Crítica de libros
¿Las mujeres que tañen no son peligrosas?
(Por Hertha Gallego de Torres)
Stefan Bollmann, Las mujeres, que leen, son peligrosas, Traducción de Ana Kosutic, Prólogo de Esther Tusquets, Maeva Ediciones, 2006, Madrid, ISBN: 84-96231-98-4.
Un libro precioso ha salido al mercado últimamente, tan original en su presentación y contenido, que a pesar de que resultaba un poco caro (29´50 Euros) no me pude resistir a comprarlo en cuanto apareció. ¡Reproducciones de gran calidad de cuadros e incluso de fotografías famosas que representan mujeres leyendo a todas horas, con atinados comentarios al lado! La idea era tan simple y a la vez tan atractiva que sorprendía que a nadie se le hubiera ocurrido antes. Confieso que pasé un buen rato hojeándolo, imaginándome qué clase de lectura interrumpiría la dama dieciochesca tumbada en su elegante lecho, o situándome, con Edward Hopper, en una solitaria habitación de hotel, en donde una joven norteamericana coge un libro en la penumbra, quizá en los años de la Depresión. También preguntándome a qué mente calenturienta se le ocurriría fotografiar a la pobre Marilyn leyendo “Ulises” y el extremo patetismo, aún hoy, de tal imagen.
Emulando a mis distinguidas predecesoras, no me quise quedar tan sólo en la contemplación extática de los “santos”, por más que la lujosa presentación de la obra incitara a ello. El libro se inicia con un prólogo de Esther Tusquets, muy fértil e interesante. En él, un párrafo me llamó la atención y es el que me gustaría comentar brevemente en este artículo. Es el siguiente:
“Sin duda es reconfortante que, entre tantas vírgenes ingenuas, Marini nos muestre a María con un libro en la mano y tal vez molesta incluso porque el ángel ha venido a interrumpir su lectura, y que entre tantísimas imágenes en que las mujeres se entregan a las labores hogareñas, o cuidan de los niños, o aparecen con flores, abanicos, perritos de lujo o instrumentos musicales –mientras a los hombres los vemos ganando batallas, participando en importantes acontecimientos políticos, sociales, culturales, experimentando en laboratorios, recluidos en lugares de estudio o de trabajo- , haya algunas en que aparecen leyendo, aunque hay que reconocer que también es un tema frecuente en el arte occidental el hombre lector y sobre todo el hombre con un libro en la mano.”
Si no he entendido mal, parece que Esther Tusquets no sitúa al mismo nivel leer que tañer un instrumento. Esto último le parece un símbolo de la opresión femenina, de las “tonterías” que tenían que aprender las mujeres, al mismo nivel que ponerse un corsé o pasear un perrito cursi. Y me ha dado qué pensar esta consideración de la música en relación a la literatura, casi, como si la eminente feminista estuviera de acuerdo con Napoleón en que el arte sonoro es el menos molesto de todos los ruidos…pero ruido al fin y al cabo.
Se ha escrito mucho sobre el acceso de las mujeres a la literatura, no sólo como lectoras, sino como escritoras. Pero hay también una rica historia, mucho menos explorada, que sólo ahora estamos empezando a conocer, del acceso de la mujer al mundo musical, a través de los siglos, como intérpretes, compositoras, directoras o musicólogas. No siempre ni en todos los estratos la música fue simplemente un adorno para las damas. Muchas matizaciones cabría hacer al respecto. Como sacar a colación toda la historia de la música es imposible, me gustaría a modo de ejemplo citar unos hermosos versos de “La casa de la memoria” de Vicente Espinel (siglo XVI), en donde ilustres señoras intérpretes y compositoras intervienen. Son una muestra entre muchísimas que se podrían espigar de obras, precisamente, literarias.
“Doña Francisca de Guzman se via
Sereno el rostro en mouimientos graues
Tener suspensa aquella compañía
Con acentos dulcísimos suauves:
Con la boz, y garganta suspendía
Al esquadron de las cantoras aues,
El ayre rompe, y passa por el fuego
Al Cielo llega, y buelue al wuelo luego.
En la divina mano el instrumento
Doña Ysabel Coello tiene, y templa:
Oyelo el soberano coro atento,
Y la disposicion, y arte contempla
La hermosura el celestial talento,
Que al mas elado coraçon destempla,
Garganta, habilidad, boz, consonancia
Termino, trato, estilo, y elegancia.
Llegó doña Ana de Suaço al coro
De Agustina de Torres prenda cara,
Y de boz, y garganta abrió el tesoro,
Diestra discreta, y vna, y otra rara.
Y guardando al passaje su decoro
Los labios mueue sin mouer la cara,
Mostró siguiendo tan discreta senda
Ser de tal madre soberana prenda. “
(Cito por la estupenda edición del Hispanic Institute in the United States, New York, 1956, con estudio de Dorothy Clotelle Clarke). Espinel sitúa a estas distinguidas damas en compañía de Francisco Guerrero o de Cabezón, que no son malos amigos para juntarse en un poema…
Un ilustre clásico escribió que “si de la letra el punto se desvía” la cosa no iba bien (la música –el punto- se estaba desviando del texto, causando enfado, pena…). Algo ha chirriado el sugestivo prólogo de Tusquets, que en esta cuestión no ha acabado de encontrar el punto.

