Crítica de libros

Experimentos con los sonidos

(Por Hertha Gallego de Torres)

Música experimental: De John Cage en adelante, Michael Nyman, traducción de Isabel Olid Báez y Oriol Ponsatí- Murià, prólogo de Brian Eno. Serie ConTmpo Documenta Universitaria, Girona, 2006, ISBN 84-96742-02-4
Música experimental: De John Cage en adelante

La estupenda traducción de la reciente reedición del libro de Nyman (Cambridge University Press, 1999) ha permitido disponer a los lectores españoles de una obra que se constituyó en brillante y polémica defensa de la música experimental y de sus principales compositores e intérpretes –John Cage, Philip Glass, Morton Feldman, etc… Pero su interés va más allá del meramente histórico: estamos ante un texto que no ha perdido un ápice de actualidad, en tanto en cuanto sus propuestas intelectuales y estéticas ante la música, o, más allá, ante el sonido, siguen alimentando el debate. Muchas de ellas han sido asumidas por la música cinematográfica, la publicidad, las fronteras líquidas de nuestro mundo sin vínculos (parafraseando a Bauman). Y lo que es más importante, han “contaminado” a esa vanguardia de la que tanto abominaban, encabezada en tiempos por Pierre Boulez y Karlheinz Stokhausen.

Ya desde las primeras páginas (prefacio a la segunda edición) se nos advierte que “El Fluxus está volviendo, si es que llegó a desaparecer”. Desde luego, los que se hayan acercado estos días al CAAC de Sevilla verán una gran exposición “Una larga historia con muchos nudos. Fluxus en Alemania 1962-1994”, que reúne diversos tipos de materiales , entre los que se encuentran grabaciones, libros y partituras, de los principales artistas “fluxus” como John Cage, George Maciunas, Nam June Paik, Wolf Vostell, etc…En septiembre de 1962, el empresario y artista lituano George Maciunas organizó en el Städliches Museum de Wiesbaden (Alemania) un festival centrado en la música experimental que acogió durante cuatro fines de semana a diferentes artistas. A partir de ese evento se agruparán bajo el término “fluxus” una serie de conciertos, manifiestos, acciones de arte público, performances y ediciones que se realizan entre principios de los sesenta y mediados de la década de los noventa del siglo pasado en diferentes ciudades de Europa, Estados Unidos y Japón. El CAAC lo complementó con un Seminario en mayo en el que participaron José Iges y Concha Jerez, entre otros expertos.

Al Fluxus dedica este libro todo un capítulo, dedicando tiempo a “destripar” las obras y a replantearse las directrices intelectuales del movimiento. Es imprescindible al leerlo tener una idea previa de lo que fue “fluxus”; si no, uno se podría perder un poco, sobre todo porque los objetivos eran un poco “flotantes”: i. e. “En Fluxus nunca se han intentado acordar objetivos o métodos: individuos que tenían algo indefinible en común se unían de forma natural para publicar e interpretar sus obras” (Brecht, uno de los integrantes del movimiento). Etc…A mí lo que más me sorprendió fue una interpretación de la Suite de Concierto de Dromenon de Richard Maxfield, en la que el compositor La Monte Young le prendió fuego a su violín tranquilamente, mientras los demás instrumentos seguían tocando tan alegres. Eran piezas que buscaban la emoción, lo inesperado. ¡Qué cosas!

En la “Aproximación a (una definición de) la música experimental” encontramos conceptos que de por sí inspiran toda una filosofía de los sonidos. Tomemos por ejemplo lo que escribió Cardew en 1963: “Un compositor que oye sonidos intentará encontrar una notación para los sonidos. Uno que tenga ideas encontrará una notación que exprese sus ideas, dejando libre la interpretación, con la confianza de que ha anotado sus ideas de forma precisa y concisa”. A los compositores experimentales no les preocupará designar un tiempo-objeto definido: les emocionará más la idea de perfilar una “situación” en la que pueden darse sonidos, un “proceso”. Otra idea es que el instrumento no es sólo el medio de producir sonidos, sino la configuración total: La diferencia entre “tocar el piano” y “el piano como fuente de sonido”.

Si algo me ha llamado la atención, son los tópicos que se deshacen: por ej. que la famosa pieza 4´33´´ no fue concebida originalmente para piano, sino para cualquier instrumento. O que la gente tienda a pensar que, en la música experimental, y dentro de los límites que marque el compositor, pueda pasar cualquier cosa, por lo que la música será casual o descuidada, cuando, por el contrario, su interpretación es de una implicación y de una responsabilidad –como repetidamente se demuestra en esta obra- que raramente se encuentra en otras músicas.

¿Los precedentes? Están claros. Satie, ciertos aspectos de Webern –con el agudo comentario de que los americanos, al contrario que los europeos, no estaban interesados en cómo estaba escrita y construída la música de Webern, sino en cómo sonaba- , Charles Ives, Russolo y Varèse, entre los principales, hasta llegar a Cage, el padre y principal mentor de la música experimental.

Es imposible no pensar en la influencia de todos estos compositores en la música española reciente. Hace poco fui a un concierto del excelente percusionista Juanjo Guillem en donde tocaba “Manos de Agua” de Carlos Cruz de Castro, junto con otra pieza de Tomás Marco también para percusión con agua. El efecto era luminoso, rítmico y tranquilo, de suave sonoridad ¿No nos remite esto al gong de agua, que descubriera Cage, una lámina de metal o cristal que al golpearse y sumergirse en agua produce un glissando?

Lectura que recomendamos vivamente a todos aquellos interesados en el arte y la estética contemporáneas. Se lee con fluidez, deja a los protagonistas expresarse, con su ingenuidad característica (que a veces es muy refrescante), y siembra en nosotros inquietantes cuestiones sobre el sonido y el silencio que aún están muy lejos de haber sido resueltas.

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