Piano

Dos recitales pianísticos en Zaragoza

(Por Pablo Contreras)

Presentamos dos reseñas del musicólogo y compositor Pablo Contreras Sequeira de sendos recitales pianísticos que han tenido lugar en Zaragoza. El primero de ellos por Ivo Pogorelich en la Sociedad Filarmónica y el segundo a cargo de Rubén Lorenzo en el II Ciclo de Música Sacra.

Lugar: Sala Mozart del Auditorio de Zaragoza. Fecha: Lunes 26 de marzo del 2007. 20:00 horas. Sociedad Filarmónica de Zaragoza: Cien años de música Ivo Pogorelich, piano. Programa: Sonata nº32 en do menor, Op. 111, Bagatela en la menor, WoO59, “Para Elisa” y Sonata nº24 en fa sostenido mayor, Op. 78 (L. v. Beethoven). Intermezzo en la mayor, Op. 118, nº2 (J. Brahms), Sonata nº4 en fa sostenido mayor, Op. 30 (A. Scriabin) y Sonata nº2 en si bemol menor, Op. 36 (S. Rachmaninov).
Ivo Pogorelich

“Faltó la brillantez”. Cuando un pianista viene precedido por la típica y tópica frase aquella tan manida de “se le considera como uno de los mejores pianistas del siglo XX…”, uno se espera bastante más de lo que nos ofreció Pogorelich en este concierto.

El primer y principal problema, seguramente, residía en la elección del repertorio: frente a una Segunda Parte más variada (aunque con un Rachmaninov de excesiva extensión), la primera mitad, pese al innegable interés de las piezas, se hizo larga, “un poco monótona”, se escuchaba entre algunos asistentes. La última sonata del genio de Bonn (escrita hacia 1821-22), de considerable complejidad técnica, sonó, sin duda, y sonó bien, nítida y tenaz, dando muestras de la excelente mano derecha de que dispone el intérprete croata; no obstante, la “sorpresa” inicial propiciada por la exhibición de destreza de que suele hacer gala el excéntrico solista se iría apagando conforme avanzaba el concierto.

Se puede aceptar que un pianista como Pogorelich, famoso por sus extravagancias, requiera de partitura durante todo el espectáculo (incluyendo una Para Elisa ciertamente inocua). Lo que ya no es tan admisible es que intente ser “original” reinventando determinados pasajes que, debido a esos “originales” cambios de tempo y dinámica, acaben siendo “originalmente” irreconocibles. Esto es lo que pasó, por ejemplo, con el primer movimiento de la menos conocida “sonata nº 24” de Beethoven, cuyos temas principales sonaron considerablemente distintos a las interpretaciones habituales. La indudable calidad del sonido no evitó, sin embargo, cierta languidez y ensimismamiento por parte del músico; la sensación general era la de que costaba llegar al final de la primera Parte.

Algo parecido sucedió con la siguiente mitad del menú escogido para el concierto; la prometedora diversidad de esta Segunda Parte comenzaba con un cautivador Intermezzo de Brahms (el compositor que realmente retomaría el legado de Beethoven), una bellísima pieza tocada con excesiva lentitud en esta ocasión, especialmente en la culminación de las frases, retardadas hasta la extenuación.

Un Scriabin correcto (de lo mejor de la noche) abría el camino hacia el final del concierto, que remataba Pogorelich con una larga y ruidosa interpretación de la Sonata nº2 en si bemol menor de Rachmaninov, capaz de agotar a los oídos más preparados…

No confundamos las cosas: el pianista serbo - croata es sin duda una de las figuras más importantes de la interpretación pianística de las últimas décadas (e “interpreta” en el sentido más exacto de la palabra, lo que dado el panorama actual no es decir poco), y desde luego sabe cómo sacarle sonido a su instrumento, en ocasiones de manera impresionante (lo que tiene aún más mérito tratándose del Auditorio)…pero también Sokolov es capaz de hacerlo y, además, entretiene.

Resumiendo, y tal como advertíamos al principio, uno se puede esperar más brillantez de un intérprete que aspira a convertirse en leyenda; no basta con “tocar bien”: es necesario algo más. Y el aburrimiento en una actuación de estas características empieza a ser algo imperdonable.

Ivo Pogorelich en OpusMusica
Lugar: Iglesia de San Gil, Zaragoza. Fecha: Miércoles 4 de abril del 2007 a las 20:30 horas. II Ciclo de Música Sacra. Organizado por la AAIM (Asociación Aragonesa de Intérpretes de Música) y el Ayuntamiento de Zaragoza. Rubén Lorenzo, piano. Programa: Música callada, de Federico Mompou (Integral de las 28 piezas).
Ruben Lorenzo

Qué mejor manera de cerrar este “Ciclo de Música Sacra 2007” que con la mística de la Música Callada del barcelonés Mompou y una interpretación de talla, a cargo del pianista zaragozano Rubén Lorenzo.

Con la Iglesia de San Gil abarrotada y una acústica inmejorable, que realzaba la espiritualidad de las piezas del compositor catalán afincado en Francia, el solista nos regaló un concierto enorme en su pequeñez; una tras otra fueron cayendo, sin descanso, las deliciosas ráfagas pseudo - religiosas de esta “soledad sonora”, sin que en ningún momento se notase el cansancio o la indiferencia de nadie pese a lo concentrado del repertorio.

El conjunto formado por estas 28 piezas breves (un miniaturismo sin duda heredado de Satie) constituye un potente testimonio autobiográfico del autor, que éste no quería editar por considerarlo demasiado personal; son pura y sinceramente alma, sentimientos y recuerdos olvidados…un lenguaje del silencio, que sugiere la belleza de manera tan sutil que resulta difícil de asimilar en estos tiempos que corren...

No cabe duda de que el concertista aragonés, de lo mejorcito que tenemos por aquí (aunque unos pocos todavía no se hayan enterado), sabe extraer como nadie la magia, el colorido, la rica armonía y, por encima de todo, la variedad de contrastes que tanto necesita un programa de este tipo para que su interpretación no caiga en el (demasiado común) absurdo del aburrimiento.

Como tuvimos ocasión de comprobar durante la velada, estamos ante un intérprete que se preocupa ante todo del sonido, algo que resultó esencial a la hora de mantener el interés del público, por otra parte absolutamente entregado. No había dos notas que sonaran iguales (¿cuántas dinámicas es capaz de mostrarnos este hombre?); el contenido mundo sonoro inspirado por la poética de San Juan de la Cruz (“La música callada, la soledad sonora…”) se nos revelaba como una serie de delicados momentos musicales, en los que los ágiles dedos de Rubén nos sumergían con pasmosa facilidad a través de las preciosistas melodías de Mompou.

Rubén Lorenzo es, ante todo, un artista en el mejor sentido de la palabra. No sólo toca maravillosamente: profundiza en el significado de la obra de arte, interpreta leyendo más allá de la partitura (como debe de ser) y, por tanto, entretiene. Por encima de todo.

Cuántos pianistas de hoy desearían poder dejarnos un legado interpretativo (nutrido de acertadísimos monográficos) como el que nos obsequia nuestro músico, profesor actualmente del Conservatorio Profesional de Música de Zaragoza y fundador de la AAIM, con 25 años de conciertos a sus espaldas (cuyo aniversario celebra ahora) y excelentes e innumerables críticas.

Permítaseme ahora un inciso autocrítico: parece difícil acallar esas voces, cada vez más numerosas, que vienen señalando desde hace tiempo esa nefasta tendencia que tenemos los de por aquí de no reconocer a nuestros artistas hasta que ya es demasiado tarde. Y no será por falta de nivel, como hemos observado; es que no hay peor sordo que el que no quiere escuchar y, mientras se nos siga “cayendo la baba” con los de fuera y no aprendamos a mirar hacia dentro, resulta crudo decirlo por obvio, la situación seguirá siendo como hasta ahora: lamentable.

Obviedades aparte, la agradable sensación de asistir a un recital con mayúsculas se merecía un aluvión de calurosas felicitaciones, y más aún, tras la “sorpresa final”, en la que un Rubén crecido nos deleitó, levantándonos de las butacas, con una Cadenza Apocalyptica de George Crumb que redondeaba el concierto, cerrándolo de manera inesperada; en fin, toda una joya.

Sólo nos cabe desear que haya muchos más.