Crítica de libros

Ah, Bronwyn

(Por Hertha Gallego de Torres)

Juan Eduardo Cirlot, Bronwyn, Edición de Victoria Cirlot, Ediciones Siruela, Libros del Tiempo, Madrid, 2001.
Bronwyn

Pertenece a los recuerdos de mi infancia más remota, la visión de una película, en el viejo televisor de casa de mis padres, en el que contemplé, hechizada y medio aterrorizada por una visión telúrica de la Edad Media, a la mujer ideal. Pálida, muy rubia, emergía de la pantalla en blanco y negro, mientras vivía una historia de amor que yo intuía confusamente que llevaría a la muerte a un guerrero brutal y rudo, mas al que ennoblecía una pasión que surgía, brumosa, de los pantanos…La historia me impresionó tanto que bauticé con el nombre de la protagonista a una de mis muñecas, la preferida, y jugué con ella durante días. Luego el viento del olvido arrastró ésta y otras anécdotas, y no hubiera vuelto a recordarla de no encontrarme en una antología con Bronwyn, la mujer a la que Cirlot dedicó todo un ciclo de libros de poesía y que no era otra que Rosemary Forsyth, la actriz que tanto me había emocionado. Los maravillosos poemas de Cirlot están inspirados en la música dodecafónica de Schönberg (de nuevo recuerdos de una niña, en los ensayos de la ONE en el Teatro Real de entonces, que era sala de conciertos, mirando el techo aburridísima, o al inmenso panel con figuración grecorromana que hacía de decorado, mientras los músicos interpretan ¿las Variaciones para Orquesta? ¿el Concierto para violín de 1934?) pero a mí me gusta leerlos escuchando “La noche transfigurada”. Creo que el desaforado romanticismo de esta obra cuadra más con los amores tempestuosos de Bronwyn, la muerte, el deseo, la sangre, el cieno…

El ciclo de Bronwyn no es el único en el que Cirlot utilizó recursos propios de la música dodecafónica. Ya en un poema increíble, “El palacio de plata” había probado con singular fortuna la permutación. A modo de pequeñas teselas, las palabras se sustituyen sutilmente unas a otras casi sin que nos demos cuenta, como las notas en los juegos musicales más sofisticados. Tal y como explicó el poeta a su amigo Antonio Bouza en una carta fechada en 1971, este procedimiento suponía “la aplicación inconsciente de los principios de la música llamada serial (…) a la poesía”. Este raro poeta había probado a ser compositor antes de escribir y durante algún tiempo hizo coexistir ambas vocaciones. “Preludio” (1943), “Himno” (1943), son composiciones suyas que destruyó. Según el imprescindible estudio de Victoria Cirlot, sólo se salvó la “Suite atonal”, cuya partitura envió al también extraño poeta (aunque por otros motivos) Carlos Edmundo de Ory. No cabe duda de que su inmersión en la música le dejó un poso que se transparenta en toda su obra, con sus estructuras y sus melodías, también con su bagaje intelectual.

“Bronwyn” son muchos libros entrelazados unos con otros, que ahora podemos encontrar juntos en una preciosa edición de la Editorial Siruela, junto con poemas sueltos, collages, artículos explicativos, dibujos, esquemas y cartas. Se incluyen en la edición algunos fotogramas de la película que inspiró a Cirlot. En ellos, junto a la doncella céltica, está Charlton Heston de coprotagonista, un actor épico y también mítico a su manera.

“De pronto vi la luz y no era luz

era el sonido, Bronwyn, de tu nombre.”

Resonancias sonoras que se persiguen entre aliteraciones:

“Iré en tu busca Bronwyn hasta que

el valle de las runas no se calle,

y el árbol de los ojos y las hojas

no deje de gemir entre las ruinas”.

Entre las curiosidades se encuentra un libro, “Bronwyn, n” (1969) escrito en un idioma inventado con las siete letras del nombre de la doncella céltica, b, r, o, n , w, y, n, que permite a Cirlot, por medio de curiosas combinaciones, crear sucesiones de palabras incomprensibles: (Nwr nor / byrny nwynnyr/ ynnbrow / etc…). Victoria Cirlot sugiere que se trata de un deseo final y desesperado de comunicación –no con el lector, sí con Bronwyn. De este poema, así como de “Inger, permutaciones” existe una interpretación del siempre interesante músico Javier Maderuelo (¿quién no recuerda sus experimentos con la música fonética?) que fue grabada en un CD con motivo de la exposición que tuvo lugar en el IVAM en 1996 titulada “El mundo de Juan Eduardo Cirlot”.

De todos los libros, quizá sea “Con Bronwyn”, de 1970, el más perfecto. Es, desde luego, el que eligieron José Angel Valente y los demás antologadores de “Las ínsulas extrañas” para incluirlo en su polémica selección. Está escrito en parte oyendo los monumentales Gurrelieder:

“Algo me está buscando por el campo

o por el bosque negro que fue verde.

Algo de claridad pero sin forma,

como un sonido inmenso que bajara

desde un cielo apartado

por el cielo que existe”.

Ya que, como prosigue otro poeta, Alvaro Valverde, que también ha visto el film:

”Tan solo una mujer podrá salvarme.

Porque ella es la verdad y la belleza.

No tengo otro señor que su palabra.

Ella es mi redención. Ella, mi muerte.”

Echo de menos en esta edición uno de los poemas más famosos del escritor barcelonés, en donde también habla de la doncella, aunque no esté explícitamente dedicado a ella. He mirado y remirado y me parece que no se incluye. Me refiero a “Momento”, una especie de últimas intenciones poéticas, en donde exclama conmovedoramente:

“el amor ha sido mi elemento

aunque fuese un amor hecho de nada, para la nada y donde nunca”.

¿Y qué son las palabras, las viejas películas, los recuerdos infantiles, sino humo que se deshace apenas lo tocamos? Sin embargo, su aliento perdura tenuemente. Es, como dijo Sam Spade del halcón maltés, “la materia de la que están hechos los sueños”. Y soñar, leyendo o escuchando música, es tal vez nuestro último reducto. Ah, Bronwyn.

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