hay estornudos tímidos y discretos, que se avergüenzan de su inoportunidad; otros son secos y cortantes, antipáticos; los hay estrepitosos, ansiosos por llamar la atención, y hasta violentos y destructores, como auténticos terremotos sonoros.

Cada una de estas clases de estornudo admite gradaciones: si es usted asistente habitual a conciertos habrá escuchado numerosas variedades: las de sonido grave y denso, las agudas y silbantes, y aquellas otras a las que el sujeto emisor añade alguna sílaba en un derroche de virtuosismo estornudador.

El estornudo es algo difícil de evitar porque es un mecanismo de autodefensa de nuestro sistema respiratorio; cuando algún agente externo nos ataca por esta vía, respondemos con una expulsión violenta de aire por boca o nariz. A pesar de esto, en ocasiones resulta previsible; un ligero picor en la nariz es síntoma inequívoco de que la violenta y desagradable expresión sonora va a producirse. hay veces que una expulsión fuerte y controlada del aire evita la catástrofe, pero no siempre es posible.

Para paliar los graves efectos del estornudo, si es que nos da tiempo, suele bastar con taparse discretamente boca y nariz con un pañuelo o con la misma mano. Hay quienes han desarrollado la habilidad de tragarse el estornudo, tapándose la nariz y la boca y haciendo que el aire se dirija al estómago. Es un buen ejercicio, siempre que ese aire se mantenga en el estómago y no se deje salir, sutilmente, por otros orificio del cuerpo, muy natural, desde luego, pero de mala prensa.

Por cierto, si alguien estornuda junto a usted, no le conteste con el tradicional “Jesús”; durante un concierto no se considera descortesía. Además, evitará usted que el estornudador le conteste “gracias”, así se evita iniciar una conversación inconveniente en este lugar.

Por cierto, si alguien estornuda junto a usted, no le conteste con el tradicional “Jesús”; durante un concierto no se considera descortesía.

La tos es el más desagradable y antimusical de los ruidos de esta naturaleza. Un buen ataque de tos es capaz hasta de interrumpir un concierto.

Como el estornudo, la tos es un mecanismo de defensa ante la irritación de la mucosa faríngea por elementos extraños, pero si aquél era una simple escaramuza, ésta es una batalla, incluso puede convertirse en una guerra sin cuartel. Y no es que nosotros recurramos a la terminología militar, el que lo hace es el propio lenguaje: recuerden ustedes eso de un “ataque de tos”.

La tos es uno de los grandes enemigos de la música. Los intentos de evitarla no suelen ser muy eficaces. El tosedor se irrita más, aumenta su nerviosismo, lo cual empeora la situación. Además, la tos es contagiosa: cuando alguien tose, es muy frecuente que otros le sigan. pero hay un contagio mucho más grave cuya manifestación externa no es una tos, sino un “chist” irritante, violento, desagradable y ofensivo que para nata tiene en cuenta lo mal que suele pasarlo quien tose durante un concierto.

Cuando llega la tos, lo mejor es utilizar un pañuelo, ponérselo en la boca y tratar de aplacar la inoportuna violencia sonora de una reacción tan natural. Si no se tiene a mano un pañuelo, sirve la mano, incluso la bocamanga, aunque en otras situaciones esto sea una grave falta de urbanidad. Casi cualquier cosa antes que buscar en el bolso –pozo sin fondo– el socorrido caramelo. Piénselo ustedes e imaginen detalladamente todos los pasos que han de darse. La señora a nuestro lado, se mueve para coger el bolso que suele estar descansando en el suelo, lo toma y abre la cremallera; esta operación puede hacerse de manera rápida (sonido fuerte y violento, pero de corta duración) o de forma lenta (sonido suave, pero largo, largo, largo, inacabable). Uno no sabe qué es peor. La siguiente etapa es rebuscar en el interior del bolso; aquí pueden producirse centenares, miles, de ruidos extraños e imprevistos al entrechocar algunos de los numerosos objetos que transportan los bolsos. Si el caramelo no aparece pronto, la buena señora puede tomar una gravísima decisión: sacudir el bolso. ¡Lo peor! Y vuelta a revolver –a ciegas– con la fruición de un primer día de rebajas.

El episodio de la búsqueda del caramelo suele ser menos sonoro e incómodo, en el caso de que el sujeto sea hombre; no es una cuestión de machismo, es, sencillamente, que los hombres suelen no llevar bolso, pero la historia del caramelo no ha terminado. Aún queda pelarlo, y en eso, hombres y mujeres, pueden seguir las mismas pautas sin que tenga supremacía un sexo sobre el otro.

Pelar un caramelo en una sala de conciertos puede convertirse en una verdadera operación quirúrgica. Se coge entre ambas manos y muy suavemente, se van estirando los lazos que adornan y protegen la pieza azucarada. Esta operación, suele hacerse sobre las rodillas, como si éstas fueran la mesa de operaciones. Con ello conseguimos que el sonido sea uniforme, no demasiado intenso, pero molesto por su duración. Quien más y quien menos hemos asistidos a este proceso que dura más que una operación a corazón abierto y que como éstas, está lleno de dramatismo e inquietud: ¡Cuando terminará de abrir el caramelo!

Contra los ruidos intestinales involuntarios, después de una copiosa comida, poco puede hacerse, salvo prevenirlos realizando una frugal colación antes de ir al concierto. Una ingesta suave no provocará el sopor de una gran comilona que, en lo que tiene que ver con nuestro tema puede llevarnos al sueño y éste al ronquido, manifestación que también tiene sus variedades:

Hay ronquidos suaves, silbantes, discretos. Los hay sonoros, potentes y enérgicos capaces de alterar la tranquilidad de toda una casa de vecinos. Hay ronquidos que tranquilizan al que los escucha, porque le transmiten la felicidad que invade al que ronca; los hay inquietantes porque después de un torrente sonoro el durmiente se queda sin respiración, suspende el resuello por más tiempo de lo normal, como si no fuera a respirar mas; pero no, el ronquido subsiguiente es mucho mayor, como si el individuo, en esos momentos de suspensión hubiera tomado fuerza para roncar con mayor energía.

Los ruidos naturales, alejados del habla, que produce nuestro cuerpo son muchos; algunos de ellos (gruñidos, estertores, jadeos…) no suelen producirse en las salas de concierto; otros (silbidos, gritos, voces, abucheos, pitada…) se escuchan, pero como consecuencia de la interpretación musical por lo que nos ocuparemos de ellos en otro momento.

Podríamos continuar con el tema pero no queremos convertir estas líneas en una exhaustiva monografía. No obstante, y parta terminar ahí van algunos consejos:

Los científicos no se han puesto de acuerdo en si, ante una repentina sequedad en la boca o un previsible ataque de tos, es mejor el chicle o el caramelo. En cualquier caso, procure llevarlos pelados de casa.

Si su tos es producto de un proceso griposo o catarral, hay un sistema infalible: dos aspirinas, un vaso de leche caliente con un chorrito de coñac y a sudar; es decir, no vaya al concierto.

Si es usted bronquítico perdido por causa de su afición al tabaco, satisfaga sus necesidades musicales con los discos; no vaya al teatro y considere que este es un castigo por su vicio.

Añadan a estas ideas las suyas propias y que todos disfrutemos del concierto.

Escribir a José Prieto Marugán