Crítica de libros

Yo, Farinelli

(Por Manuela Mesa)

Título: Yo, Farinelli. Autor: Jesús Ruiz Mantilla. Editorial: Aguilar. ISBN: 9788403096837.
Yo, Farinelli

Los castrati, aquellos muchachos a los que les extirpaban los genitales para preservar la calidad de su voz, pueden parecernos hoy en día restos de una época y mentalidad muy antiguas, sin embargo eran una figura muy singular y común en los siglos XVII y XVIII. Envueltos en éxito, la admiración del pueblo llegó a convertirse en ocasiones en idolatría, y así fue el caso de Farinelli, sin duda el más popular de los castrati.

Jesús Ruiz Mantilla, redactor y columnista del diario El País, nos cuenta la trayectoria de Farinelli, a modo de memorias escritas en primera persona. Retirado en Bolonia, a sus setenta y cinco años repasa su vida. En el relato aparecen personajes a los que trató, como lo son Casanova, un joven y prepotente Mozart tocado por el dedo divino, destinado a cambiar la ópera, desnudándola de ornamentos, un Vivaldi que encarna en su propia vida el espíritu de la época y de su ciudad, Venecia, y Haendel, que parecía un gigante bajado de los cielos, un sencillo enviado portador de una música compuesta directamente por Dios, demasiado orgulloso, de cuya amistad Farinelli se lamenta de no poseer. También se nos habla de ciudades como Venecia, una mujer que suscita la emoción exacta en cada reencuentro, dividida en bandos apasionados por la ópera, Viena, una ciudad en la que la música se aborda como algo sagrado, y ya, en la última etapa de su vida, nos habla de sus veinte años en la corte española, corte que a pesar de su melancolía, y de que musicalmente aún estaba todo por hacer, pareció a Farinelli la más gloriosa de cuantas pisó. En España obró el milagro de curar a Felipe V de su melancolía, lo cual le convirtió casi en un santo y le hizo vivir momentos dichosos, y animó a la reina para que restaurara un viejo teatro que acabaría convirtiéndose en el Teatro Real. Asimismo, nos describe los ambientes de los teatros y de las cortes, todo ello inserto en un mundo en trámites de desaparecer, barrido por los vientos de la Razón. De hecho, ya en vida de Farinelli empezó a estar mal vista la costumbre de castrar a los muchachos, y fue prohibida en el siglo XIX.

De familia noble, Farinelli fue una excepción a la regla de que los muchachos de su condición provinieran de familias humildes, siendo, más que la necesidad, el fanatismo artístico de su familia lo que le llevó a pertenecer a esta estirpe. La castración, que había sido un remedio curativo para ciertas enfermedades, tenía ahora un sentido casi divino, un rito inexcusable para acceder a un mundo que la Iglesia veía con buenos ojos por el excelente papel que jugaban en sus liturgias.

La voz –piensa Farinelli- es un don divino, un ajuste de cuentas del Señor con la mediocridad

La voz –piensa Farinelli- es un don divino, un ajuste de cuentas del Señor con la mediocridad. De este modo, el calificativo de divino es comúnmente aplicado a un castrado, cuanto más a uno de la categoría de Farinelli, pero nunca fue divo, alguien vanidoso y caprichoso, defectos frecuentes en sus colegas. Siempre supo que él no era el dueño de su voz, sino el público que iría a escucharle.

Esta novela nos muestra, en definitiva, recuerdos de una vida, consideraciones sobre la música y el éxito. Farinelli evoca su pasado con sinceridad, por eso no falta en ellas el reconocimiento de un fracaso implícito en su condición de castrado: Para mí, la palabra amor ha sido siempre sinónimo de dolor, de fracaso. El precio más costoso que tuve que pagar a cambio de todo lo demás.

 

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