Crítica de discos
José M. Sánchez Verdú
(Por José Prieto Marugán)
Autor–Obra: José M. Sánchez–Verdú. Arquitecturas de la ausencia y otras obras. Intérpretes: Varios intérpretes. Sello–Refer: COLUMNA MUSICA 1CM0142. CD. Durac. 71’25”. Grabación: Grabaciones en directo y en estudio. Diversos lugares, 2003–2005.
Siete obras, creadas en los últimos cinco años, reúne este disco que es amplia muestra del trabajo de uno de nuestros grandes compositores actuales: José María Sánchez–Verdú (Algeciras, Cádiz, 1968). Siete obras escritas para distintos conjuntos instrumentales, desde un instrumento solista, hasta la orquesta. Siete páginas que, escuchadas con atención e interés, permiten descubrir nuevos y sorprendentes sonidos que el músico algecireño obtiene de instrumentos tradicionales, empleados con naturalidad, sin forzar ni violentar sus características fundamentales.
Abre el disco la obra para orquesta “Ahmar–aswad”, palabras árabes que significan “rojo–negro” y que Sánchez–Verdú hace equivaler con dos notas, con dos timbres orquestales que enlaza, desarrolla y entrecruza, haciéndolos crecer con un decidido control dinámico, que comienza y termina de manera casi inaudible. La interpreta la Orquesta Sinfónica de la Radio de Frankfurt, dirigida por P. Prohé. La misma formación, aunque dirigida por P. Rundel, cierra la grabación con otra obra para orquesta, “Paisajes del placer y de la culpa”, partitura de 2003 que quiere ser, según el autor, una especie de itinerario espiritual iniciático por mundos tan sugerentes y distintos como proponen los títulos de sus tres movimientos: “Jardín de vidrio”, “jardín de seda”, y “jardín de oro”.
Entre estas dos composiciones, tenemos ocasión de escuchar la singularidad de Verdú en el tratamiento de distintos grupos instrumentales. “Arquitecturas de la ausencia”, de 2002–3, para un conjunto de ocho violonchelos en dos coros, fue escrita para el Conjunto Ibérico de Violonchelos que dirige Elías Arizcuren ; son también aquí sus intérpretes. Sus cuatro tiempos se corresponden, curiosamente, como recuerda José Luis García de Busto, en las excelentes y documentadas notas que se acompañan, con cuatro “ausencias”. El primero, “Elogio de la sombra”, se empareja con la idea de ausencia de luz y parece el juego de la sombra esquiva; “Arquitectura de espejos y ecos”, representa los símbolos místicos de las ausencias, el misterioso “Fragmento en negro”, se relaciona con la ausencia de color, y “Arquitectura del silencio”, con la falta de sonidos, traducida a base de un delicado y marcado entorno rítmico. A nuestro juicio, el autor debió preguntarse ¿Qué forma tiene lo que no se ve? y lo contestó con esos cuatro momentos musicales en los que resulta impresionante la variedad y la riqueza de sonidos que es capaz de extraer de los ocho violonchelos, ya sea juntos o en dos grupos; efectos brillantísimos y sorprendentes que los intérpretes reproducen con exquisitos cuidado, sin aristas ni estridencias.
Una orquesta de cuerda es el conjunto que requiere “Qabriyyat”, página del año 2000 interpretada el Ensemble Oriol Berlín, dirigido por I. Volkov. Esta palabra árabe se traduce por “epitafios” y con ella el autor proporciona una pista de sus deseos: evocar el aspecto plástico de las inscripciones de las tumbas de un cementerio islámico. La música se traduce en un juego de resonancias entre los límites de lo audible y el umbral del ruido. Hay una referencia al “Réquiem” de Ockeghem, algo que Verdú gusta de utilizar con frecuencia. Un conjunto más amplio es intérprete de “Machaut–architektur V, conjunto de piezas escrito entre 2003 y 2004 que se estrenó, completo, en Molina de Segura (Murcia) intercaladas con la “Misa de Notre Dame” de Guillaume de Machaut, como era deseo del autor. De nuevo los juegos de timbres, sonoridades, ritmos e intensidades personales que García del Busto llama “sonido Verdú”.
El “Trío III”, para violín, violonchelo y piano, de 2000, se inspira en versos del “Poema de la consumación”, de Vicente Alexandre y es un trabajo de orfebrería y texturas conseguidas a base de brillos y sombras.
Por último, una página para un solista, con un título atrayente: “Arquitecturas del silencio”, para acordeón, grabada por Esteban Algora, en el Conservatorio de Madrid en 2005. El acordeón –con repertorio propio y exclusivo– se está incorporando al mundo de la música culta con enorme fuerza porque ofrece un mundo sonoro apasionante ante el que sucumben cada día más compositores. “Arquitecturas del silencio”, es una de esas partituras que hacen afición.

